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jueves, 14 de julio de 2011

Cruz de Navajas (Versión extendida - VI- última parte)



Esta actuación pertenece al concierto que dio Mecano en Barcelona en 1991. (Cruz de Navajas)


____________________________________________



Diego llegó pasada la media noche. María lo esperaba en el balcón, con medio cuerpo asomado, como si quisiera lanzarse al vacío. Tal vez pensó eso mientras se balanceaba nerviosamente, el medio cuerpo apoyado en la barandilla. Lanzarse al vacío.


El ruido de la moto la sobresaltó. Se empinó un poco más. Diego se quitó el casco sin bajarse de la moto. Se peinó con los dedos el pelo revuelto. Hacia atrás. Sin preocuparse del remolino que le dejó un mechón suelto sobre la frente. Sonrió a la calle vacía antes de acercarse al portal. Dentro, en la casa, sonó el portero electrónico. María gritó un ¡ya voy! desde el balcón, que se debió oir en la calle. Se tapó la boca con las dos manos y esbozó una sonrisa. Cuando se quitó las manos de la cara, aún sonreía. Caminó despacio hasta la entrada. En su camino del balcón a la entradita sólo se había detenido en la puerta del dormitorio. Observó la cama vacía. Deshecha. Mario se había ido hacía rato. ¡Ay, Mario! No era este el cumpleaños que había planeado, pero las cosas no son siempre como uno las imagina cuando la realidad las alcanza.


- ¡Sube! -dijo a la vez que apretaba el botón del telefonillo.


Lo recibió con un beso y él le regaló una flor que traía escondida en la espalda. Una rosa roja. (Tópico de todo romance recién iniciado). Ella buscó una dedicatoria, pero no la había. Esperaba una frase del tipo Antes de conocerte mi vida era como una noche sin luna.


- ¿Qué? -preguntó Diego- ¿No te gusta?

- Sí, me encantan las rosas. Buscaba... la dedicatoria.

- No soy bueno escribiendo, pero puedo recitarte algo -dijo cerrando la puerta tras de sí- Es por culpa de una hembra que me estoy volviendo loco...



Nunca había hecho el amor con alguien que no fuera Mario. Fue extraño y excitante. No conocía aquella manera salvaje de gozar en la cama. Se excitó recordándolo. Diego empezó otra vez. Ella se volvió a dejar. Se quedaron dormidos de madrugada. Cuando sonó el despertador María extendió el brazo hacia el lado de Mario, donde cada mañana tocaba su parte de la cama vacía. Diego seguía allí.


- ¡Tienes que marcharte! ¡Mario está al llegar! ¡Mira la hora que es! ¡Vístete, Diego, por favor! -María gritaba una frase tras otra mientras Diego estiraba los brazos y le sonreía.

- Tranquila, amor -contestó acariciándole la mejilla.

María se apartó bruscamente, se levantó de la cama y retiró las sábanas.

- ¡Por favor! -suplicó- Mario es capaz de matarte si te encuentra aquí.

- ¿Sería capaz?

- ¡Sí! ¡No!... ¡No lo sé, Diego!

- No voy a compartirte ni con él ni con nadie, María.

- Es mi marido.

- Tendrás que elegir.

- Está al llegar, Diego. Por favor -suplicó de nuevo.

- Tendrás que bajar conmigo. La navaja está en el maletero de la moto. Olvidé subirla.


María había olvidado el regalo de Mario por completo. Asintió. Se vistió deprisa. Diego lo hizo sin premura. Ella lo observó. Cuando al fin estuvo vestido se acercó a él y lo abrazó.


- Te elijo a ti, pero déjame hacerlo a mi manera.

- Te haré feliz, María. Nos iremos de aquí.

- A la costa. ¿Me llevarás a la costa? Siempre quise vivir junto al mar. Dejar Madrid.

- Iremos a Málaga, tengo familia allí.

- Málaga. Me gusta. Suena bien. Málaga.

- Málaga.


Salieron a la calle haciéndose arrumacos. La moto de Diego estaba estacionada junto a la única farola que iluminaba la calle sin salida. La luz guiñaba, a punto de apagarse. Diego aprovechó las sombras para besar a María de nuevo. Abrió el maletero de la moto, donde guardaba el casco, y sacó la navaja, escondida en un lateral del mismo.


- Tiene usted buen gusto, Srta. De veras es una navaja preciosa -le dijo jugueteando con ella en la mano.

- No la escogí yo. Mario las colecciona. Es un entusiasta de las navajas.


Una sombra se coló a lo lejos, al principio de la calle. La pareja volvía a besarse y la sombra se hacía hombre al primer claro de luz. Mario buscaba sus llaves en el bolsillo del pantalón. El tintineo de los cascabales de su llavero resonó en la calle vacía, pero la pareja sólo oía sus propios quejidos de amor, no se resignaba a separarse. Mario resopló, al final de la calle, junto a su portal, otra pareja comiéndose a besos, ya era la tercera o la cuarta que se encontraba en el camino desde el 33 a su casa.


