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viernes, 18 de mayo de 2012

El nuevo retrato de Jane Austen

Jane Austen sigue generando noticias, bien por nuevas adaptaciones al cine de sus libros, bien por nuevas biografías, porque otros autores escriben libros basados en los personajes, escenarios y tramas que ella tan magistralmente recreó en sus novelas, por crónicas sobre viajes a los lugares donde vivió, nuevos estudios, etc etc.

Jane Austen
retratada por su hermana Cassandra
(National Portrait - London)


También recientemente, por su presunto parentesco lejano con Kate Middleton, esposa del príncipe Guillermo de Inglaterra. Una web especializada en árboles genealógicos, (Ancestry.com),  afirma que son primas en 11º grado por tener un ancestro en común: Henry Percy, (2º Conde de Northumberland en la primera mitad del s. XV). Henry Percy fue el bisabuelo de Kate, (16 generaciones arriba), y el de Jane Austen, (10 generaciones atrás)

Kate Middleton

Yo procuro mantenerme informada de todo lo que van saliendo referente a mi autora favorita, bien por mis compañeras blogueras, (cuyo trabajo, dedicación y entrega al mundo Austen son de alabar. Desde aquí os doy las gracias, chicas), por las noticias que se vienen publicando en distintos diarios o en internet o "in situ",  en los viajes que me han llevado a las casas y ciudades donde Jane Austen vivió, como Chawton, Londres o  Bath. (Próximamente visitaré Winchester, donde fue enterrada, pero eso ya será otra historia que contaré en su momento).

La noticia de la que hoy quiero hacerme eco, y que lleva tiempo circulando por la red ( Pincha aquí para leer uno de los más completeos), incluso se grabó un documental en Inglaterra sobre el tema, en el canal BBC2, es sobre El Nuevo Retrato de Jane Austen:


¿Jane Austen o no?
Según algunos expertos: Sí
Según otros: No.

 En la época en la que vivió Jane Austen y en los círculos en que su familia se movía, era costumbre retratar a los hombres de la familia, no así a las mujeres. El retrato por el que conocemos a Jane Austen, fue un dibujo que hizo su hermana favorita: Cassandra. Tuve ocasión de ver el original en la National Portrait de Londres hace un par de años. Subí a la sala de los escritores, y me encontré rodeada de enorme cuadros que retrataban a Lord Byron, a Mary Shelley... pero ¿dónde está el de Jane? Observé uno a uno, sin querer leer los nombres, finalmente, tuve que hacerlo y aún así no la encontré. Me puse nerviosa. ¡Lo han quitado!, creo que vociferé. Tranquilízate, me dijo mi amiga. ¡Tiene que estar! En una esquina de la sala, había una especie de cámara acorazada de cristal, y en el centro, un dibujo, (no era ni un A5), y allí estaba ella, mi querida Jane Austen dibujada por la mano de Cassandra Austen. ¡Guau! Me quedé flipada. Supongo que lagrimeé, es habitual en mí si algo me emocina mucho. Pero era tan pequeño... nunca lo había imaginado así.
Dicen que Jane Austen no se reconocía demasiado en esa imagen, incluso familiares de ella, llegaron a opinar lo mismo, pero era la única imagen que la había sobrevivido y por la que todos la conocemos.

Es cierto que existe otra imagen por ahí, de la cual quiero dejar también constancia aquí porque es también muy conocida. Es un dibujo basado en el de Cassandra, que encargaron sus familiares descendientes, (pero que tiene más aspecto victoriano que giorgiano), y teniendo en cuenta las características faciales de sus hermanos.

Jane Austen
(Encargo familiar, estilo victoriano)


Y cómo no, existe esta otra, que también conoceréis y que está basada en las anteriores:


Jane Austen

En base a estas imágenes imaginamos cómo pude ser la autora de esos libros que tanto hemos leído y releído: Orgullo y Prejuicio, Sentido y Sensibilidad, La abadía de Northanger, Emma, Persuasión, Lady Susan, Mansfield Park, y otros inacabados. Pero ¿era así realmente Jane Austen? Bueno, qué remedio nos queda que imaginarla de esta y no de otra manera.

Sin embargo, ahora nos llega este retrato, a través de la autora Paula Byrne, que recibió como regalo de su marido. Al parecer era un retrato desconocido por los descendientes de Austen que se vendió por 15 libras y que ha sido adquirido por 2.000. El precio parece excesivo, pero si lo comparamos con la cifra que puede llegar a suponer en caso de que fuese demostrado que era Jane Austen, queda en una nimiedad absoluta y en una inversión de lo más rentable que alguien pueda imaginar.

¿Qué opinais? ¿Creéis, sin tener en cuenta la opinión de expertos y de forenses, que se trata de Jane Austen?

La ropa que lleva la dama del cuadro, coincide con la de la época de la autora, se muestra como escritora, su perfil es parecido al de la familia Austen, la nariz es muy particular de ellos, lleva una placa en la que puede leerse Jane Austin (Era común escribir el apellido Austen de las dos formas), y los expertos datan el cuadro entre 1805 y 1815. La iglesia del fondo, asimismo, se ha identificado como la Abadía de Westminster en Londres, donde Jane pasó un tiempo en casa de su hermano Henry. De hecho, en 1813 se encontraba en esta ciudad, (donde frecuentaba las exposiciones de retratos),  ultimando los detalles de su novela Emma.

Dejo la pregunta abierta. ¿Créeis que la mujer de este retrato era Jane Austen? Si fuera así, este sería el retrato más fiel a su persona, y así es como deberíamos verla desde hoy.

Si no lo fuera, siempre tendremos, como siempre hemos tenido,  el dibujo que hizo Cassandra de su hermana favorita: 




I.M.G.
(Sígueme en Twitter
 @isamerino) 



domingo, 18 de marzo de 2012

London: Bonus Track (Febrero 2012)


Cuando la nieve comenzó a caer más fuerte, entramos al musical de los Jersey Boys. Pincha AQUÍ si quieres saber más sobre este musical que cuenta la historia de Frankie Valli and The Four Seasons, como ya comenté en la entrada anterior. Este musical, a diferencia de cuantos he visto en Londres, (aviso),  necesita un nivel de inglés alto para entenderlo, ya que abunda muchísimo el diálogo, quizá más que las canciones y mucho más que los números de baile, que no son tan espectaculares como puedan serlo en Wicked o en Les MIserables o en Mamma Mía, por ejemplo, pero que esto no os eche para atrás. Merece la pena verlo. (Aunque si no habéis visto ningún musical en Londres, este no debería ser de los primeros, eso también debo advertirlo). Quizá pensé que cuando saliéramos del teatro Prince Edward la nieve habría dejado de caer, pero me equivoqué, y con qué alegría lo hice. Cuando bajamos las escaleras de alfombras rojas y salimos a Old Compton Street, caía la nieve copiosamente y diríase, si ha de decirse de algún modo, que llegué a Picadilly Circus casi volando, ¿acaso no se vuela cuando se es feliz? Con el paraguas en alto, cubierto de nieve, cual Mary Poppins atravesé Shafetsbury, cruzándome con los autobuses rojos, ahora blancos, y los taxis negros, de igual modo blancos. La nieve, bendita nieve,  lo cubrió todo en minutos y no me importó mojarme, al contrario, disfruté haciéndolo. 

