lunes, 22 de noviembre de 2010

Festival Eñe (Madrid 12 y 13 Nov.2010) 2ª Parte

Mis compañeras en este viaje literario, Loli y María, están sentadas delante, las primeras a la vista de los ponentes. Tomo asiento junto a ellas y me lamento de haber subido sin haber conocido a Espido Freire.

Habíamos quedado con Garriga Vela, hora y pico antes en la librería, donde nos hicimos esta foto, en vernos en la conferencia de las 17:30, en la sala Valle Inclán. 5ª planta, en la que se trataría el tema de El mundo relato.
Frente a nosotras, la autora de En Jaque, el autor de Velocidad de los jardines y el de El anorak de Picasso. Tres libros de cuentos de la literatura española contemporánea. Tres autores que conversarán sobre ese pequeño gran territorio que es el relato breve, a lo que mis compañeros de puntoyseguido y yo, llevamos dedicándonos unos años. Y en ello seguimos.

Eloy Tizón es considerado uno de los mejores narradores de cuento y novela, además de desarrollar una enorme labor como docente en el campo de la literatura, sin embargo he de confesar que no he leído nada de él. Para expiar mi culpa adquiero un ejemplar de su libro "Velocidad de los jardines", considerado como uno de los tres mejores libros de cuentos de los últimos 25 años. Y le pido que me lo firme. Él accede amablemente, pero esto ocurre al final de la charla, cuando ya tenía entre manos nuestro "álbum de familia".

Berta Marsé deburó como escritora en Anagrama, hija de escritor, ha trabajado en el mundo cinematográfico y es la primera vez que sé de ella. Siempre hay una primera vez para todo. Marsé me lleva a Juan Marsé. Desde el pasado 12 de noviembre, también me lleva a Berta.

De José Antonio Garriga Vela ya he hablado en más de una ocasión y en muchas otras venideras seguirá visitando mi calle de Chawton. Es un escritor muy querido en mi calle. Muy admirado.



Eloy Tizón, Berta Marsé y José Antonio Garriga Vela



La mesa redonda consiste en hablar de cuentos, de relatos, de historias, de autores, de hacer participar al público, de responder y emitir preguntas. En un momento dado, la mesa redonda somos todos, los ponentes y su público.

Garriga comienza hablando de su escritor predilecto: Nabokov. Podría haber empezado por Kafka, que es otro de sus favoritos, pero lo hace por el autor de Lolita, y Tizón y Marsé se muestran entuasiasmados. Comienza la charla en serio. Tizón comenta que no leemos historias para conocer el final, si no que despierta más interés el conocer toda la cadena de acontecimientos que llevan a un hombre feliz, por ejemplo, a terminar en un arroyo. Un cuento, continúa, puede surgir de un súbito resplandor o una pequeña epifanía que surge por la calle. El destello de un instante. Muchos cuentos surgen de un suceso mínimamente insólito. Berta Marsé bromea y Garriga Vela ríe.

Berta habla del ritmo. Un buen cuento tiene que tener vigor, dice, tensión, suspense, impacto, impresión. Tizón interviene para acotar que el verdadero reto es mantener el vigor durante todo el cuento. En un cuento no se tolera el aburrimiento. Prohibido aburrir, dice Berta en voz alta. Garriga Vela asiente e interviene en la conversación para decirnos que no debemos aburrir al lector. Después compara a la novela y el cuento según lo que perdure en el tiempo, así como hay relaciones maravillosas de un día, hay también historias fantásticas de cinco años. La de cinco años perdurará más en el tiempo, pero ambas pueden ser igual de impactantes en quien las vive.

El tiempo juega con los silencios, con lo que no se dice, añade Tizón. El lector es quien termina el cuento. Requiere creatividad por parte del lector. Hay un trabajo conjunto. Después se habla de la página en blanco, del hilo conductor de los libros de relatos, de los micromundos, de dejar las puertas abiertas a las ideas por muy vagas que sean, de dejarnos sorprender. Sobre todo de dejarnos sorprender. Las mismas palabras llaman a otras palabras para seguir construyendo.