- ¡Eh, pareja, para el calentón a casita, que no son horas! -les dijo con las llaves en la mano, antes de entrar al portal.


Diego se separó de María para gritarle al extraño que se metiera en sus asuntos. La luz del farol guiñó de nuevo e iluminó el callejón. Mario distinguió la cara de María antes de que ella tratara de esconderla con sus manos.


Fue muy rápido.


María apenas lo recuerda, pero sí la rapidez de los acontecimientos. Sí, los gritos. Sí, la sangre. Sí, aquella mirada que bien podría haber sido de odio, o de rabia, o de incredulidad, o de desilusión, o de amor, o de despedida, no estaba segura, cada vez que lo recordaba era diferente.


La navaja, (modelo SPYDERCO C109SLP, fabricada en Toledo), le partió el corazón en dos.

Eso dijo el forense.


- ¡Corre Diego! ¡Vete! -gritó cuando Mario cayó muerto al suelo.


Le cerró los ojos y pidió auxilio. Acunó el cuerpo inerte antes de que se lo llevaran.



En la prensa, una breve nota, que colgaron en el tablón del 33: Dos drogadictos en plena ansiedad, roban y matan a Mario Postigo, mientras su esposa es testigo desde el portal.



FIN.




I.M.G.


Relato dedicado en su totalidad, (6 partes), a: Javi (Burgos), Jaime PSF, Javier Adrados, Sonia Vellón, y especialmente a los miembros de Mecano (Ana Torroja, Nacho Cano y Jose María Cano)


Nota: Última parte del relato escrito por Isabel Merino en 2009, basado en la canción Cruz de Navajas de Mecano, escrita por Jose María Cano, y que forma parte del LP "Entre el cielo y el suelo". 1986.







jueves, 16 de junio de 2011

Cruz de Navajas - (Versión extendida V)

Mario entró a oscuras al dormitorio, se quitó la camiseta, se acercó a la cama y le acarició el hombro desnudo a María.


—¿Estás despierta?


María se dio la vuelta y trató de seguir soñando. En su sueño, Diego la llevaba en moto a recorrer el mundo y ella…


—¡María! ¿Estás despierta? ¿María? -insistió Mario acariciándole el pelo que caía sobre la almohada- Hoy no he tenido que hacer caja y el encargado me ha dicho vete a ver a tu mujercita, Postigo. ¿María? Despierta, amor. ¿Desayunamos juntos? ¿Has hecho magdalenas?


María se volvió hacia él y apartó la cara cuando Mario fue a besarla en los labios. Después de haber probado los de Antonio no quería probar los suyos de nuevo. Ya no. Mario la besó en la mejilla y le pellizcó la nariz. Le divertía despertar a su mujer, por eso no podía dejar de sonreír mientras ella se desperezaba.


—¿Sabes qué hora es, Mario?

—Muy temprano -respondió divertido.

--Podría haber dormido media hora más por lo menos.
—Te gusta desayunar conmigo, ¿no? Además, ya sabes qué día es hoy, ¿no?
—No, ¿qué día es hoy? -preguntó incorporándose.


Mario torció el gesto y se frotó la cara con las manos antes de contestar.


—No esperaba que te olvidaras, sería la primera vez, María. Hoy cumplo TREINTA años. TREINTA AÑOS, María, ¿te das cuenta? Llevo la mitad de mi vida contigo. ¿No es bonito?


María asintió, le acarició la barbilla y le dijo: Felicidades.


Se puso una bata para ocultar su desnudez y salió del dormitorio dejándolo sentado en la cama. Abrió la puerta del mueble bar y sacó el paquete que Diego le había devuelto hacía unas horas. Regresó al dormitorio con él.


—Tu regalo —dijo soltándolo sobre la cama.
—¿Qué es? —preguntó Mario emocionado, moviendo la caja, tratando de averiguar lo que había en su interior.

—Mario, no seas bobo, ¿qué puede ser? Sólo hay una cosa que te vuelve loco en esta vida.
—Tú, cari —dijo mirándola a los ojos y robándole un beso en los labios.


María se retiró y dijo: Ábrelo

Mario rasgó el papel y abrió la caja aterciopelada. Dentro sólo encontró un certificado de autenticidad y otro de garantía.


—¿Qué es esto?


María sintió una punzada en el pecho y se llevó las manos a la boca.