Nos quedamos por el centro, simplemente viendo caer la nieve, descargando los paraguas, haciendo alguna compra. El frío, es cierto, amaina cuando la nieve se apodera de la ciudad. Es curioso. Camino del hotel, unas horas más tarde, no había dejado de nevar, y a nuestro paso, los bancos, las bicicletas, los coches aparcados, todo, se rendía al encanto blanco. No me habría acostado esa noche, tal era mi entusiasmo. Cuando subimos al hotel, me apalanqué junto al enorme ventanal y seguí  echando fotos a cualquier detalle, seguí grabando en video a la nieve caer. Cuando al fin caí rendida, agotada la batería, agotada la energía por el día tan largo, me dormí con la cortina entreabierta, y en el duermevela, la nieve seguía cayendo, y mientras me dormía, creo que sonreía.

 Amaneció Londres blanco. No nevaba ya. Pero blanco. Las carreteras habían sido limpiadas, y la nieve se agolpaba en las aceras. Varias líneas de metros fueron cortadas. Las noticias eran alarmantes en cuanto al temporal en Europa. Los aeropuertos de Stansted, (al que llegamos) y Heathrow, anunciaron el cierre por el temporal de nieve. No nos preocupamos. Decidimos disfrutar de la mañana y cuando llegara la hora de irnos, salíamos desde Gatwick, ya veríamos si podíamos salir de Inglaterra o no. Logramos llegar al Big Ben usando las líneas abiertas. Los operarios echaban tierra sobre la nieve para que los coches y los peatones pudiésemos circular/caminar sin peligro, pero a mí me fastidiaba ver la nieve tan blanca convertirse en una especie de barrizal. Le quitaba encanto. 

Tras despedirme una vez más de mi querido Big Ben, con un hasta la próxima, emprendimos camino hacia Bloomsbury, el barrio de Virginia Woolf. Esta vez no lo recorrí como en veces anteriores, que pude visitar el lugar donde se reunía con sus compañeros escritores del grupo Bloomsbury, el parque en el que se sentaba a escribir Mrs Dalloway, o las calles, como el 46 de Gordon Sq, donde se instalaron a vivir ella y su familia después de abandonar Hyde Park Gate 22. En el 46 de Gordon Sq nada había que no se pudiera decir, nada que no se pudiera hacer, decía. En ese barrio por el que solía caminar imaginando el entorno y el perfil del personaje en el que estaba trabajando, me adentré en uno de mis viajes a Londres. Regresé "Woolforizada" a casa. En su libro autobiográfico, el único,  Momentos de vida, que ya he recomendado en alguna entrada, Virginia hace un magnífico memorial de ese mundo ya desaparecido, de unas personas, sus amigos y su familia, que como ella, pertenecen ya a la historia. 

Como decía, esta vez no fui al encuentro de Virginia Woolf o de sus fantasmas, sólo paseé por la zona, admiré los edificios georgianos, y sucumbí una vez más a la llamada del British Museum que se encontraba prácticamente cubierto de nieve. Algunos muñecos, blancos y helados, improvisados, nos saludaban al entrar. Sólo entramos a visitar las salas temáticas de Egipto y Grecia, que siempre merecen una visita. Una reverencia a la Piedra Rosetta. 

 Las estaciones de metro de la zona se encontraban cerradas. Las infraestructuras londinenses no están preparadas para los temporales de este tipo. Esa es la conclusión que saqué mientras caminábamos buscando una estación que nos llevara de vuelta a la zona de nuestro hotel, para volver a saludar al Dinosaurio de la entrada del Museo de Historia Natural, o para rodear con un abrazo, toda su redondez si fuera posible, al Royal Albert Hall, mi adorado, para después revolcarnos en el manto de nieve que cubría todo Hyde Park y fotografiarnos con los muñecos de nieve improvisados, del Albert Memorial. 

Seguimos paseando por las calles nevadas hasta bien pasado el mediodía, las Terraces blancas y los blancos edificios victorianos de South Kensgington y Chelsea se confundían con la nieve, y todo parecía brillar, como si focos de cine, centelleantes, las iluminaran. No hicimos caso de los últimos partes, y cogimos uno de los metros que circulaban con retraso, hacia Victoria Station, donde cogimos el tren hacia Gatwick. Durante el trayecto pudimos comprobar que el temporal se había cebado con la zona de las afueras de Londres. Los pueblos y aldeas que cruzábamos, se encontraban casi sepultados en la nieve. Digerimos que tal vez no saldríamos del país esa tarde. Creo que a ninguna nos importó demasiado. 

No nevaba en Gatwick ni lo hizo en las siguientes horas en las que un alto porcentaje de vuelos fueron cancelados y otros tantos sufrieron retrasos importantes. Nosotras, con la suerte que nos vino acompañando durante todo el viaje, sólo sufrimos un retraso de apenas hora y media, casi dos. Subimos al avión casi podía decirse que "On time", y ya anochecido, levantamos vuelo sobre Inglaterra nevada. Mi sueño blanco quedaba atrás, vivido, y recordado para siempre. 

The End. 

Próximas crónicas viajeras: Amsterdam, a la que viajaré en Semana Santa. Ya os contaré. Sin duda, hablaré de flores de colores, tulipanes y canales. El color blanco, ya queda atrás. 


Entrada dedicada a Bea, Cris y Patri. 

I.M.G. 




jueves, 8 de marzo de 2012

Londres de nieves, Londres de bienes (2 de 2) Febrero 2012

Sábado 4 de Febrero. Londres. Ni una nube en el cielo. Temperatura: Bajo cero. 

Una parada obligatoria en Leicester Sq, (aún en obras), para una nueva intentona de ver otro musical esa noche. Intentona frustrada, los precios más baratos rondaban las 70 libras. Caminamos hacia Covent Garden y casi ayudamos a montar los puestos del Jubilee Market, donde entre otras compras, me hice con un cuadro de Grease, (ya hablaré algún día de mi pasión por Grease).

