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viernes, 7 de enero de 2011

Una mañana de Enero, después de Navidad.

El ruido de los coches es soportable a esta hora de la mañana. Un niño unido por una cuerda a un coche de bomberos con la escalera desplegada cruza la calzada sin mirar a uno u otro lado, pero el tráfico se detiene. Lleva camiseta azul, pañuelo anudado al cuello, pantalón corto y sombrero de marinero. Parece haber huido de alguna postal coloreada de los cincuenta. Sonríe a su abuela que lo espera con los brazos en jarra tras la última raya blanca del paso de cebra. Me huele a regañina, pero cuando miro hacia atrás y el tráfico vuelve a rodar, el niño y la abuela se abrazan y sus sonrisas me muestran sus mellas.

El ventanal del segundo piso, donde cuelga un muñeco de Papá Noel que simula entrar, se abre. El aire es primaveral a pesar de Enero. Un muchacho se asoma. Viste traje oscuro. Se arregla la corbata observando las nubes. Fija su mirada en el autobús que acaba de estacionar en la parada. Suben varias personas. Varias personas bajan. El autobús vuelve a retomar la marcha por su carril. El intermitente naranja parpadea una y otra vez mientras se incorpora. El muchacho se santigua y cierra el ventanal con una fuerza que hace retumbar los cristales. El muñeco de Papá Noel cae al vacío.




Una Señora toma asiento junto a otra en el Circular 1. Aparentan la misma edad. Dos personas que comparten generación siempre tienen algo de qué hablar. Comienza una charla ñoña. La Señora, cuyo pelo blanco alcanza sus hombros y su falda sus tobillos, levanta la voz y menciona los tiempos en que Fraga Iribarne se hacía oír. El resto de los pasajeros del autobús se acomoda en su asiento y desvía la mirada hacia el exterior. La Señora arremete contra la juventud de hoy día. Arremete contra los cristianos que presumen de su fe y huyen de sus iglesias. Despotrica contra los colegios españoles que cierran sus puertas el día de la Cabalgata y el de Reyes. Los pasajeros devuelven la vista hacia el interior del autobús, la dirigen hacia la Señora. Esta grita en nombre de la educación que no hay derecho a que los niños tengan tantas vacaciones y tantos días de fiesta: <<¡Yo he sido maestra, sí, yo, durante muchos años y es una vergüenza, una vergüenza, que los niños tengan todo el verano, la semana santa, la blanca, los puentes, la Navidad y hasta el día de Reyes para hacer sus gamberradas. Así vamos, los últimos de Europa. Los niños europeos ya están en clase, y los españoles en la calle. Es una vergüenza. Y yo he sido maestra, sí, lo he sido, y siempre abogué por no tener más de una semana de vacaciones al año. Así es como se aprende, así es como se enseña. Mientras esto no sea así, jamás saldrá España de su miseria. Por eso los niños y los jóvenes de hoy día son unos incultos, unos maleducados, unos indeseables. Unos miserables!>> El autobús se amotina. Y suenan los timbres y los pasajeros, en silencio, la invitan a bajar en la siguiente parada. La Señora se baja, no sin antes gritar: <<¡Qué vergüenza! ¡Maleducados!>> El autobús se aleja. La Señora que ocupaba el asiento de al lado se adolece de los oídos. Se disculpa diciendo que de nada conocía a aquella loca y luego dice que es una pena llegar a ese estado. Tan sola, dice.


Un cuerpecillo adolescente sobresale de uno de los contenedores de basura de la esquina. Lleva calzoncillos celestes, hasta la cintura. Los pantalones se le caen. No lleva cinturón. Le asoman tres lunares formando un triángulo isósceles en la base de la columna. Alguien le dijo alguna vez que eso traía suerte. Él busca esa suerte entre papeles de regalos rotos del día de Reyes. Con una mano se tapa la nariz, con la otra rebusca. Con uno de los pies se empina. Con el otro trata de buscar apoyo para no caer dentro del contenedor. Ha encontrado una locomotora. Se escapa del contenedor, respira y levanta la locomotora en alto. La observa. Sus ojos son celestes. Aprieta con el dedo índice el botón donde pone On. Sus uñas están sucias. La locomotora tose. Las ruedas comienzan a girar. Silban. El adolescente sonríe y la deja en el suelo. La observa marcharse calle abajo. Cuando su vista la pierde, vuelve al contenedor. Introduce medio cuerpo. Vuelve a dejar al descubierto su triángulo isósceles de la suerte. Una hoja de lechuga lamiosa se le pega en la cara. Se la quita con la mano que rebusca en las bolsas. Al fin encuentra una bolsa cerrada con doble nudo, la saca. Se sienta en el bordillo y encuentra su fortuna: Unos mendrugos de pan no demasiado duros. Mientras los roe con ansia, un niño cae de su patineta y se hiere la rodilla. Llora. Una niña le arranca los pelos a su Barbie Sirena. Su madre la obliga a lanzarla al contenedor. La niña llora desconsolada. Alguien tose y deja caer unas monedas al suelo. El adolescente sigue comiendo. La locomotora silba a lo lejos.