Se nombra a la escritora argentina de "Pájaros en la cabeza", y Loli y yo comentamos entre nosotras, (mientras un oyente con pinta de personaje de cuento a medias entre Papá Noel y El Grinch vocifera afónicamente, por extraño que suene, que el cuento no debe ser una jaula y debe admitir cierto grado de divagación o disgresión), que Andrea nos leyó el primer cuento de ese libro en una de nuestras reuniones.

Marsé recomienda además la revista literaria "Al otro lado del espejo" y Tizón habla de Proyectos de pasado de la rumana Ana Blandiana de Periférica. Se nombra a Leonardo Michaels, a Ribeiro y a Felisberto Hernández, de quien Garriga es admirador y aprovechando el momento nos cuenta la anécdota de cómo y dónde adquirió su primer ejemplar de Hernández.

Llega el turno de la corrección. Berta admite corregir obsesivamente. Tizón confiesa que el 95% de su trabajo es corregir, por lo que es incapaz de separar la creación de la corrección. Garriga corrije mientras escribe. Yo murmuro que escribí 20 borradores de mi Diccionario de Inexistencias.

La última frase de la conferencia la dice Eloy Tizón: El error de los escritores de cuentos es estar vivos. Reímos. Mi risa es irónica. No sé el resto. Garriga apunta que mientras uno escribe: vive.

La sala se llena de aplausos y mientras el público corre fuera de la sala y luego escaleras abajo en busca de una nueva conferencia, probablemente la de Guillermo Saccomanno sobre Literatura y guión, nosotras acudimos a saludar a Eloy Tizón. Garriga nos sonríe de lejos. Berta habla con "Noel-Grinch" y yo le regalo un ejemplar de "álbum de familia" a Eloy. María me lo ha presentado y le comento cómo surgió el tema de nuestro libro y cómo surgieron los relatos a partir de unas imágenes. Él se muestra encantado e interesado por nuestro librito. Unos minutos más tarde nos saludamos abajo, en la librería y él me dedica su Velocidad de los jardines, haciendo hincapié en una bonita tarde de palabras y literatura. Sin duda, un hombre encantador. Espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse para seguir aprendiendo con él

Loli, Eloy Tizón (álbum de familia en mano) e Isa Merino.




Volvimos a pasear por la librería, donde nos encontramos con Juan Bonilla, al que más tarde veríamos en su ponencia en la misma sala Valle Inclán. De esto hablaré en una próxima entrada. Más breve. Vuelvo a mi concepto de breve según mi compañero Miguel.

Un cafetito a media tarde en el bar del Círculo de Bellas Artes, una magdalena gigante con trozos de chocolate incrustados, risas, posters de Eñe, nombres de escritores sobrevolando el ambiente, charlas sobre ponencias. Espido Freire se había marchado. Perdí la oportunidad de conocerla. Al menos ese viernes 12 de noviembre. A veces las cosas, por sorpresa, se saborean más. A mí me encantan las sorpresas y el festival Eñe aún me tenía reservadas bastantes más.

Sobre cómo conocí a Patricio Pron y a Marcos Giralt Torrente, hablaré también en mi próxima entrada. Hasta entonces os dejo algo sobre lo que pensar: Cómo fracasar completamente como escritor. De esto hablaron Pron y Giralt a las 20h de ese viernes, en un Cara a Cara en la sala María Zambrano. 5ª planta. Escaleras. Preciosas. Pero había que subirlas. Escaleras. Preciosas.


Escaleras de El círculo de Bellas Artes de Madrid.



CONTINUARÁ...



Nota: Fotos propiedad de Isabel Merino González.


I.M.G.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Festival Eñe (Madrid 12-13Nov.2010) - 1ª Parte






El Festival Eñe nació en 2009 en Madrid y yo he tenido la suerte de asistir al celebrado este año 2010, los días 12 y 13 de noviembre. La asistencia ha superado el 80% a la del pasado año, tal como podemos leer en la página web de La revista Eñe. (http://www.revistaparaleer.com/noticia/2010/11/18/un-80-por-ciento-mas).