Una parada frente a la casa donde alguna vez vivió Dickens, y un entrar al Lyceum Theatre, en el 21 de Wellinton Street, fueron lo siguiente. ¿Tal vez queríamos probar suerte y encontrar entradas para The Lion King a buen precio en el mismo teatro? Tal vez, pudiera ser, pero después de preguntar por un precio razonable que sabíamos que no encontraríamos, nos entretuvimos mirando las paredes, y sonriendo a los vendedores. Cualquier cosa por entrar en calor y desentumecer manos, nariz, orejas y pies. Cuando salimos de nuevo a la calle, el helor ganó de nuevo la partida y tuvimos que andar dando zapatazos, para descongelar las plantas de los pies. 

 Seguimos con el paseo por el barrio chino, que celebraba su nuevo año, y visitamos el teatro de Les Miserables en Shaftestbury Avenue, la avenida de los teatros. No quedaban entradas. A la altura de Picadilly Circus, pasada la una del mediodía, nos pareció que algunas nubes habían bajado de altura y se habían arremolinado sobre los edificios de la semicircular Regent St, aunque sin ánimo de lluvia o nieve. El frío se volvió más intenso por la zona de Waterloo, camino de The Mall, por donde la Reina camina sobre ese asfalto de aspecto anaranjado, cuando le da por bajarse del Rolls. ¿Lo hará alguna vez? 

Caminamos hacia Buckingham Palace, parando brevemente en Clarence House o en St. James, y comprobamos cómo la bandera inglesa ondeaba al viento. Del monumento a la Reina Victoria que preside la plaza frente al palacio emanan agua unas fuentes adosadas, aunque en esta ocasión, el agua salía escarchada y los estanques estaban helados. Tal era la temperatura que estábamos soportando cuando nos adentramos en St James Park, uno de mis parques londinenses favoritos junto a Regents Park. Me gusta ese parque porque no es muy amplio y sin embargo posee un lago lleno de patos, de cisnes y de pájaros que sólo veo cuando visito Londres, porque las ardillas corretean a placer y se te acercan y no se intimidan al esconder las bellotas en el suelo mientras las filmas, porque mires adonde mires, siempre hay gente paseando, siempre hay árboles cuyas hojas o colores te sorprenden, porque a lo lejos se ven mi querido Big Ben, la House Guards y la London Eye, y porque al final del paseo, en cada época del año, encuentras miles de flores de colores. 

Cuando atravesamos la House Guards, (qué hermosos caballos negros soportan el peso de la Guardia montada), y caminamos por White Hall primero y por Parliament St después, asomándonos como cualquier turista a Downey St., sonreí mirando al cielo. ¿Ya se ve el Big Ben? Sólo la puntita, detrás de los edificios, pero no es eso. Sigo mirando hacia arriba: Las nubes se han vuelto más compactas y sólo queda algo de resolillo que aún se filtra entre ellas. ¡Podría nevar! Yo no perdía la esperanza. Cuando estuve una vez más, (he perdido la cuenta de las veces que me he quedado ensimismada mirando esa vieja y hermosa Torre del reloj), frente al Big Ben, tuve la misma sensación que se tiene cuando se ve a un viejo amor, a un viejo amante, por el que nunca dejaremos de sentir ese pellizco en el estómago. Sonreí y me pareció que las agujas, en la posición en la que se encontraban, me devolvían la sonrisa. Soy feliz cuando lo miro, por eso, tomo posición en mi esquina favorita, junto a la cabina roja más fotografiada de Londres, y me quedo extasiada frente a él mientras los segundos y los minutos pasan. Pasan. Pasan. ¡Vamos, Isa! 

Regresábamos de Westminster Abbey, (en esta ocasión no entramos), con un agujero en el estómago,  las cuatro de la tarde y sin comer. En la estación de Westminster parecía haber una concentración juvenil. Cientos, si no miles, de jóvenes, la mayoría disfrazados y portando cervezas o botellas de alcohol, corrían de un lado al otro de la estación. Cuando al fin logramos subir al metro, mi cámara de fotos, (nueva, de estas Navidades), había desaparecido. Nerviosas, miramos en mis bolsillos, en mis bolsas, en mi bolso y nada. Nos bajamos en la siguiente parada y nada. Había desaparecido. Me dolían más las fotos perdidas que la cámara en sí, pero las fotos... irrecuperables. Tras el halo de tristeza que nos embargó a las cuatro, mis amigas reaccionaron con más esperanza y entereza que yo: Volvamos a la estación de Westminster. Yo me negué. Era ridículo pensar que podría encontrar la cámara. No, dije, vámonos a comer. Isa, hay un 99,9% de posibilidades de que no encuentres la cámara, pero tenemos que volver a por el porcentaje que falta. Cogimos el siguiente metro y regresamos, tristes, calladas. La multitud se agolpaba en los pasillos, casi no se podía mirar al suelo, sólo se veían pies huidizos. Me acerqué a un policía y le conté lo ocurrido, no me hizo mucho caso. Nos asomamos a la oficina de control de imágenes en la estación y no nos abrieron. ¡Es imposible!, dije rindiéndome. Mientras miraba al suelo encontré un billete de 5 libras. Mi amiga encontró unos guantes. Me acerqué como última tentativa a un empleado del metro y le dije que había perdido mi cámara de fotos. El hombre, orondo y canoso, con cara de pocos amigos, asintió y habló con alguien a través de un walkie . Al cabo de un par de minutos apareció otro empleado del metro, negro, alto. ¿De qué color es su cámara? Negra. ¿De qué marca? Olympus. Sacó una cámara, en su funda negra, del bolsillo y me dijo: Is this your camera? YES!!!!!!  THANK YOU, le dije al empleado orondo, abrazándome de brazos y piernas a él: THANK YOU, THANK YOU, THANK YOU. Not  me, dijo, him, y señaló al negro. 

Y así fue como recuperé mi cámara, y como volvimos a coger el metro creyendo en la providencia, en la suerte divina y en la orejita del colgante de mi abuela, y nos bajamos en Victoria Station para ir a preguntar por el mi musical favorito, Wicked, en el Apollo Victoria, y para comer por allí. Eran ya las cinco de la tarde. El día seguía nublado. Sin amago de nieve. 