—¿Qué ha podido pasar? No, no, no... -balbuceó- no comprobé el paquete cuando llegó… Han debido enviarlo vacío. Un error. Ha debido ser eso, un error, no hay otra explicación. No... Era la navaja que tú querías la SPYDER no sé qué. No entiendo qué ha podido...
—¿Dónde la encargaste? ¡Dios, tenía tantas ganas de tener esa navaja.!Es preciosa, ¿sabes? -dijo mirando la caja vacía- Es muy moderna, distinta a todas las que tengo. Pensaba llevarla siempre conmigo, hay mucho granuja suelto a la hora que cierra el 33. Cualquier madrugada me llevo un susto.
—No te preocupes, cariño, tendrás tu navaja. Yo me encargo, ¿sí? -dijo besándolo ella esta vez.


Pensó en colgar a Diego de un árbol, en arrancarle uno a uno esos dientes tan blancos y tan perfectos, en borrarle su encantadora sonrisa de príncipe de cuentos con una buena bofeta. Se le ocurrían muchas más cosas. Alguna la pondría en práctica en cuanto se lo encontrara. Ya ajustaría cuentas con él. ¡Menudo ladrón! Él sabía que era el regalo de Mario. ¿Cómo había podido hacerle algo así?

Diego se rió a carcajadas cuando lo llamó. Mario preparaba el desayuno en la cocina, y ella se había encerrado en el baño y hablaba en susurros.


—La quiero hoy mismo, Diego. Es su regalo de cumpleaños, ¿cómo has podido hacerme esto?
—Tenía que verte hoy y sabía que me dirías que no porque es su cumpleaños. Dime una hora y te llevaré la navaja a tu casa.


Su voz sonaba triunfal al otro lado del teléfono. María pensó que era un canalla y le sonrió al teléfono. Diegoo era un embaucador, y le encantaba. Mario fue así alguna vez.


—De acuerdo. Mario sale a las ocho para el 33 y no vuelve hasta por la mañana.
—¿Me estás invitando a pasar la noche en tu casa? -bromeó.
—Sondalezas número 6, 3ºA. El portal está junto a un callejón sin salida. Puedes dejar ahí la moto. Ven a las nueve.


Mario la llamó desde la cocina. Había preparado el desayuno, aunque casi no se tenía en pie. No había magdalenas, así que preparó unas tostadas.

—Cariño, he estado haciendo cuentas y no tendré que echar tantas horas en el 33 a partir de enero. Me han hecho un cálculo sobre cómo va a quedarnos la hipoteca tras la revisión y nos rebajarán casi un veinte por ciento. Podría buscarme incluso otro trabajo, con un horario más normal y dejar el 33. Sé que no te gusta que trabaje por las noches.


—Era algo temporal, Mario, y se ha convertido en algo crónico, como una enfermedad. Y nos está matando —añadió mirando al suelo, sin probar bocado de la tostada.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que no estamos bien, Mario.
—Tonterías, lo que pasa es que tenemos incompatibilidad de horarios, pero eso pronto pasará a la historia, ya verás, cuando deje el 33, viviremos una segunda luna de miel y vendrán los niños, ¿tú no querías tener niños? Con treinta años creo que ya es hora de ser papá.


María asintió bebiendo un sorbo de café. ¿De qué color le gustaría la ropa interior a Diego?


—Voy a pedir un deseo —dijo Mario encendiendo su mechero—es mi cumpleaños, y tengo derecho a pedir al menos un deseo.

--Trae mala suerte pedirle los deseos a un mechero. Buscaré una vela en la despensa, debe haber alguna del año pasado.

--No digas tonterías -dijo manteniendo el mechero encendido- Ya lo he pensado. En realidad venía pensándolo todo el camino. Y cuando llegué al ascensor, me dije, Mario, pide ese deseo y se cumplirá. Ya verás, María, hoy comenzará una nueva vida para nosotros. A partir de hoy, va a cambiar todo. Ten fe. El Euribor es el que manda, y yo creo que va a soplar el viento a nuestro favor. Todo vendrá rodado.



Mario inspiró, cerró los ojos y sopló la vela. María observó cómo se apagaba.






Continuará...












I.M.G.








Nota: 5ª entrega del relato escrito por Isabel Merino basado en la canción Cruz de Navajas de Mecano, escrita por José María Cano para el álbum Entre el cielo y el suelo de 1986.




domingo, 12 de junio de 2011

Cruz de Navajas - preludio (Hablemos del terral)












Debido a problemas técnicos, la transcripción de la entrada V de la versión extendida de Cruz de Navajas, se ha ido al carajo. No quiere ello decir que os deje sin esa, tal vez, última entrega, si no que se pospone un día debido a huelga de párpados abiertos. ¿Recordais los dibujos animados de Pixie y Dixie? (Sí, "lo' mardito roedore"), pues ahora mismo estoy como el gato gitano Jinxs, a punto de ponerme unas pinzas de la ropa sujetando mis pestañas a mis cejas para mantenerme despierta. Ha sido un día de junio, post-terral, agotador.