El círculo de Bellas Artes de Madrid fue un lugar de encuentro inolvidable entre escritores, editores, lectores y todos los amantes de la literatura. Y yo estuve allí y más que hacer una crónica, (que las hay muy buenas tanto en la página señalada de la propia revista, como en la de La Fábrica, la revista Culturamas y diversos diarios y webs que hacen referencia a tan magno evento), voy a tratar de contar lo que yo viví durante esos dos días, aunque por el espacio, trataré de ser breve. ¿Lo lograré? Mi compañero de puntoyseguido, Miguel Núñez, dice que yo le doy un nuevo concepto a ser breve. Tal vez tenga razón. (Risas).


El trayecto en AVE de Málaga a Madrid también es breve, RENFE lo ha conseguido. En apenas dos horas y media me encuentro en el centro de Madrid. Unas charlas con Loli, mi acompañante, cargada de risas, literatura y confidencias, nos llevan hasta Atocha. Yo tampoco consigo pisar esta estación sin pensar en el atentado del 11-M. Como dice Andrés Neuman en la entrada de su blog "Réquiem de Atocha": algo ha quedado en el aire. (http://andresneuman.blogspot.com/2010/11/requiem-de-atocha.html).




Dejamos las maletas en el Hostal Astoria, en la Carrera de San Jerónimo, tras pasar por Sol y tararear frente al reloj más famoso de España, la canción Un año más de Mecano. Inevitable. El hostal está muy cerca de Alcalá. Llegamos al Círculo de Bellas Artes en unos pasos. No tan fríos como esperábamos. Luce el sol en Madrid. El paseo por Alcalá y por Gran Vía es obligado. También la visita a alguna librería, unas croquetas en casa Labra y una buena comida en un barrio castizo de Madrid. A las 16h empieza la primera conferencia y queremos ser puntuales.





Círculo de Bellas Artes de Madrid




Nos canjean la entrada por una chapa con una coma en color blanco en el centro. Las chapas son de distintos tamaños y colores. Las de color verde de tamaño más pequeño son para los oyentes, lectores, público, etc, que como nosotras ha sacado el abono de los dos días en el festival, que costó 15€ y que te da carta libre para acceder a todas las conferencias. Las de color azul, de tamaño superior es para los ponentes, para los escritores, conferenciantes y para la organización. Aún trato de averiguar para quiénes eran la de color rosa.





Con nuestra chapa verde en la solapa, emprendimos nuestro particular viaje por El círculo de Bellas Artes madrileño. Realmente era un viaje el que emprendimos durante esos dos días. Empezamos subiendo el primer escalón de las escaleras centrales, en el que podía leerse una frase de Luis Muñoz: Leer es ejercer una esperanza. En la segunda planta nos encontramos con la librería, donde durante el fin de semana se vendían libros de los escritores y ponentes invitados y donde tras cada conferencia, pasarían a firmar ejemplares para los que gustan de tener los libros autografiados por sus autores. En esa segunda planta también estaba el bar y la sala de conferencias más grande, la llamada: Fernando de Rojas. A esa sala nos dirigíamos cuando nos encontramos enmedio de la librería con un despistado José Antonio Garriga Vela, autor de Pacífico o El anorak de Picasso, (libro del que ya he hablado en alguna entrada de este blog). José Antonio vive en Málaga, fue jurado del premio que gané en junio y se encuentra entre nuestros conocidos, por lo que nos saludamos alegremente y comentamos el gran evento en el que ya estábamos sumergidos. Él como ponente y nosotras como oyentes. Echamos unas risas, comentamos su próxima ponencia a las cinco de la tarde con Eloy Tizón y Berta Marsé, a los que confesó, no tenía el gusto de conocer y nos despedimos con prisas porque nosotras íbamos a la conferencia estrella del mediodía en el Fernando de Rojas: Espido Freire.