 Regresamos a Leicester Sq. en bus desde Victoria, fracasada la intentona de volver a ver Wicked, y nos recorrimos nuevamente cada establecimiento de venta de entrada "low cost". El frío era ya insoportable a esa hora, y no eran más de las seis y poco de la tarde, ¿cómo quedarse en la calle a esas horas en que el termómetro debía rondar los -10ºC? Teníamos que encontrar un musical a un precio razonable para pasar la tarde-noche en un lugar medianamente "calentito". Y lo encontramos. El musical de los Jersey Boys, basado en el grupo musical Four Seasons, del que formó parte Frankie Avallon, que curiosamente fue artista invitado en la película Grease (1978). Subimos por Charing Cross, camino del Prince Edward Theatre en Old Compton St. El cielo se veía amarillo. Encapotado. A la altura del Palace Theatre, donde estaban dando el musical Singing in the rain, comenzaron a caer los primeros copitos de nieve. 

 Está chispeando, dije. Nooooo, ¡está nevando!, me dijeron al unísono mis amigas. Levanté los brazos como queriendo abarcar la fina llovizna de nieve, y grité a la vez que cruzaba: ¡ESTÁ NEVANDO EN LONDRES! Todo el mundo abrió su paraguas. Yo seguí con los brazos, los ojos, y la boca abierta, viendo de nevar por primera vez en mi vida. (La vez de Eurodisney hace unos años no cuenta porque apenas duró unos minutos y no cuajó en el suelo). 

¡DIOS, ESTÁ NEVANDO! ¡Y ESTOY EN LONDRES! ¡ESTÁ NEVANDO EN LONDRES Y YO ESTOY EN LONDRES! ¿Podía ser más feliz en ese momento? Yo creo que no. Nos sonreímos las cuatro y buscamos un lugar para merendar, el Milan Café.  A través del ventanal pude ver cómo Charing Cross, la calle de las librerías,  se cubría de un manto blanco. Estaba deseando terminarme la tarta y el Capuccino, para salir a pisotear la nieve, a mojarme con la nieve, a sentir el frío de los copos sobre mi cara, a vivir con intensidad mi primera vez.




TO BE CONTINUED...

Cierto es que Londres de nieves, Londres de bienes iban a ser dos partes, pero habrá una tercera, un bonus track dedicado a la nieve de aquella noche, (merece una entrada completa, al musical de los Jersey boys,  a cómo Londres amaneció completamente blanco día siguiente y a cómo cancelaron un montón de vuelos y líneas de metro, y cerraron Heathrow. 

Entrada, nuevamente dedicada a mis amigas Patri, Bea y Cris, mis compañeras en este viaje. 

I.M.G. 


miércoles, 29 de febrero de 2012

Londres de nieves, Londres de bienes. Febrero 2012 (1 de 2)

Yo quería ver nevar en Londres. Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Stansted me preocupé de destaponar mis oídos y luego de mirar por la ventanilla, esperando ver el suelo del aeropuerto cubierto por un manto blanco. Pero no. Era de noche y un frío helado, bajo cero, nos hizo bajar corriendo las escaleras del avión para refugiarnos en los pasillos del aeropuerto. Una vez en las colas del control de pasaportes, pudimos medio entrar en calor. Pues ya que hace este frío, que nieve, decía yo. Tú no sabes el frío que hace cuando está a punto de nevar. Me encogí de hombros. Yo quiero ver nevar en Londres, insistí. Qué perra te ha cogido con eso. Sacamos los billetes de tren, (Stansted Exprés),  y en media hora llegamos a Liverpool Station. Nada más salir de la estación para coger el taxi que nos llevaría al Montana Hotel, (soy asidua de este hotel en South Kensington, cerquita del Museo de Historia Natural), miré al cielo. Ni una nube. Miré al suelo. Ni una mota de nieve. Pues ya que hace tanto frío... Qué pesada. 

Amaneció la mañana del 3 de Febrero sin una sola nube en el cielo. Un sol espléndido se colaba por los ventanales de nuestra habitación. No, Isa, no va a nevar, me dijeron al unísono mis tres compañeras de viaje. Camino de Leicester Sq, (parada obligada para los amantes de los musicales que quieran conseguir entradas low cost), recordé las palabras del biógrafo Peter Ackroyd: la capital británica posee la forma de un joven con los brazos abiertos en un gesto de liberación... fresco y recién despierto. 
El sol cegaba nuestros ojos durante el paseo por Charing Cross, Trafalgar Sq y el Strand (Recuerdo que mi paseo por el Strand fue el arranque de mi apasionamiento por Londres, escribió Henry James), camino de Somerset, donde íbamos a ver una exposición de cuadros de Van Gogh y Manet, entre otros, y el frío nos hacía saltar las lágrimas. ¿Cómo podía hacer tanto frío y no nevar? Dos nubecillas cruzaban el cielo. Se burlaban de mis deseos. La exposición fue una maravilla, by the way. Proseguimos camino por la City, frente al Palacio de Justicia, le hicimos la justa reverencia al Dragón, alzamos la vista hacia la cúpula de St. Paul, visitamos la tumba del capitán Smith, (el de Pocahontas), en St. Mary Le Bow y tras hartarnos de ver hombres enchaquetados, (algunos visten el traje que da gusto fotografiarlos), nos dirigimos al mercado de Lidenhall. Una maravilla. Cuando el hambre devoraba nuestras entrañas, andábamos muy cerca de la Torre de Londres y el Sol seguía guiñándonos desde el otro lado del Thames. 

