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domingo, 7 de octubre de 2012

Chambord, Cheverny, Chenonceau: Valle del Loira (3)

El castillo de Chambord es uno de los más bellos y majestuosos edificios renacentistas del valle del Loira, y probablemente es el culpable de que eligiera este valle como destino de mis vacaciones de verano de este 2012.  

La mejor opción para recorrer estos dominios rodeados de castillos es alquilar un coche. Nosotras recogimos el nuestro en la estación de  Blois. Un Ford Fiesta negro. No es complicado llegar a Chambord, la verdad es que las carreteras que llevan a los castillos del valle del Loira están bastante bien indicadas, cosa que es de agradecer. No tardamos en llegar a sus dominios, apenas nos cruzamos coches por el camino, y eso que decían que en Agosto las caravanas pueden ser asfixiantes, pero nada de eso, prácticamente a las 9 de la mañana íbamos solas por la carretera. He de confesar que estaba algo nerviosa. Había visto tantas fotografías del castillo que temía que cuando llegase no me pareciera tan espectacular. Miedo sin fundamento, como la mayoría de los miedos. Sólo el camino hasta el dominio de Chambord ya es una auténtica maravilla. No lo he hecho antes, y lo hice por vez primera, al no haber tráfico, tuve que parar el coche en mitad de la carretera para disfrutar de la magia que se respiraba a mi alrededor. Árboles frondosos, altos, carretera recta como una flecha, y en la punta, el castillo iba emergiendo en el horizonte, lenta y pausadamente, a cada metro, crecía de niño a gigante, robusto, de piedra, hermoso, y el sol se abría paso entre las nubes y lo iluminaba. ¡Dios, qué belleza!, exclamé ahí parada, sin poder moverme. Eché un vistazo por el espejo retrovisor. Nadie. Chambord sólo para nuestros ojos. 

Fue el sucesor de Luis XII, Francisco I, llegado al trono en 1515, con apenas 20 años,  quien dispuso su construcción como residencia campestre y reserva de caza. El Rey quiso fundir en un mismo edificio los elementos de la arquitectura renacentista italiana con los de la tradición francesa. Leonardo Da Vinci trabajó en el proyecto de este castillo y su huella se deja sentir en las grandes terrazas y en la magnífica escalera de caracol en el centro de la cruz. Hay mucho que leer sobre la construcción de este castillo que se demoró bastantes años y que no pretendo explicar aquí, sólo dejar unas pinceladas sobre ello. Las chimeneas son algo que también llama la atención: 365 de sus 440 habitaciones poseen chimenea propia, lo que permitía una calefacción independiente de las distintas estancias. 

Leí que no merecía la pena entrar a Chambord, que sólo con admirarlo desde lejos: sus lumbreras con estructuras clasicistas, torretas, pabellones, elegantes chimeneas adornadas por columnas, nimbos, pequeños frontones, salamandras, y la linterna que corona la escalera de caracol y que alcanza los 32 m. de altura, era suficiente. Yo discrepo. Disfruté muchísimo recorriendo cada rincón de Chambord. Admirando las habitaciones, los pasillos, las esculturas que se hallan en el interior del cuerpo principal y que revelan profundas influencias del arte italiano de tendencia clasicista. La concepción particular del cuerpo principal, la sintuosidad de los aposentos reales, la capilla, los salones para las audiencias oficiales, (iluminados por hileras de ventanas), el techo abovedado de la Sala de la Guardia, los despachos privados, etc etc. 

Como dijo el barón de Montmorency sobre la gran obra de Chambord y los bellos objetos que lo decoraban interiormente: Una síntesis de lo que es capaz de fabricar la industria humana. 


De Chambord a Cheverny, el que llaman el castillo de Tintín, se llega en unos minutos, pero ¡oh, qué minutos!, bosques de árboles gigantescos, verdes, frondosos, que parecen una gran máquina del tiempo capaces de transportarte a cualquier otra época, tal vez más bella, no sé si más cómoda, pero sin duda, mágica. Qué maravilla de caminos. Ahí, justo ahí, me enamoré de Francia. (París es caso aparte, ya me enamoré de él hace muchos años, pero aquí tenía la sensación de que Francia se había concentrado justo en ese punto, en esos caminos. Hermosa. Bella. La vie en Rose, o tal vez La vie en Vert). 
Ya no me acordaba de nada de antes de mis vacaciones. Tal fue mi desconexión con la realidad predecesora. Rozaba el mediodía cuando llegamos a Cheverny. La primera impresión al llegar es de una simetría absoluta. Una vez más los jardínes, los árboles, lo "verde", me robaron los suspiros. El aire despeinaba a los turistas que admiraban desde lejos la huella típicamente renacentista influenciada por el gusto clásico. 