Debo confesar, tal como le confesé a ella al día siguiente, que no tenía excesivas ganas de verla, aunque sentía curiosidad por escucharla hablar. Espido me sorprendió. Y me sorprendió gratamente.



Laura Espido Freire
A veces nos dejamos llevar por una imagen. A veces por unas palabras. A veces por una impresión. A veces, nos equivocamos. Para bien o para mal. Yo me equivoqué con Espido. Siempre hay tiempo de rectificar.
16:30. Sala Fernando de Rojas. Espido Freire ."Arañas y Mariposas".
Nos sentamos a la mediación del patio de butacas, centradas. Espido apareció por la entrada principal y tomó asiento en el proscenio junto a su entrevistadora, Camino, de La Fábrica. El tema que iba a abordar era de rabiosa actualidad, (me permito el tirar de una frase manida, pero certera). Vivimos tiempos extraños para el terror: vampiros pálidos que enamoran a adolescentes de todo el mundo, vampiros con series de televisión, bellas heroínas que luchan contra zombies. ¿Las historias de horror se han convertido en la nueva novela romántica?
Espido Freire se mostró serena y sonriente. Dejó que Camino la presentara y solicitó ver al público. La sala estaba a oscuras y los focos centrados en ella. La iluminación varió y lo agradecimos. Camino nos acercó a la carrera literaria de Espido Freire y ella comentó brevemente algún capítulo de ella. Se refirió a Irlanda, por encima de cualquier otra novela suya. Los principios marcan. Contó anécdotas de su Instituto. Ella de 1974. Yo de 1973. Vivencias parecidas en alguna ocasión. La época. La misma generación. Nos acercamos. Empieza a obtener puntos, si es que se trataba de puntos la cosa. Aunque sólo al principio, después: me absorbió. Publicó su primer libro a los 23 años y lleva 23 publicados. Curioso. Apunto dos adjetivos en mi libreta: Pizpireta. Simpática. Un tercero: Risueña. Un cuarto: Inteligente. Siguen unos cuantos más. Todos positivos. Se empieza a hablar de maldad. De malvados y de víctimas. Anne Rice y sus novelas salen al caso. Los vampiros encarnados por actores guapos son un recurso en el nuevo cine de terror adolescente. Tres símbolos: Sexo, muerte y violencia. Dolor psicológico y dolor psíquico. Anorexia. Bulimia. Amante ideal. Un tema surge tras otro en esta ponencia de Amantes y Mariposas. Llegamos a Fausto, tras pasar de una novela de terror al ideal romántico del macarra. El amor y el bien pueden acabar con el mal.
Llegamos al Narcisismo femenino: cambiar a mejor al hombre; al narcisismo masculino: Soy el mejor y me tiro a la que quiera. Al final siempre hay que hablar del siglo XIX. Llegamos a Cumbres Borrascosas, de la gran Emily Brontë. Mis compañeras me dicen que es la hora de la ponencia de Garriga Vela. Yo estoy pegada a mi silla, con los ojos clavados en los ojos de Espido, en mis oídos suena el eco: Brontë. Brontë. Brontë. No puedo marcharme. Ahora no. Vamos a hablar de Heathcliff. Loli y su amiga se marchan. Yo me quedo y sigo absorta: Heathcliff, traido de la oscuridad, un personaje que podría haber sido bueno, se deja llevar al mal por un desengaño. La maldad le hace destrozar lo que podría haber podido construir. Emily acepta a su personaje tal y como es. Heathcliff es perverso desde que decide serlo hasta la muerte. Un rebelde que no va a encontrar satisfacción en la vida ni en la muerte. Uno de los personajes más perversos, que genera un amor incondicional.
Surge Lady Macbeth, con una maldad menos perversa. Espido admite su debilidad por Shakespeare. El público la admite a su vez. El amor es un acto determinista como la muerte. Sale a relucir su libro Soria Moria. También sus Cuentos malvados, que hablan de temas que le obsesionan. Arañas y Mariposas. Unas tejen hacia fuera y otras hacia dentro. La araña sabe que ganará. El hilo de seda es la mayor parte de trama que contamos. Sale a relucir Eva Braun. ¿Dónde están los límites? Dejan caer la pregunta sobre todos nosotros. Reflexionamos. En la literatura existe un desafío constante de la moralidad. El narrador en primera persona es mentiroso. Cuando el lector se identifica con este narrador, es cuando más le mentimos. ¿Dónde está el límite de la maldad? ¿Qué ocurre cuando está en la mano de alguien el poder hacer el mal?¿Es más complicado construir un personaje malvado o uno ceniciento?
Miro el reloj. La conferencia de Garriga Vela ha debido comenzar. Espido sigue hablando. Agarro mi netbook, aprieto las mandíbulas y me salgo de la sala. Mis pies caminan por delante. Mi yo más íntimo quiere quedarse, sin embargo salgo. Salgo y dejo a Espido hablando. Y subo las escaleras hasta la quinta planta. Asfixiada. Entro en la sala Valle Inclán. La conferencia acaba de empezar y yo sólo pienso en los años tan tontos que he perdido sin conocer a Espido Freire y sin leer sus libros. Aún estoy a tiempo, pienso mientras tomo asiento. En cuanto termine la conferencia bajaré a conocerla y me disculparé. Me ha dado una lección. No se debe prejuzgar sin conocer.