Con la tripa llena, y camino de la Tower Bridge, (incontables las veces que he estado frente a ella), y tras el saludo al Beefeater de la puerta de The Tower, recordé el dictum más famoso que se ha escrito sobre la capital británica, y que pertenece a Samuel Johnson: Cuando un hombre se harta de Londres es que está harto de la vida, pues en Londres se encuentra todo cuanto la vida puede proporcionar. Londres todo lo contiene y todo lo encierra. (Como podréis comprobar, apenas había una nube en el cielo. De nieve, pues, nada de nada. El helor se nos colaba dentro, a pesar de las capas de ropa térmica, de los gorros, guantes y orejeras). Un paseo por Southbank y su catedral gótica, una visita al Globe de Shakespeare, un saludo a la Tate Modern, un cruzar el Millenium Bridge, y junto a St. Paul cogimos el 15 para desplazarnos hacia una de las zonas de comercio más caros de la ciudad: New Bond St. Nuestra meta, si había alguna aquella tarde era compramos una caja turquesa en Tiffany´s. ¿Y la joya? Bueno, hay que empezar por algo, ¿no? Llegamos a Tiffany´s, donde convergen New Bond St. con Old Bond St. y Tiffany´s estaba ya cerrado. Nos hicimos una foto emulando a la Holly Golightly de Truman Capote, o más bien, a Audrey Hepburn en la película, pero no queráis verla, sólo se parece en las letras del establecimiento. Un paseo por Burlington Arcade hacia Picadilly, es obligatorio y luego, la merienda estrella en el Café Nero: Tarta de queso de tres chocolates, trufa y galleta con Café capuchino macchiatto y un buen chorreón de caramelo y canela, con un toque de vainilla en polvo, mmmm. (Es un capricho que tengo siempre que vuelvo a Londres, sea la época del año que sea). 
Durante el paseo hasta Picadilly Circus, nos encontramos con algún caricaturista, y no pude evitar acodarme de lo que Leandro Fernández de Moratín contaba sobre ellos en su libro Apuntaciones sueltas de Inglaterra: Las caricaturas inglesas son muy divertidas, hay tiendas en Londres que pueden lalmarse almacenes de ellas, tal es su abundancia. 
Es noche cerrada y apenas son las siete y media de la tarde. Ni rastro de nubes. Se divisa alguna estrella suelta entre las luces de neón, muy arriba, donde la vista apenas llega. No conseguimos entrada low cost para ningún musical, el precio mínimo estaba en 68 libras, y lo dejamos para el sábado, a ver si había suerte, pero tan cerca del teatro Prince of Wales en Coventry St, y con frío de bajo cero, ¿cómo no acercarnos en el momento en que todos entraban, a probar suerte? Podría llamárseme loca, o ilusa, pero aún así, había que intentarlo, ¿y si quedaban butacas vacías y las dejaban a un precio ínfimo de última hora?. La jugada nos salió infinitamente mejor de lo que podría esperarse. Cuando nos dábamos por vencidas, aparecieron cuatro entradas, en el patio de butacas, a apenas 7 filas del escenario, (podíamos ver el paladar o la campanilla de los actores cuando bostezaban en el proscenio), por 34 libras cada una. 

El musical: MAMMA MÍA. (De acuerdo que lo he visto ya dos veces anteriormente, pero fue en español, en Madrid y Málaga, y déjenme decirles, que no es lo mismo oír las canciones de Abba, (por muy bien versionadas  que estén), en inglés que en español). Terminamos la noche bailando y cantando con el resto del público Waterloo a todo pulmón. Oh, cuánto disfrutamos la noche, (soy una auténtica fan de Abba, de esas que tienen todos sus discos y se saben todas las letras, y tienen vídeos y conciertos, y se queja de no haber podido disfrutar de un concierto suyo en directo), que no acabó en el teatro, no, terminó como siempre, en Picadilly, Shafestbury, Regent St... y toda esa zona que tiene un encanto nocturno especial, aunque esté abarrotado de gente. Cuando cerramos las cortinas de la habitación, la Luna no tenía cerco. Me quedé dormida enumerando los musicales que he visto en Londres: Wicked, Hairspray, Legally Blonde, Ghost, Grease, Mamma Mía, 80th Anniversay Theater Apollo... y de repente, soñando con la nieve hasta el amanecer. Cuando sonó el despertador, sobre las 7:30, el sol se colaba entre las cortinas, el día amaneció absolutamente despejado, pero el frío era aún más intenso que el día anterior. ¿Era eso posible?

To be continued... 



Entrada dedicada a Patri, Bea y Cris. 
I.M.G.



domingo, 3 de julio de 2011

Londres (24-27 de Junio) 2ª parte - (Musicales)

Soy aficionada a los musicales, ya lo he dicho, y soy fan del musical Wicked, también lo he contado, pero no he contado, probablemente, que el sábado, antes de ir al centro de exposiciones Proud Chelse, en King´s Road, a ver la exposición de fotos de Audrey Hepburn, volví, como hago cada vez que vuelvo a Londres, al teatro Apollo Victoria. Era mediodía, no había función aún, ni había llegado nadie, sólo las taquillas abiertas y cómo no, la tienda de merchandising. Es cierto que tengo todo lo habido y por haber de este musical, pero siempre queda algo, siempre hay algo nuevo, por eso vuelvo. Tuve la suerte de ver el musical interpretado por la gran Kerry Ellis, (teneis que oir versión rockera de Defying Gravity y de su I´m not that girl, con el guitarrista de Queen... una absoluta pasada). La última vez que estuve en este teatro fue cuando estuve en la celebración de su 80 aniversario, hace apenas unos meses y pude disfrutar de la actuación de varios musicales condensados en un gran musical especial, con todos los grandes sobre el escenario y a la salida... el gran Oliver Tompsett, (mi Fiyero de Wicked del 2009), se prestó a hacerse unas fotos con nosotras. ¡Dios, qué emoción! Es guapísimo, altísimo, simpatiquísimo y todo lo acabado en ísimo que os podais imaginar, y todo bueno, claro. Esta vez no andaba por allí.


Dejo el musical de Wicked, (insisto en que debeis oir su B.S.O. porque es la mejor, a mi parecer, de todas las bandas sonoras de musicales. Qué grande Idina Menzel y qué grande Christine Chenoweth, (a las que pudeis ver en la primera temporada de Glee, como artistas invitadas, y a Christine también en la segunda, si sois seguidores de la serie). A lo que vamos, me quedé en el musical de Ghost. Así que sigo donde lo dejé:



Cuando la película Ghost se estrenó, en los noventa, fui a verla al cine con unas amigas. Creo que fui la única a la que le encantó la película. Me consta que la historia gustó a todas, pero el final... para unas románticas como éramos las chiquillas de entonces, pues nos dejó algo frías, aunque así es la realidad cuando estas cosas ocurren, ¿cierto? Fría como un témpano de hielo, si se me permite la manida expresión. Patrick Swayze, (D.E.P.), Demi Moore y Whoopy Goldberg hicieron un trabajo magnífico e hicieron de esta película, un clásico que aún hoy nos sigue emocionando, (al menos a mí, que aún se me ponene los vellos de punta cuando Sam le dice a Molly: No sabes cuánto amor me llevo...).



El caso es que el año pasado, antes aún de saber que Matthew Fox, (Jack, mi gran amor de LOST, que aún anda en carteles londinenses repartidos por toda la ciudad), interpretaría un papel en un teatro del West End durante 3 meses, supimos que Ghost sería llevada al teatro en formato musical. Ya entonces supe que iría a Londres a verlo. Seguí un poco los castings y Oliver Tompsett (mi Fiyero), tenía todos los papeles de obtener el papel protagonista, sin embargo finalmente se lo llevó Richard Fleeshman, quien trabajó con Elton John siendo muy jovencito y al que ya pude ver interpretando el papel de Warren en Legally Blonde. Si quereis saber más del musical, os dejo la página web: http://www.ghostthemusical.com/. El caso es que el viernes 24 fue el estreno y el sábado 25, el primer sábado de estreno, y por lo tanto el sábado más importante para el musical, y allí estábamos nosotras, (gracias a la chica inglesa que ceceaba), y todos los que también tuvieron la suerte de conseguir entradas para este día.