¿Que no conoceis a Mr. Terral? Esa suerte teneis. Es un caballero de hidalga figura que visita cada verano, y por sorpresa, a los habitantes de Málaga capital y se queda con ellos la friolera de tres días seguidos.




Lo de friolera viene a ser un antónimo de esos que se dicen en condiciones y certero, pues el terral es todo lo contrario, una masa de aire caliente que se hace con la ciudad y sus habitantes. Nosotros, los malagueños, nos quejamos, resoplamos, nos miramos unos a otros y decimos: hala, ya está aquí el terral. Y cerramos las ventanas, y permanecemos encerrados en los coches, (siempre con aire acondicionado), en las casas, en los trabajos, en los centros comerciales, en el cine, a ser posible tumbados en el suelo, (vuelta y vuelta)... pero en la calle, qué va, en la calle se quedan los que nos visitan y no lo conocen y no han sido avisados de las reglas que hay que cumplir. Una de ellas es evitar la playa. ¿Qué es lo lógico en un día de aire caliente irrespirable? Pensar en ir a la playa, cómo no. Es el oasis enmedio del desierto, pero, obviamente hay un pero, cuando llegas a la playa, ¿qué ocurre? pues que tampoco se puede estar, ya hemos dicho que nosotros, nos quejamos, resoplamos y nos resignamos a pasar tres días de encierro. En la playa lo que te encuentras es un vendabal de arena revuelta que se te mete por los ojos, por las orejas, por el cuello de la camiseta, y te pica y te duele, y si es asomarse al mar, pues eso, asomarse, pero con los ojos encogidos para que no entre la arena, lo de bañarse es complicado porque el agua suele estar revuelta, la bandera roja ondeando, y la temperatura es de una diferencia abismal con el ambiente y sólo meter un dedo del pie en el agua consigue que prácticamente se te congele.




















Uy, pero no era que el sueño me había arrebatado la clara visión para escribir a estas horas? Por supuesto, pero ¿quién dice que no puedo escribir sin mirar la pantalla del ordenador o el teclado? En fin, que os dejo, un preludio de la última parte de Cruz de Navajas mientras lucho con un calor, que afortunadamente, hoy no se ha transformado en terral.



Nota: por problemas técnicos en versión profunda y arraigada, esta entrada se publicará tal cual, la otra mitad se fue al carajo y la última parte se perdió en el limbo virtual de blogger y sus vicisitudes. Les pido disculpas.



I.M.G.








jueves, 2 de junio de 2011

Cruz de Navajas - Versión extendida (IV)

Diego invitó a comer a María al día siguiente. Por la mañana fue a verla al trabajo y allí se lo propuso y ella dijo que sí. Le dijo que tendría que ser algo rápido, que no contaba con mucho tiempo al mediodía, pero que la escapada merecía la pena si era por estar con ella. María le contestó que no se perdería esa comida rápida por nada del mundo, y después de decirlo se sonrojó, y se tapó con las manos, la sonrisa de enamorada que la delataba.


- ¿Y cuándo irás a por el regalo de Mario? -le preguntó Carmen cuando María le contó que comería con Diego.

- ¡El regalo de Mario! ¡Me olvidé por completo!


Diego pasó a recogerla en moto a las dos en punto. María lo observó de lejos. Diego miraba hacia cualquier parte, distraído, mientras la esperaba. A María le gustaba su mirada inquietante y misteriosa, incapaz de detenerse en un punto fijo. Se pellizcó las mejillas para darle color y se arregló el flequillo. Se acercó contoneándose, aunque le pareció ridículo andar así, le pareció que a él le gustaba. La recibió con una silbido y luego aplaudió y dijo que estaba realmente preciosa.


- No digas tonterías, llevo el mismo uniforme de esta mañana, el de todos los días.

- Dentro no puedo silbar -dijo.

- Tengo que ir a recoger un paquete a correos. Es importante.

- Sube.


María se puso el casco que Diego le ofreció, se subió a la moto y se apretó contra él. Sintió cada músculo de su cuerpo pegado al suyo.


- No corras mucho, por favor.

- Agárrate.


María se agarró a su cintura cuando Diego arrancó la moto. Apoyó la cabeza en su espalda, olió su perfume en el cuello de la camisa, y luego se retiró. Llevaba demasiado tiempo sin hacer el amor. Ni siquiera el pasado fin de semana. No quería parecer desesperada, después de todo tenía marido. ¿Tenía marido? Diego dio un frenazo y ella volvió a pegarse contra él y ya no se separó hasta que llegaron a correos.


Firmó la recogida y le entregaron el paquete procedente de Toledo. La caja era de un tamaño mayor al que esperaba. ¿Se habrían equivocado con el pedido?


- Tengo que abrirlo -dijo.