Continuará...
I.M.G













martes, 9 de noviembre de 2010

Perseguir puentes y mostrar fronteras: La persona que no viajó.


Horacio Quiroga dijo en el punto noveno de su decálogo del perfecto cuentista que no se debe escribir bajo el imperio de la emoción. Hay que dejarla morir y evocarla luego. Si entonces se es capaz de revivirla tal cual fue, se ha llegado en arte a la mitad del camino.


Hoy no quiero dejar morir mi emoción. Hoy voy a incumplir ese noveno mandamiento quiroguiano. Con esta crónica me juego no llegar en arte adonde quiera que se tenga que llegar. Me acojo a una de las frases más famosas del cine: I don´t give a damn, osease, me importa un bledo.

Hoy estuve con Andrés Neuman y tengo que contarlo.


Las cosas ocurren por casualidad. O no. No creo en las casualidades. Guardo mi libro "Cómo viajar sin ver" en la maleta que me llevaré al festival literario de Madrid. Iré a la conferencia de Andrés Neuman del sábado por la noche. Espero que en un despiste de sus seguidores tenga tiempo para mí, logre recordarme con un "aaaaaah, me suenas, me suenas" y luego me lo dedique con esa picaresca que tanto me gusta.






Como cada noche, entro en su blog "Microréplicas. Reflexiones dispersas en 100 palabras" (http://andresneuman.blogspot.com/) y leo su entrada del 8 de noviembre, Bienvenida, traducción, en la que habla de su llegada a un hotel de Málaga y de la frase de bienvenida que sugiere que los extranjeros no existen. Ya estás en Málaga, ya eres de Málaga.


Málaga. Málaga. Málaga. ¿Es posible que Andrés esté en Málaga y yo no me haya enterado? ¿Dará alguna conferencia? ¿La habrá dado? Preguntas de este tipo surgen una tras otra. La respuesta la encuentro en internet: Andres Neuman. Noviembre. Málaga.


Et voilá:


09 de Noviembre. 20h. Salón de los espejos del Ayuntamiento de Málaga. Ciclo Viajeros. Instituo Municipal del libro. Andrés Neuman. Viajar sin ver. Presentado por Alfredo Taján.


Lo comunico inmediatamente, como si forma parte de su gabinete de prensa, a mi grupo puntoyseguido y luego me acuesto y sueño y amanece y me levanto y me ducho y desayuno y me voy a la biblioteca a seguir disfrutando de mis merecidas vacaciones laborales. Y me llevo el libro de Neuman, Viajar sin ver , que ya no está en la maleta de cosas que viajarán a Madrid conmigo. Hoy el libro se encontrará con su autor, y su lectora también.