Una treintañera se revuelve el pelo a lo garÇon frente a su ordenador. En 10 minutos se cerrará la puja. Ha estado dos semanas observando la pantalla. Es mi regalo de Navidad, piensa mientras puja. Es mi regalo de Reyes, se justifica mientras puja por quinta vez. Aún faltan dos días y su puja es la última. Nadie puede superarla. La subasta parece abandonada. Cree que sus ojos son los únicos que están atentos a los euros marcados en cada prenda. Necesita esa pulsera. Necesita ese cinturón. Se asoma a la ventana a tomar el aire. Un niño tira de una cuerda atada a un camioncito de bomberos. Cruza la calle. El tráfico se detiene. La treintañera vuelve la vista hacia el ordenador. 43€. Lleva una semana parado en los 43. Ella hizo esa puja. Sonríe. Se vuelve a mirar por la ventana. Un muñeco de Papá Noel se ha estrellado en la acera. Un perro lo olfatea, levanta la pata y se hace pis en sus barbas. La treintañera se lleva las manos a la boca. Desea salvar al viejo de rojo. Se pone la chaqueta y se dispone a bajar. Alguien, al otro lado de la pantalla ha pujado. 48€. Suelta la chaqueta sobre la cama, vuelve a la silla y marca 53€. Piensa que ahora sí es insuperable. Faltan 7 minutos para el final de la puja. 58€. Se enfurece, le grita al ordenador. Marca 63€ mientras mira el saldo de su cuenta en otra pantalla. Quedan 5 minutos. Se vuelve a asomar la ventana. El aire de la habitación se ha vuelto asfixiante. Una mujer de pelo blanco se baja del autobús. Grita a todo el que pasa: <>. Enciende un pitillo y vuelve al ordenador. 68€. No se lo puede creer. Aprieta el pitillo contra el cenicero que compró en Moscú. Sus dedos corren más que su razón. Ahora se trata de ganar. Marca 73€. Sólo queda 1 minuto. La pulsera es suya, piensa mientras oye sus propios latidos. Entonces alguien puja por el cinturón. Estaba en 20 y pasa a 25€. Ella ya no quiere el cinturón, pero puja: 30€. Faltan sólo 50 segundos. Se desabrocha el vestido, también el sujetador. Respira. Unas gotas de sudor se le arremolinan en la frente. Le pican los ojos. Pestañea varias veces. 78€ marca alguien en algún lugar del mundo, conectado a esa misma página, resuelto a obtener el mismo tesoro que ella ansía. Quedan 20 segundos. Se asoma a la ventana de nuevo, sólo a respirar un segundo, mientras toma la decisión final. Un adolescente le da un bocado a un mendrugo de pan mientras una niña lanza su Barbie calva al contenedor. La treinteañera rebusca en sus bolsillos y le lanza unas monedas al chico. El adolescente sigue saboreando su mendrugo de pan. La treinteañera vuelve al ordenador. Mira la pantalla. Cinco segundos. Cierra los ojos y toma una decisión.



I.M.G.























































miércoles, 29 de diciembre de 2010

Esa, esta, aquella NAVIDAD



Comentábamos esta mañana, durante el desayuno, poco más de 5 personas de generaciones parecidas cómo vivíamos la Navidad de niños y cómo las vivimos ahora. Qué cosas perdimos y cuáles ganamos en el camino durante este mes navideño y festivo. Si la Navidad es siempre la misma, ¿por qué cambia de un año para otro? La respuesta es simple y conocida por todos: quienes cambiamos somos nosotros y con nosotros, nuestras costumbres y con ellas... pues todo eso que estais pensando. No cuento nada nuevo.