Cheverny presenta una intacta y magnífica decoración de época Luis XIII, y ha tenido el raro privilegio de pertenecer siempre a la misma familia, (excepto el periodo de Diana de Poitiers en 1564), lo que ha permitido tener una gran unidad en el gusto y en el estilo. A mí se me cayó la boca al suelo nada más entrar. Así de impresionada me dejaron el comedor con las paredes revestidas de cuero de Córdoba, o la cámara real con el techo de casetones pintados, o la Sala de la Guardia, con la chimenea renacentista.  El vizconde y la vizcondesa de Sigalas, heredaron la propiedad, y aún hoy viven en Cheverny y se preocupan de que todo mantenga el antiguo esplendor. Se pueden admirar fotografías familiares en cada una de las estancias. 

Después de visitar La Orangerie, (un elegante edificio que se usa para congresos), la sala de los Trofeos, los jardines y las casetas de los perros, nos cruzamos con cientos de turistas que habían escogido la hora de comer para la visita. Nosotras, nos dirigimos a una Creperie del pintoresco pueblito donde se alza Cheverny, para seguir el camino con el estómago lleno y energías suficientes para enfrentarnos al esplendor de otro de los majestuosos y fantásticos castillos del Loira, que se eleva en los dominios de Chenonceaux: el castillo de Chenonceau. 


El camino hasta Chenonceau, desde Cheverny, es más largo que el de Chambord a Cheverny, pero no pesa. Conducir por aquellos parajes, atravesar comarcas y pueblitos de cuentos, es una aventura en sí: "Dichosos los ojos". 

Dejamos el coche en el parking, (el único parking que se paga es el de Chambord), y avanzamos un bosque de vetustos árboles altos y frondosos, disfrutamos perdiéndonos en uno de los laberintos de flores, y divisisamos por primera vez el castillo desde los bellísimos jardines de Catalina de Médicis, no menos bellos que los de Diana de Poitiers, al otro lado del castillo. Chenonceau se extiende sobre el río Cher, y frente a él, un viejo torreón que fue reestructurado y que perteneció al antiguo complejo medieval que se elevaba en la zona. El alto costo de este castillo hizo que junto a las siglas de los dueños, T.B.K, se esculpiera la siguiente frase: S'il vient à point, me souviendra (si el castillo se concluye, perpetuará mi recuerdo).  Los trabajos de construcción del mismo se concluyeron en 1521. 

Un puente levadizo permite el acceso a la planta baja del castillo en cuya sala de la guardia se exponen tapices del siglo XVI, la sala verde y la habitación de Diana de Poitiers, la capilla acoge estatuas de mármol de Carrara, pueden visitarse galerías en las que se exponen obras de Rubens, Primaticcio, Van Loo, Mignard y Nattier. En el piso primero se encuentran varias cámaras reales, como la de las Cinco Reinas o la de Catalina de Médicis. La cocinas conservan aún los antiguos fogones y hasta un asador. La galería proyectada sobre el Cher de Philibert Delorme invita al descanso. A la iluminación. 

Sin duda, después de visitar todas y cada una de las salas, más de las que puedan parecer desde el exterior, lo mejor es pasear entre las flores del jardín de Diana de Poitiers, a orillas del Cher, con Chenonceau de testigo. Un muchacho posa sobre un arbolito un pequeño muñequito, como un duende, y lo fotografía. Guarda al duende en su chaqueta y vuelve a sacarlo minutos más tarde. Lo seguimos con la mirada. Ahora lo fotografía junto a una fuente, y después frente al castillo, y admirando el Cher. Por un momento imaginamos que ese duende sigue el camino del gnomo  de la película Amelie, y que servirá para las postales de una enamorada que espera al chaval en algún rincón del mundo. Qué detalle más bonito, pienso, no lo digo en voz alta. De repente siento la necesidad de que alguien haga algo así por mí. El Cher sigue fluyendo. Las nubes se juntan y forman una masa gris que amenaza lluvia. El muchacho, con su duende en el bolsillo, se aleja. Sonríe feliz. 

Y nosotras, proseguimos nuestro camino. En el horizonte, dentro de varios kilómetros que nos permitirán seguir conociendo rinconcitos encantadores de esa zona de Francia, salpicados por girasoles, llegaremos a la ciudad de Tours y comenzará una nueva historia. 




I.M.G.
@isamerino

martes, 21 de agosto de 2012

El valle del Loira (Val del Loire) 1ª Parte

Cuando comencé a planear el viaje de este verano, sólo tenía una cosa en mente, quería ver palacios, castillos, alquilar un coche y recorrerme pueblitos perdidos por algún país europeo, como hice el año pasado cuando me recorrí La Toscana italiana. El azar, o el Google, la memoria, o alguna palabra capturada al vuelo, me dieron la clave: El valle del Loira, (Val del Loire),  en Francia. 



El valle del Loira, corazón de la "dulce Francia",  es un rectángulo geográfico de veinte mil km cuadrados, todos ellos situados a lo largo de un río y sus afluentes, y en él se concentran más de una centena de castillos y fortalezas salpicados en unos valles de cielos azules declarados patrimonio de la Humanidad. 