No se permiten hacer fotos ni grabar videos en los musicales, por lo que no puedo dejar aquí ninguna muestra de lo que disfruté aquellas horas en el teatro Picadilly, donde el año pasado vi Grease. Me pareció una puesta en escena fantástica. Unas actuaciones excepcionales. Un decorado increíble y unos efectos especiales fabulosos. No sé si usar grados superlativos para todo, porque es lo que me sale al recordarlo. La canciones del musical están compuestas por Dave Stewart de Eurythmics y he de decir que ha compuesto una gran banda sonora, que aún no está a la venta, pero que estará disponible en apenas un mes. Os la recomiendo absolutamente, tanto como venir al teatro a ver el musical, que sigue fielmente el guión de la película original. Del merchandising me traje una camiseta en la que podía leerse la palabra Ditto (Idem).


Me gusta saludar a los actores cuando termino de ver una obra de teatro o un musical, y a los músicos, si acudo a un concierto, por lo que nos acercamos al backstage a darle la enhorabuena a los actores. Saludamos a Andrew Langtree, en primer lugar, que hace el papel del traicionero amigo y malvado Carl. Andrew trabajó antes en Mamma Mía. Es más bajito de lo que parece en escena. ES un actor fantástico, al que no había tenido ocasión de conocer antes. Después saludamos a la famosa Sharon D. Clarke, que también actuó en el musical Hairspray (muy recomendable y divertido, aunque ya no lo están dando en Londres). Richard Fleeshman no se hizo esperar demasiado. Salió con su enorme sonrisa blanca y sus músculos al aire, con una minúscula camiseta y un corte de pelo que le favorecía más que el que lucía en Legally Blonde. Estuvo simpatiquísimo y muy cariñoso. ES un dulce de chico. La última en salir fue Caissie Levy, que también trabajó en Wicked y en Hairspray. Una chica dulcísima con una voz espectacular. El papel protagónico de Molly le quedaba con un guante. Me convenció absolutamente de que las comparaciones son odiosas y que no era comparable a Demi, si no, que una fue la reina de la pantalla en su película, y ella en su teatro. Encantadores todos. Un aplauso, por favor.



La noche de sábado londinense hay que vivirla en los alrededores de Picadilly, Shafestbury, Leicester Sq, Soho, etc. Ahí es donde se concentra una gran masa de viandantes, de gente que espera para entrar en locales nocturnos, de turistas, y de gente que va de marcha pero hace una primera parada por allí, también estamos todos los que salimos de los musicales del West End. Para un turista, quiera ejercer de ello o no cuando estoy fuera de España, lo soy, ver desfilar la moda autóctona londinense es para sentarse en una esquina y no parar de hacer fotos y hacer un catálogo de moda hortera para guardar y visionar, por si algún día llegara a España, decir ellos lo fueron primero y que nosotros simplemente nos dejamos llevar, como ocurre con la globalización, que todos se dejan llevar y al final todos son iguales. Algo parecido. Aquí ocurre como en el teatro, no hice fotos, todo lo guardé en mis pupilas, en mis retinas, y en todo el globo ocular, si se me permite la exageración. Sin duda, aún no estamos preparados en este país para que este tipo de moda nos pase desapercibido o la tomemos como algo normal. NO es por ser criticona, ni lengüetona, pero... mi boca parecía la del cangrejo Sebastián en la Sirenita, como si mi mandíbula se descolgara con cada modelito que aparecía delante de mí. El centro de Londres era una auténtica pasarela de moda hortera nocturna, pero por otra parte, mi admiración para con ella, pues a nadie le importa lo que piensa nadie y todo el mundo va a su bola. Y ese tipo de libertad, que de algún modo lo es, sin duda es de admirar.



Como no soy asidua a locales nocturnos, ni a discotecas, ni iba vestida para la ocasión, (aunque según lo que acabo de contaros, podría pasar hasta desapercibida con mi pinta de excursionista en una discoteca de moda), según mi criterio malagueño, pues nos dedicamos a "tiendear". Hasta las doce de la noche, puedes hacerlo sin problema, en el centro. No os perdais HMV, (que tiene salida a Trocadero), si os gusta la música y el cine, suele haber ofertas increíbles. Yo peco siempre. Y cómo no, los paseos, los paseos por Londres, de día o de noche... qué delicia... cuántos personajes para libros, cuántos relatos se escriben en sus calles, bajo sus farolas, junto a sus monumentos, en las esquinas de sus librerías, en los puentes que cruzan el Támesis... en el metro...



Volvimos tarde al hotel. El hotel garantiza el sueño. Dormimos formidablemente. Hasta las ocho, hora en que sonó el despertador anunciando el gran día, Domingo 26 de junio, día del concierto de GLEE en el O2 Arena. Pero eso ya os lo cuento otro día.




Continuará...






I.M.G.







lunes, 27 de junio de 2011

Londres (24 - 27 Junio 2011) 1ª Parte

El avión salió el viernes 24 de Junio a media tarde. Un sol rojo se ocultó en el horizonte, en algún punto entre Francia e Inglaterra. Al oeste, sobre el océano. A great ball of fire.


En el aeropuerto de Stansted era otoño. La temperatura rondaba los 10 grados. Hay varias formas de llegar a Londres, escogimos la más cómoda: el Stansted Expréss. Este tren que une el aeropuerto de bajo coste con la capital en apenas 40 minutos, ha sido renovado. Ahora es más amplio, de colores más cálidos y discretos, de una comodidad superior y por los altavoces no suena sólo el idioma inglés, ahora también se oyen las indicaciones en francés, español e italiano. Mi ciudad favorita y su infraestructura están inmersos en un lavado de cara para el 2012.