- Espera, te vas a dejar las uñas, toma esto -dijo Diego sacando una navaja de uno de los bolsillos de su chamarreta.

- Conozco este modelo. Mario tiene una igual. ¿Te gustan las navajas?

- Me gusta ir armado, por si las moscas. Nunca se sabe con quién te puedes encontrar.


Diego ayudó a María a desembalar el paquete. Se habían sentado en la mesa de un restaurante de comida rápida. El camarero les sirvió un par de cervezas. Diego le dio un trago a la suya.


- ¿Qué es? -preguntó cuando María sacó la estuche que había dentro del embalaje.

- Una navaja.

- ¿En serio? ¿Me la dejas ver? ¿Qué modelo es?

- Han olvidado grabar el nombre. Pedí que lo grabaran y lo han olvidado. De todas formas -dijo dándole la navaja a Diego- no me dieron seguridad, pero a Mario le gusta que lleven su nombre grabado. Es muy suyo con las cosas de su propiedad.

- ¿Te hizo grabar a ti?


María lo miró desconcertada.


- No entiendo -balbuceó.

- Has dicho que es muy suyo con las cosas de su propiedad. ¿Llevas grabado su nombre en alguna parte de tu cuerpo?

- No -contestó arrebatándole la navaja y depositándola en el estuche.

- Así que no eres tan suya como él cree. Eso me gusta. Me favorece.


María se sonrojó y Diego le cogió una mano y se la besó por el reverso. A ella le encantó el gesto. No retiró la mano. Quiso darle la otra también, pero se contuvo. Diego la miró a los ojos y se mordió el labio. Ella mantuvo su mirada.


Volvieron a quedar. Fue inevitable. Diego se llevó el paquete con la navaja de Mario y prometió devolvérsela por la noche. Así se aseguraba la cita. Ella protestó debilmente, pero dejó que se la llevara. Recuperó la navaja a cambio de un beso, en el portal. Hacía años que no besaba a nadie que no fuese Mario. Le gustó. Le gustó mucho. Se dejó besar de nuevo.


Los besos no hacen daño a nadie.


Continuará...



I.M.G.


Cuarta entrega del relato escrito por Isabel Merino González, basado en la canción Cruz de Navajas de Mecano escrita por José María Cano. Publicada en el álbum Entre el cielo y el suelo. 1986.

jueves, 19 de mayo de 2011

Cruz de Navajas - Versión extendida (III)

María organizó la caja y revisó la mercancía nueva antes de colocarla. A las 10 en punto comenzaron a llegar los primeros clientes del día. Aún no eran las 11 y media cuando lo vio aparecer. Se hizo la distraida. Él, como cada día, merodeaba por la sección de vaqueros y la observaba de lejos. Nunca compraba nada. Le había contado a Carmen que tenía rasgos duros y ojos descarados. Le recordaba a un actor de cine, pero no sabía precisar el nombre.






- Se le parece Carmen, pero este es más macarra, más salvaje.



- ¿Y el cuerpo?



- Lo tiene todo en su sitio, créeme.






Lo miraba cuando él dejaba de observarla, pero alguna vez se había encontrado con su mirada y se habían sonreído. Le gustaban sus dientes blancos y bien alineados. Mario los tenía manchados por el tabaco, si lo hubiera dejado cuando ella se lo rogó, ahora los tendría así, inmaculados. Había llegado tan cansado por la mañana que no había querido probar las magdalenas, con lo que le gustaban. Le haría más para su cumpleaños. le haría una magadalena enorme, como si fuera un pastel, y dentro escondería la navaja aquella de nombre tan complicado. Sería una gran sorpresa, sin duda, y harían el amor como hacía tiempo que no lo hacían y ella no se acordaría del moreno que la cortejaba desde la sección de vaqueros cada día. Y se quedaría embarazada, sí, suspiró, y mandaría al chatarrero todos aquellos cuchillos. Todos excepto la última navaja, esa se la quedarían, sería un símbolo para ellos. Habría un antes y un después de ella.






- Perdona, ¿puedes ayudarme?






Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no lo vio acercarse.






- Sí, claro, un momento -contestó notando un sofoco en la cara.






Se tocó las mejillas. Calientes. Descolgó el teléfono, marcó una numeración corta y dijo "sube" mientras pensaba que él la había tuteado. Antes de empezar, ya habían cruzado la primera línea.






- Dígame, caballero.









Carmen no encontró problema en que fuesen a tomar algo después del trabajo. Según le había contado María, había sido muy cortés, y había surgido de la manera más tonta.






- Total, Mario no tiene por qué enterarse. Cuando llegues a casa no estará. Y cuando te levantes tampoco. No es malo tomar una copa con alguien al salir del trabajo.



- Es malo cuando la persona te atrae.