Procedo a hacer varios viajes en el tiempo y observo algún que otro momento:


El día ha amanecido luminoso, sólo un par de nubes cruzan el cielo, por encima de El Corte Inglés de Málaga. Llevo tiempo observando el cielo, esperando que un helicóptero lo cruce. Mis padres dicen que los Reyes han enviado a un Cartero Real y estamos esperándolo, junto a una explanada, rodeados de muchos niños que han venido con sus padres, sus tíos, sus abuelos... Mis hermanas son pequeñas aún y no sé si se enteran. Mi hermano viene de camino. Mi madre tiene la barriga bien gorda. El ruido llega antes que el helicóptero. Las bolsas de caramelos que han tirado algunos niños al suelo, comienzan a revolotear por encima nuestro. También hay hojas de árboles. Muchas. El helicóptero aparece sobre nosotros y todos señalamos al cielo. Es enorme. Mis padres les ponen el pasamontañas a mis hermanas y a mí me dicen que me tape la boca para no resfriarme. Además de viento, hace frío, aunque haga sol. He leido en el libro de lenguaje una expresión que me ha gustado "abrió los ojos como platos". Y eso hago yo cuando el helicóptero comienza a tomar tierra. No sé si estoy nerviosa por el helicóptero o por ver al cartero que se llevará mi carta, donde he apuntado todos los regalos que quiero que me traigan los Reyes. Mi favorito es Melchor porque se parece a Papá Noel y a mí me gusta mucho Papá Noel porque tiene cara de bueno, una gran barba blanca y viste de rojo, pero sobre todo porque Papá Noel deja los regalos antes. El cartero real ha salido del helicóptero levantando las manos y todos los niños hemos aplaudido. Me he quitado los guantes y he inspeccionado los bolsillos de mi chaquetón. He encontrado mi carta. Mis padres, mis hermanas y yo nos ponemos en cola. Cuando al fin le entrego la carta al Cartero Real, él sonríe y me da un caramelo. Ahora sé que la carta llegará a su destino y que tendré todos esos juguetes que he pedido. Antes de irnos le digo al Cartero Real que lo más importante es El séptimo de Caballería de los clicks de Famobil, y que mi próximo hermano nazca bien y sea un niño. Después, nos vamos al Cortilandia.


A las 11, el patio de abajo del Siurot está lleno de niños de 1ª etapa. Yo termino de comerme mi donut de chocolate y me acerco a unos compañeros. Es Navidad. Hemos decorado toda la clase y llevamos una semana ensayando un villancico. Me lo he aprendido enseguida, aunque nunca antes lo había oído. No sé cómo se llama, pero yo lo llamo "Pampanitos verdes, hojas de limón". Tendré que vestirme de pastora. Fui con mi madre a C/Compañía y me compró unas zapatillas negras, de esparto, con lazos de colores. Sólo me faltaba eso para tener el traje completo. La falda no me gusta, pero no hay otra. He heredado el traje, como mucha de mi ropa. Somos demasiados en casa. Me gusta heredar ropa, porque generalmente es de mi prima Maribel y yo adoro a mi prima Maribel. Mis compañeros hablan de los Reyes Magos. Uno de ellos dice que los Reyes Magos son los padres. Yo no me lo creo y me alejo hacia las canastas de baloncesto. Los miro desde lejos y empiezo a hacerme preguntas. Cuando llego a casa no digo nada. El 5 de enero nos acostamos pronto porque vienen los Reyes Magos. Los hemos visto pasear por el centro de Málaga en la cabalgata y nos han lanzado caramelos. Cuando todos creen que duermo oigo a los Reyes trastear en el salón. Me levanto. Salgo. ¿Puedo ayudar? -pregunto.