Llegar a Liverpool St. a esas horas de la noche, (una hora menos que en España), en que el metro de fin de semana es un hervidero de gente de todas las razas, tamaños, creencias y edades puede ocasionarte algún retraso a la hora de llegar a tu destino. Recargar la tarjeta Oyster en un cajero es de lo más cómodo y sencillo, atrás quedaron los billetes de un día, o de dos o de tres, cuando descubres la Oyster no quieres saber de otro tipo de billete. La mía tiene un par de años, y no se pierde uno sólo de mis viajes a la capital del Reino Unido. Hammersmith es una de las pocas zonas que no he visitado con anterioridad y el único incidente del viaje ocurrió cuando nos subimos al metro para hacer transbordo y dirigirnos hacia allí. La línea se acabó en Aldgate. Era la 1 de la madrugada. Salir a la calle a esas horas, en el barrio de Whitechapel, cargada con la maleta, vestida de verano cuando arrecian 10 grados y la lluvia te salpica los ojos y te moja el pelo, es descarado. Tratar de encontrar el metro de Aldgate East en esas condiciones es complicado. La mejor decisión en esos momentos es llamar a un taxi. Y eso hicimos. Su conductor, un inglés de edad parecida a la nuestra y cuyo inquietud en la vida debía ser la de ser guía turístico, nos preguntó adónde nos dirigíamos y aceptó llevarnos.



¿Os habéis subido alguna vez a un taxi londinense? No era mi primera vez y a la vez sí que lo era. La primera vez que me subí a un taxi fue en Alton, cuando me dirigía a la casa de Jane Austen en Chawton. Era una especie de monovolumen como cualquiera de los de aquí y de color blanco, la única salvedad era el volante al otro lado. La segunda vez que me subí en un taxi en Inglaterra, fue en Bath, de la estación de tren al hotel, muy cerquita de donde Jane Austen vivió, en Sydney Place. El taxi era un Peugeot como tantos otros que conocemos, pero, obviamente, con su volantito en el otro lado. Esta vez, en Londres, por primera vez, nos subimos a un taxi de los que yo llamo "ingleses de verdad", de esos que parecen un bombín con ruedas. Es amplísimo por dentro. El conductor, llamémoslo James, nos puso la calefacción, nos dijo que el trayecto era un "long-long-way" y cuántas libras nos iba a costar. Aceptamos gustosas recorrer la noche londinense en el taxi de ese chico tan amable. Preguntó si era nuestra primera visita a Londres, cuando yo iba a contestar que era mi SEXTA, mi amiga me dijo que no le quitara la ilusión, así que le dije que sí, que era la primera vez. El muchacho se explayó entonces en presentarme SU ciudad: Whitechapel, The Strand, Trafalgar Sq, Westminster, Waterloo Bridge, (donde hablamos de la película de Vivien Leigh y Robert Taylor), Charing Cross donde dijo: books, books, books, books, (y yo me mordí la lengua para no contarle que me he recorrido todas sus librerías y me he comprado bastantes libros allí), Buckingham Palace, (no le conté que adoro pasear por St. James Park, que he visto en las inmediaciones a Camilla o al Príncipe Andrés), Victoria, King´s Road, el hotel donde se alojan las estrellas, Gloucester Road, Royal Albert Hall, etc, etc, etc, hasta llegar a nuestra zona, donde antes de bajarnos nos mostró en su navegador táctil dónde encontraríamos la parada de metro Ravenscourt y nos dijo que tuviésemos cuidado, no nos fiáramos de nadie, que no nos moviésemos en taxi porque era muy caro, si no en metro o en bus. (Extraña manera de pensar en un taxista).


Lo vimos alejarse y yo me quedé con las ganas de saber su nombre verdadero. Habíamos compartido una larga conversación que abarcó música, libros, artistas, conciertos, y Londres, Londres, Londres. Un tipo para no olvidarse de él. Y una recomendación: al menos, una vez, cuando vayais a Londres, coged un taxi, pero de los negros, de los que no tienen siquiera propaganda, aaaaah, qué delicia recorrer la ciudad en uno de ellos.


En el hotel, nos recibió un hindú llamado RK, que nos aseguró que en su hotel, el sueño está garantizado y que si no logras dormir o duermes mal, tienen asistencia de 24h y puedes llamarlo en mitad de la noche para quejarte si quieres y si al final de tu estancia dices que no has dormido bien, te devuelven el dinero. No sólo lo dijo de palabra, cuando llegamos a nuestra habitación, una propaganda del hotel lo ponía bien claro: asistencia 24h, aseguramos el sueño. Garantizado. Desde luego, desde que apagamos la luz hasta que sonó el despertador, dormimos profundamente, eso sí, la única queja es que en Junio en Londres amanece temprano y el sol se colaba entre las cortinas y parecía que quería que nos levantásemos con él, pero nos dábamos la vuelta y seguíamos durmiendo un rato más, sólo un rato más, con otra almohada tapándonos los ojos.


El desayuno era continental, y desayuné lo mismo los tres días: todo exquisito, el trato, y el desayuno. El segundo día nos ofrecieron porridge, algo así como gachas, pero no las probé, estaba segura de que no iban a gustarme. La chica insistió en que las probáramos. Pareció desilusionada cuando tuvo que llevarse el plato lleno.


Este no ha sido un viaje de ver calles, iglesias, museos, exposiciones, ni nada de eso, ha sido un fin de semana de ocio, de anécdotas, de paseos, de risas, musicales, mercadillos y conciertos, por lo que describir aquí Londres no tiene sentido, y no tiene sentido sobre todo por tratarse de mí y de Londres y de la magnífica relación que tengo con él, es tanto lo que me llena y atrae esta ciudad que necesitaria varios blogs para hablar de cada uno de sus rincones y de las anécdotas que he vivido allí a lo largo de las visitas que he ido haciendo a esta fantástica ciudad.


A veces creo que la conozco mejor que mi Málaga natal. Nuestra relación sigue en esa fase mágica del enamoramiento. Y no me quiero despertar. Y no lo haré.

Si vais a visitar Londres por primera vez, haceros de una guía y haced caso de las recomendaciones, a partir de la segunda vez, dejad que la ciudad os lleve de la mano, es así como se conoce Londres. Yo siempre me dejo llevar.


Empezar el día en Leicester Square es todo un clásico para mí. Viajamos en metro desde Ravenscourt. En la salida de Charing Crossss descubrimos que han cerrado nuestra tienda favorita para comprar entradas baratas de musicales y que pronto abrirán un casino allí. Un minuto de silencio. Nos aventuramos a recorrernos dos o tres establecimientos que solemos recorrer otras veces, aunque no estuviera el chico tan majo que trabajaba en el establecimiento ya histórico. La idea era ver Ghost, pero era tarea ardua y difícil ya que el musical de Ghost se estrenó en Londres justo el día de antes, el viernes 24. Conseguir entradas para un sábado de estreno es prácticamente imposible. Pero... ¿quién le teme a la imposibilidad? ¿quién se deja vencer por ella? Yo no. Preguntamos en varios sitios y en todos encontramos la misma respuesta: SOLD OUT. Empezamos a contemplar otras posibilidades:


1. Wicked (Fue mi primer musical, y mi musical favorito y fetiche, (creo que tengo todo el merchandising habido y por haber), que espero volver a ver algún día en New York City). Qué pasada haber podido ver a Kerry Ellis y Oliver Tompsett en escena, juntos... y la B.S.O. con Idina Menzel y Christine Chenoweth... es una de mis bandas sonoras favoritas, tal vez la que más, con perdón de Grease.