- ¿Mucho? ¿Te atrae mucho? Si es que está como un queso, María. Es pecado decir que no.



- No sé, Carmen. Mario...



- Mario, nada, María. Y si le pica que luche un poquito, que luche, mujer. Tanta espadita, tanto cuchillito, y tanto trabajar en la barra de un bar rodeado de lobas. Sí, María, no me mires así, ¡lobas! Las que no se recogen hasta que cazan. Y cualquier día, escúchame, te cuenta que se ha liado con una de esas y si te vi no me acuerdo. María, que los hombres son así. Así que aprovecha y procúrate un plan B, por si las moscas.



- Mario no es de ese tipo de hombres, y lo sabes.



- No, yo no sé nada. Tú tómate tu copa con el Sr. plan B y disfruta. No tienes que acostarte con él, es sólo un coqueteo, ¿a quién le desagrada eso? Sólo tienes 29 años, María. ¡Disfruta un poco de la vida!









María miró la hora en el reloj que le había regalado Mario por su aniversario mientras esperaba el ascensor. Sabía que no iba a pillar a Mario en casa. No iban a poder verse hasta la mañana siguiente. Movía el pie incontroladamente mientras esperaba. ¡Vamos, vamos, vamos! La sonrisa de Diego, el Sr. plan B se llamaba Diego, qué nombre tan masculino, se le apareció en el espejo del ascensor, nada más entrar. Había resultado ser encantador. Cuando le dijo que le recordaba a aquel actor tan famoso él se rió mostrando todos sus dientes blancos. Pulsó el botón del segundo piso y cuando metió la llave en la cerradura y vio que tenía las tres vueltas echadas supo que Mario no estaba ya en casa. Aún así entró llamándolo. No hubo respuesta. Tras soltar el bolso en el perchero de la entrada atravesó el pasillo y el salón y se dirigió al dormitorio. La cama estaba deshecha. Vacía.






- Usamos el colchón por turnos -se quejó en su siguiente cita con Diego. Se había arreglado más de la cuenta y se sentía algo incómoda, pero él le dijo que estaba preciosa. La miraba con deseo. Mario ya no la miraba así nunca, por más que lo hubiese intentado.



Continuará...





I.M.G.






NOTA: Tercera parte del relato escrito por Isabel Merino basado en la canción Cruz de Navajas de Mecano. Escrita por José María Cano. (Lp: Entre el cielo y el suelo. 1986).

domingo, 15 de mayo de 2011

Cruz de Navajas - Versión extendida (II)

A María no le gustaba cenar sola, así que no cenó. Desde que Mario trabajaba en en el 33 había dejado de cenar. Mario tenía un horario maldito. Ella lo llamaba así. Mario lo llamaba el horario de la hipoteca, pues con el sueldo por trabajar seis noches a la semana en aquel pub, pagaban el piso. María se acercó al frutero y cogió una manzana. Le dio un bocado, y pensó que sólo tenía que esperar unos veinticuatro años para volver a dormir con su marido cada noche. Así era lógico que el cuarto de armas fuera el cuarto de armas y no el de los niños. Se terminó de comer la manzana una vez hubo sacado las magdalenas del horno. Las dejaría enfriar antes de sacarlas del molde.

Puso la tele, en la 1 anunciaban una serie nueva que comenzaría al día siguiente: Falcon Crest. Se levantó del sofá y pulsó el botón de la 2. Ponían una película de Audrey Hepburn: Vacaciones en Roma. A Mario no le gustaban ese tipo de películas, pero a ella sí, le parecían muy románticas. Se acomodó en el sofá y se quedó dormida antes de que terminara. Cuando se despertó eran más de las dos. Se fue a la cama vestida.


El despertador sonó a las 6 en punto. María estiró el brazo hacia el lado de Mario. Estaba frío. Si Mario fuese puntual, tendría tiempo de saborear esos besos que tanto echaba de menos, antes de irse al trabajo. Planchó el uniforme del trabajo y lo dejó sobre el sofá, se dio una ducha, sacó las magdalenas, hizo el café y se sentó a esperarlo mientras oía las noticias de la mañana. Consultó un par de veces el reloj mientras por el ventanal de la terraza se veía amanecer. A las 7 lo consultó por tercera vez. En media hora tenía que irse si no quería llegar tarde y Mario no llegaba. Recalentó el café. Una última mirada al reloj a las 7:10. Mojó las magdalenas en el café y las engulló sin saborear. Mario apareció 10 minutos más tarde.


- Buenos días, cariño, no sabes qué noche -dijo soltando las llaves sobre la mesa de la cocina.


María asintió bebiendo el último sorbo de café. Mario se acercó a besarla en la mejilla y ella se retiró y se dirigió al fregadero a lavar la taza.


- Creí que desayunábamos juntos. Hice magdalenas, ¿recuerdas? Te encantan.