Mi familia es gigante. Me gusta dibujar mi árbol genealógico en las libretas de cuadritos del cole. Las ramas del árbol sobresalen y a veces tengo que pedirle una hoja grande a algún alumno de 2ª etapa. En Nochebuena nos juntamos con la parte de mi madre. En Navidad con la de mi padre. Imposible juntarlos a todos. Son demasiados. En Navidad siempre echan una película buena. Ahora que la tele es en color parecen más bonitas. En Navidad no hay carta de ajuste y la 1 y la 2 compiten por poner los mejores dibujitos y las mejores pelis clásicas. Las pelis clásicas son en blanco y negro aunque la tele sea en color. Me fastidia levantarme a cambiar de canal, por eso casi siempre veo la 1. Mis primos de Barcelona han venido. Iremos a comer al Puerto de la Torre. En Navidad siempre acabamos allí. Mi padre ha roto la zambomba. Siempre la rompe. Mis tíos cantan villancicos y nosotros, los niños, los aprendemos mientras tocamos las panderetas. Las risas se oyen más que las canciones. Mis tíos saben muchas. Yo ya las he aprendido. En las casas de al lado suenan también. Y si sales a la calle se ven todas las ventanas y balcones iluminados y se oyen villancicos por todos lados. Las tiendas están adornadas y los tenderos son muy amables y regalan caramelos y algunos te dan el aguinaldo. Ellos también ponen villancicos en una cinta. Los de Parchis son los que más me gustan porque son muy alegres. Mi padre ha dicho que este año vendrá Papá Noel y así podremos disfrutar de los regalos todas las vacaciones. Me encanta Papá Noel.


He recibido un Christmas. El primero dirigido a mí y no a mis padres. Es de una amiga. Es zurda. Llamémosla S. Me encanta ver cómo escriben los zurdos. A veces pienso que tengo instintos zurdos yo también. Mi amiga vive en Carlinda y la conozco desde hace muchos años, pero es ahora cuando somos amigas. Me ha hecho mucha ilusión ese Christmas. No lo perderé nunca. Creo que todo el mundo debería enviarse uno en Navidad.

Es Nochebuena, por la tarde. Estoy nerviosa por dar mis Christimas a mis amigas. Me he pasado toda la semana decorándolos, eligiendo cada palabra que he escrito en ellos, hasta el color del bolígrafo. Los personalizo. Los decoro. Escribo todas esas palabras bonitas que de viva voz no sé decir o que me cuesta. En vez de un beso en la mejilla o un buen abrazo, suelo dar toques en el hombro. Después, me pongo roja. Qué timidez más tonta envuelve a la adolescencia. Sé que esto de los Christmas no va a durar un año, ni dos, sé que hemos instaurado una costumbre y sé que no se romperá. Nuestra amistad tampoco. Le dibujo la estrella al árbol y la pinto de color fluorescente. Brilla.


Hay un montón de discos bajo el árbol. Modern Talking. Mecano. Stephanie. Spandau Ballet. Europe. Un montón de cintas para grabar, de BETA, VHS y de casette. También un porrón de libros. Papá Noel sabe lo que me gusta.


Estamos tiradas en el suelo, sobre una manta. Yo dibujo y mis hermanas recortan. Mi hermano se entretiene con un He-man. Mi amiga Mónica me sugiere cosas para dibujar. Una vez terminados los muñecos y carteles, los guardamos en una bolsa. Al día siguiente, 28 de diciembre, nos bajamos a los pasajes y le colgamos los muñecos a la gente en la espalda, sin que se den cuenta. También lo hacemos en el súper y pegamos en algún portero electrónico o llamamos por teléfono a la familia para decir que les ha tocado un viaje. Lo mejor de todo es decir INOCENTE-INOCENTE, entre risas. Recordar las trastadas hasta la mismísima Nochevieja es recurrente, forma parte de la Navidad. Los puestecillos de las bromas están en la Alameda.


Mil y una anécdotas más y mil y un vistazo más podría echar a mis Navidades pasadas para compararla con las que ahora vivimos nosotros o los niños que en un futuro hablarán de ellas como las de su infancia. Todo cambia. Y es bueno. Aunque algunas viejas costumbres habría que mantenerlas. Suerte que seguimos con las uvas.



...uno, dos, tres y cuatro y empieza otra vez, que la
quinta es la una y la sexta es la dos y así el siete es tres. Y decimos
adiós y pedimos a Dios que en el año que viene a ver si....


(Un año más. Descanso Dominical. Mecano.
1988).

Y hasta aquí mi pequeño homenaje a las Navidades pasadas o a las Navidades en general. Esta semana estoy de homenajes, ya veis.

Os invito a contar alguna anécdota navideña, a ver si el espíritu de estos días sigue viviendo un poquito más y alcanza el 2011 y prosigue con él.


OS DESEO A TODOS UNAS FELICÍSIMAS
FIESTAS Y POR EXTENSIÓN UN FELICÍSIMO AÑO 2011.




Se os quiere.




Gracias por visitarme, aquí en mi calle: Chawton Street.






I.M.G.