2. Hairspray (También lo vi en su día y me encantó, pero ya no lo estaban dando, si no, tal vez habríamos repetido).


3. Grease (Otro musical que me encantó cuando lo vi y de cuyo protagonista me enamoré). La película es insuperable, pero el musical es digno de ver. Se disfruta muchísimo, pero este tampoco lo están dando ya.


4. Legally Blonde (Este musical lo vi el año pasado en el SAVOY, y es muy divertido. Curiosamente el que era protagonista del mismo es ahora protagonista de Ghost)


5. MAMMA MÍA (Soy fan absoluta de Abba y he visto este musical 2 veces en español, contemplamos la posibilidad de verlo y tenía todos los puntos).


6. Jersey Boys (Bueno, los vimos el año pasado en el especial de 80 aniversario del Teatro Apollo Victoria y son unos chicos que cantan genial).


7. Priscilla Reina del desierto (También los vimos en el especial del Apollo)


.... y así, contemplamos el resto de posibilidades: Billy Elliot, El Rey León, Thriller live, Oliver (con nuestra querida Kerry Ellis, (ella e Idina Menzel son las mejores Elphabas que podría haber en Wicked), Los Miserables, El fantasma de la Ópera, El mago de Oz....etc etc etc


El caso es que a pesar de tanta oferta y de no importarnos repetir, queríamos ir al estreno de Ghost y... ¿quién dijo imposible? Lo conseguimos finalmente, ¿acaso había duda? Una inglesa que ceceaba, (nunca antes había oído a un inglés ceceando), nos vendió unas entradas para esa misma tarde en Balcony, en el Upper Circle, con una visibilidad bastante buena. Y así emprendimos nuestro paseo matinal, felices y con las entradas, (de unas 42 libras c/u), guardadas en el bolso.


Pasamos por National Portrait (donde en la colección permanente podeis ver el único retrato de Jane Austen hecho por su hermana Cassandra), seguimos por Trafalgar Sq, el Strand, Charing Cross Station y salimos hacia Embankment hacia el Victoria Park, por la parte de detrás del Savoy y caminamos hacia The Temple, con parada en el monumento dedicado a Cleopatra. Atravesamos The Thames por el Puente de Waterloo, donde las nubes y el viento se nos echaban encima y me asomé en el mismo punto donde lo hace Robert Taylor en la película The Waterloo Bridge, y rememoré las mejores escenas de Vivien Leigh en la película. Fantástica. Extraordinaria. Mi Viv... Tras cruzar el puente fuimos por Queen´s Walk hasta el puente de Westminster, todo ese camino era como una feria, con carroussel incluido, una playa artificial, casetas de bañistas de colores, artistas callejeros, etc.


Al fin llegamos a mi monumento favorito: El Big Ben. Lo saludé cortésmente, primero, a la inglesa, y luego como se saluda a un viejo amigo, y le dije: ya te dije que volvería. Lo hago siempre. Siempre me despido con un Volveré. Y siempre vuelvo. Y él me guiña con un redoble de campanas y yo le guiño y le lanzo un beso. Somos uña y carne el viejo Ben y yo. Amantes.


Un sábado a mediodía, tanto si conoces Londres como no, hay que ir a un mercadillo. Tenemos Portobello Road, tenemos Covent Garden y su Jubilee Market. Y tenemos Candem Town y sus Candem Market. ¿Qué elegir cuando los conoces todos? Obviamente: CANDEM. Es una auténtica y absoluta pasada. Cuando sales del metro pareces estar en otro mundo, en uno más alternativo, más de cuero, de pelos de colores, de botas insufribles, de tacones de espanto, de tatuajes demoniacos, de artilugios, camisetas, bolsos, fantasía, rebeldía, y todo lo que esperas o ansias encontrar en un mercadillo de verdad. Además, el río hace su presencia en la zona, como un Little Venice, y sin duda si vas a Candem hay que recorrerlo entero, se puede tardar más de 4 horas si lo ves a conciencia, si sólo paseas, puedes echar dos, porque es imposible pasear sin pararte en algún cuadro, algún vestido, alguna extravagancia, algún olor, o color.... y hay que llegar hasta los antiguos establos e incluso asomarte al Proud Candem, donde hay exposiciones. Yo pillé una de Paul Newman una vez. Fantástica. Allí se puede comer al aire libre. Como el día había mejorado sobremanera y ahora tornaba prácticamente primaveal, pues una creperie y un comer al aire libre mientras observas a los artistas y a los transeúntes no me lo quitó nadie. Eso sí, ya iba cargada de bolsas. No comprar en Candem debe ser pecado.


La siguiente parada iba a ser la exposición de fotos de Audrey Hepburn en King´s Road, por lo que cogimos un metro hacia Sloane Square. Siempre me trae buenos recuerdos esa parada y esa zona. Vivien Leigh debía pasar por allí a menudo, ya que Eaton Square, una de las casas donde vivió y que no vendió nunca, ni siquiera cuando se divorció de Lawrence Olivier, está apenas a 200 metros de allí. Caminamos por King´s Road, haciendo parada en un Starbucks para tomar un Caramel Macchiatto, y llegamos a la galería Proud, ON TIME. La exposición de fotografías abarcaba varios años de la carrera de Audrey Hepburn, y la mayoría eran de los rodajes de películas como Sabrina, Desayuno con Diamantes, Vacaciones en Roma, etc. Preciosas. Mereció la pena ir. Era gratuita, pero habría pagado por verla. Justo enfrente de la galería cogimos un Double - Decker, (autobús rojo de dos plantas), el 22, con destino a Picadilly Circus. Un paseo en bus, en la parte de arriba, en primera fila, con vistas panorámicas, no me lo pierdo nunca, es como un recorrido turístico, si cogeis el 15 os asegurais desde luego, el mejor de los paseos y las mejores vistas de los monumentos más emblemáticos de Londres.


Una vez en Picadilly, y tras un breve paseo por la zona, nos dirigmos al teatro. En Londres, las sesiones de teatro son a las tres de la tarde o a las siete. No hay más. Eran las siete. Nos fuimos al teatro Picadilly, donde vimos Grease el año pasado, a ver el estreno de Ghost.







Continuará...










I.M.G.