- Vengo muerto, María. Luego me tomaré alguna. ¿Almuerzas hoy en casa?

- Sabes que no.


Mario asintió con un bostezo.


- Que tengas un buen día, cariño. Voy a acostarme. Nos vemos a la tarde -dijo dirigiéndose al dormitorio.


María lo siguió, se quitó el albornoz y cogió el uniforme de la silla. Mario observó su ropa interior.


- ¿Es nueva? -preguntó bostezando de nuevo.

-No -respondió María poniéndose los pantalones del uniforme.


Mario se sacó la camiseta a tironazos y se desabrochó el pantalón.


- Te queda bien. Voy a acostarme -repitió- estoy muerto.


María lo observó mientras se metía en la cama. Estaba visiblemente más delgado. Tenían que hablar de ello, de ello y de otras muchas cosas. El domingo se sentarían a hablar, antes del polvo semanal, lo importante era hablar, coincidir en la casa, en la cama, y hablar. Necesitaban hablar más que ninguna otra cosa, aunque él no se diera cuenta.


Cogió el metro de las 7:40 y a las 8 en punto estaba en El Corte Inglés. Saludó a una compañera antes de guardar su neceser transparente en la taquilla. Carmen, le preguntó por las magdalenas con un guiño.


- Me las comí sola, como siempre -dijo María.


Carmen era su paño de lágrimas y con ella era tan transparente como su neceser guardado en la taquilla.


- ¿Llevas puesto el conjunto aquel que te regaló?


María se levantó la blusa y le mostró el sujetador. Carmen se llevó la mano a la boca reprimiendo un "Oh".


- Estamos pasando una crisis y ni se da cuenta. Para él todo es trabajar y pagar facturas, y yo me tengo que mojar las ganas en el café. Yo no sé cuánto tiempo más voy a aguantarlo, Carmen. Y lo quiero, pero no puedo seguir así. No puedo. No sé cuánto tiempo más... -repitió limpiándose una lágrima rebelde.


- Necesitais vacaciones.

- Necesitamos hablar más, tener horarios compatibles, compartir el colchón, Carmen.

- Y follar.

- Y follar -repitió sonriendo.


Salieron del vestuario y se despidieron junto a las escaleras mecánicas de la 2ª planta.


- Si aparece hoy el morenazo, me avisas, María.

- Ni lo dudes.


Continuará...



I.M.G.

2ª parte del relato escrito por Isabel Merino, basado en la canción de Mecano, Cruz de Navajas, escrita por Jose María Cano para el álbum Entre el cielo y el suelo. 1986.

martes, 10 de mayo de 2011

Cruz de Navajas - Versión extendida (I)

María apuntaba en el apartado para notas de su recetario, el modelo y la serie que el vendedor toledano le comentaba al otro lado del teléfono:


- S de Salamanca, P de Pamplona, Y de Yugoslavia, Dinamarca, España, Roma, Córdoba y O de...

- ¿Orense? -sugirió María.

- Sí, O de Orense.

- De acuerdo, ya lo tengo, le repito: Salamanca, Pamplona, Yugoslavia, Dinamarca, España, Roma, Córdoba, Orense.

- Exacto -respondió satisfecho el vendedor- ahora apunte el código: Córdoba de nuevo, 1, 0, 9 Santander, Lérida, Palencia.

- ¿Palencia o Pamplona?

- Es lo mismo.

- Antes para la P usó Pamplona.

- Pues Pamplona, Palencia, como quiera. ¿Lo tiene ya?

- Sí -dijo María leyendo la anotación completa- Modelo S, SPYDERCO C109SLP, ¿correcto?

- Correcto, ¿para cuándo lo necesita?

- ¿Podría tenerlo el lunes? El martes es el cumpleaños de mi marido. Es su regalo.

- Pasado mañana puede tenerlo en casa.

- ¿Sería posible grabarle un nombre?

- Es un modelo complicado para ser grabado, el acabado no resulta tan visible como en otros modelos. Dígame el nombre de su marido, pero no le prometo nada.

- Mario.


Tras colgar el teléfono, María arrancó la nota del recetario y se dirigió a la habitación de armas de Mario. A él le gustaba llamarla así. Ella la llamaba la "habitación del bebé". Cuando amueblaron el piso acordaron que el día que fueran padres, él se desharía de toda aquella chatarrería y aquella sería la habitación del bebé. El bebé no había llegado y la absurda colección de espadas, dagas, cuchillos y navajas, seguía aumentando. Encendió la luz y observó las vitrinas y las estanterías. Se tocó la tripa y se dio de plazo un año más.


Cada vez que se acercaba su cumpleaños, Mario hacía una excursión a Toledo y volvía encaprichado de un nuevo ejemplar que ampliara su colección. Esta vez, le dijo a María, se trataba de una navaja espectacular y distinta a todas las que poseía. El precio era asequible. Le dejó apuntado el modelo en su cuaderno de armas.