Consciente de que no podíamos verlos todos, y porque además quería volver a visitar París y Eurodisney, decidimos escoger de entre todos los castillos, aquellos que más nos apetecían ver y los que consideramos que eran probablemente de los mejores, (difícil elección), y así, visitamos: Chambord, Chenonceau, Cheverny, Blois, Clos Lucé, Amboise, Villandry y Ussé. Para ello viajamos a Amboise, a Tours y a Blois, y desde allí hicimos aquel fantástico y mágico peregrinas por tierras francesas que alguna vez fueron dominios ocupados por los Reyes y su corte. Sin tratar de extenderme mucho en cada uno de ellos, aunque lo merecen, os cuento:

Así, el pasado 5 de agosto, viajamos de Málaga a París-Orly y desde allí cogimos un tren, (tipo novela de Agatha Christie, ya me veía ayudando a Poirot a resolver un crimen, que gracias a D. no sucedió), y atravesamos lo que yo llamaba la campiña francesa. Me gusta usar esa palabra: campiña. Cúmulos de nubes grises y rechonchas nos acompañaron todo el camino hasta llegar a nuestro destino, dos horas y pico más tarde: Amboise. 

Amboise no es una ciudad muy grande, pero es bastante pintoresca, que conserva un aspecto medieval y una riqueza monumental impresionante, y además es dueña de dos de los castillos que íbamos a visitar: Amboise y Clos-Lucé, en el primero está enterrado Leonardo Da Vinci y en el segundo vivió Leonardo y guarda muchos de sus inventos y maquetas de los mismos. 


Amboise- castillo de Amboise- tumba de Da Vinci


Ya he dicho que nos acompañaron nubes hasta nuestro destino, ahora toca comentar que quisieron descargar parte de su furia sobre la ciudad el mismo día que la visitamos, así que nos vimos obligadas a llevar paraguas, a andar con cautela sobre suelos resbaladizos y que debido al torrencial de agua que cayó a mediodía, ( y al frío, que lo hacía), apenas pudimos disfrutar de los jardines del castillo de Clos-Lucé porque estaban medio inundados, y claro, con la maleta a cuestas, (suerte de consigna gratuita en ambos castillos), y las chanclas de verano, se hacía complicado caminar fuera de las fortalezas, que a bien decir, están estupendamente conservadas, y que merecieron el viaje hasta allí. 




Podría hablar largo y tendido de las historia de ambos castillos, que si el de Amboise fue devastado en varias ocasiones por los normandos, que si a partir de 1431 fue parte integrante de las propiedades de la corona, que si bajo el reinado de Enrique II vivió allí Caralina de Médicis que adoraba el castillo, que si Leonardo Da Vinci está enterrado allí en la capilla, etc etc, pero es que eso me llevaría páginas y páginas del blog y si empiezo así, a ver quién sigue leyendo, ¿no? Así que me limitaré a decir del castillo de Amboise que merece una visita, tanto él como la ciudad, y que sin duda el Clos-Lucé, de ladrillo rojo y piedra blanca y su parque Leonardo Da Vinci, son imprescindibles de visitar. Da Vinci se entregaba en este castillo a la geometría, la arquitectura, la urbanística y la ingeniería hidráulica. En sus salas pude contemplar el primer esbozo de bicicleta y hasta el del primer coche. Este hombre, queridos amigos, como todos sabemos, era un genio. Y recorriendo los pasillos de Clos-Lucé, no hay quien lo ponga en duda. 

Cartel del Valle del Loira en la estación de Amboise

No era aún la hora de merendar cuando bajo los efectos de la lluvia decidimos marcharnos de Amboise. Antes fotografié casas construidas en la montaña, jardines verdes de árboles altos, lagos inundados de niebla, franceses altos y guapos, turistas comiendo a deshoras, cristaleras de colores, casitas de cuento, pero de cuento de verdad. Al fin nos dirigimos a la estación, ya apenas llovía aunque seguía haciendo fresco,  donde esperamos el tren junto a un nutrido grupo de ciclistas entrados en edad, matrimonios franceses casi todos, (es muy común ver ciclistas por todo el valle del Loira, ya que son muchos los que eligen este medio de locomoción para visitar los castillos y toda la zona). Un tipo de pelo largo y barba que buscaba su propio ombligo, daba gritos y reía como un loco, nos pedía en francés que no nos asustásemos, y se levantaba, se reía a grito pelado, y sacaba los ojos de sus órbitas mientras mostraba los dientes, volvía a sentarse y a regodearse en sus carcajadas. Los matrimonios franceses huyeron. Poco a poco, nos fuimos alejando de él, pero aún podíamos oírlo. Apareció un tipo que parecía un marine americano, aunque... le fallaba la altura. Al fin apareció el tren y todos subimos a él. 

Nuevo destino: Blois, cuna del rey Luis XII, del físico Denis Papin, inventor de la máquina a vapor y del historiados J.N. Agustin Thierry. Pero, esto amigos, os lo contaré ya el próximo día. ¿Quién dijo que los girasoles sólo habitan engalanan a La Toscana? El Valle del Loira está repleto de ellos, todos altos, amarillos, solemnes, mirando al sol, iluminando los caminos. Alegrándonos la vista. La vida.

Castillo de Blois

I.M.G.
Fotofrafías de Isabel Merino
@isamerino