María abrió el cajón del escritorio y encontró allí el cuaderno de tapas duras, con el escudo de armas de los Postigo.: una torre de piedra y en el postigo de su puerta un hombre armado con una alabarda.


El cuaderno estaba dividido en tres partes. En la primera estaban detalladas todas las armas que poseía, modelo, longitud, material y peso. En la segunda parte se enumeraban los distintos modelos que quería obtener a "toda costa". Lo de " a toda costa " estaba remarcado varias veces, con bolígrafo rojo. La tercera enumeraba las tiendas donde encontrar cada modelo, su dirección, su página web, su teléfono y persona de contacto. La mayoría de aquellas direcciones se ubicaban en Toledo. María abrió el cuaderno por la segunda parte y comprobó el nombre del modelo que había elegido: Modelo S, SPYDERCO C109SLP



- Perfecto -dijo en voz alta.



Estaba sola en casa, como siempre a esas horas. Como casi todo el día, pensó de camino a la cocina, mientras arrugaba la nota en la mano. La mareaba, hecha una bola de papel, entre los dedos. Se deshizo de ella lanzándola a la papelera. Erró el tiro. Se agachó, y volvió a intentarlo. Acertó. Sonrió y abrió el recetario por el apartado de repostería. Le apetecía cocinar algo dulce. Miró la hora en el reloj de pared que ella misma había hecho a punto de cruz. Mario compró el mecanismo en una relojería y después de insertarlo en el paño, lo llevaron a enmarcar. El reloj atrasaba cinco minutos. Eran las casi las siete. Mario estaba al llegar. Se puso el delantal , cogió un paquete de harina de la despensa y lo vertió en un bol. Cuando encendió el horno para precalentarlo oyó el ruido de las llaves en la puerta. Seguidamente sonó el timbre. Se había dejado las llaves puestas por dentro y Mario no podía entrar. Se limpió las manos de harina en el pantalón y corrió por el pasillo hasta alcanzar la puerta.

- ¡Olvidé quitar las llaves, espera un momento! -gritó.


Giró las llaves un par de vueltas en el sentido de las agujas del reloj y abrió. Mario la apartó al entrar y colgó sus llaves en el llavero de pared.


- Siempre lo mismo María, no sé por qué insistes en que me lleve las llaves, si nunca puedo entrar a esta casa con ellas.


Atravesó el pasillo sin mirar atrás.


María cerró la puerta, introdujo la llave y volvió a cerrar por dentro y a dejarlas puestas. Era más seguro así. Lo siguió hasta el salón.

- No me has dado un beso -le recriminó María abrazándolo por detrás.
- Sabes que vengo con prisas María -dijo volviéndose hacia ella y besándola en la mejilla.
- Siempre las prisas.
- Voy a darme una ducha y salgo pitando. Hoy no me quedo a cenar.
- Vale -contestó ella- hoy no tengo ganas de discutir.


María se fue a la cocina mientras Mario se duchaba, abrió el frigorífico y sacó unos huevos. Devolvió un par a la nevera. Con estos son suficientes, se dijo. Los vertió en un plato hondo y los batió con un tenedor. Mario le gritaba algo desde el baño.

- ¡No te oigo, Mario! -repondió mientras añadía poco a poco el azúcar sobre los huevos batidos.

Siguió batiendo mientras incorporaba ingredientes: aceite, ralladura de limón, harina y un poco de levadura. Hasta formar una mezcla homogénea.

Mario se asomó desnudo a la cocina, secándose el pelo con una toalla.

- Te decía que mañana podemos desayunar juntos, antes de que te vayas.

Ella asintió sin mirarlo. Sacó unos moldes de la despensa y los puso sobre la encimera.

- ¿Qué cocinas? Ya te he dicho que no ceno esta noche en casa.
- Son magdalenas, para el desayuno -contestó recalcando la palabra desayuno.
- Voy a vestirme, se me hace tarde.


María vertió la mezcla hasta llenar casi la mitad de cada molde, los espolvoreó con azúcar y los introdujo en el horno a 180º.

- Veinte minutos -dijo pesadamente.


Mario se despidió con un guiño y un beso lanzado al aire. María se preguntó sobre qué objeto de la casa habría caído. Le habría gustado rescatarlo. Hacía tiempo que los besos de Mario nunca caían en sus mejillas o en sus labios. Había olvidado a qué sabían. Con suerte, por la mañana, si se dejaban saborear, sabrían a magdalenas.












Continuará...



I.M.G.




Nota: Relato escrito por Isabel Merino, basado en la canción Cruz de Navajas de Mecano, compuesta por José María Cano para el álbum Entre el cielo y el suelo. 1986.