Escribo y luego cojo un par de libros. Me leo el relato de Félix J. Palma que ganó el Relosillas hace unos años, (no me gusta, al menos no me gusta para ser el premiado), después leo uno de Roald Dahl que encuentro en una recopilación de relatos de humor inglés. Es bueno. Una mujer mata al marido, detective, con una pata de cordero congelada. Se las apaña para que... bueno, si destripo el final no tiene gracia.


El día avanza, como, me pego un rato al ordenador, cargo el netbook y la cámara de fotos, siesteo un ratito y tiro para el Centro. Si llego a la parada antes que el autobús circular, eso querrá decir que debo bajar en bus. Si el autobús llega antes que yo, me iré andando. Llego andando hasta la Plaza de la Constitución. Ha anochecido pronto. La calle está llena de gente. Algunos turistas hacen fotos mientras yo me pregunto dónde puede estar merendando Andrés Neuman, si es que merienda. Es lo suyo, tomarse un cafetito o tal vez unos churros con chocolate en Aranda. Me llego a Mira y saludo a la primera amiga que tuve en mi vida. A lo tonto nos conocemos desde hace 37 años y aunque hemos pasado sin vernos la mayoría de los años que tenemos nos tratamos con la misma familiaridad de dos amigas que llevan toda la vida juntas, codo con codo, bolso con bolso, risas con risas. Le regalo un par de libritos pequeños, de relatos, en los que salgo. Espero que le gusten mi Diccionario de Inexistencia, (perteneciente al primer libro de puntoyseguido: álbum de familia) y mi Sana, Sana (mención especial del jurado del I certamen de relatos Las mujeres cuentan de la librería Luces de hace un par de años). Se los dedico. No estoy inspirada. Pienso en Neuman. Hablamos de él.


Al final llego corriendo al Málaga Palacio. Inma me espera allí. Nos saludamos. El viento me despeina. Estreno chaleco. Pido un deseo. Mientras caminamos por el parque me quejo de mis pelos.

- ¿Por qué Andrés no puede verme alguna vez bien peinada?
La última vez que nos vimos estuvo aplacándome los rizos del flequillo con sus manos.

- ¿Me reconocerá?

Me he cortado el pelo. Mucho. Bastante. Ya no hay rizos. Hay una maraña que el viento ha convertido en garabatos. Los aplaco. No hay manera. Andrés siempre tiene que tener el pelo mejor que yo. Lo compruebo más tarde: una raya perfecta que divide su melena en dos mitades, como un libro. Un pelo oscuro, lacio, impoluto, ahora más largo que el mío. En su barba se ha alojado alguna cana. Interesante. (El barbero de Neuman es el dinosaurio de Monterroso, dice Alberto Ramos en su blog: Elegí un mal día para empezar a fumar). Desde mi sitio no se le ven las pestañas. Sus ojos vivos, inquietos, expresivos, se encuentran con los míos y se reconocen. Se sonríen antes que los labios. Así es el encuentro, aunque antes de eso Inma y yo hemos llegado las primeras al Salón de los Espejos del Ayuntamiento de Málaga. La última vez que estuve allí, fue en una boda. Cogemos la primera fila. Hojeo el libro Cómo viajar sin ver . Un cámara de una televisión local se acerca y me pide que lo hojee de nuevo y que lo comente con Inma mientras él filma, no a nosotras, al libro en movimiento, al libro siendo leido. En algún canal local, mis manos y el libro de Andrés Neuman posan juntos.

Entra en la sala. De repente creo estar en un palacete de Viena. El emperador Francisco José, aparece rodeado de su séquito. Avanza entre los flashes. El pueblo lo recibe con admiración. Ovación. Vuelta a la realidad. Neuman, vestido de oscuro y con camisa planchada e impecablemente abotonada sonríe a los flashes y ocupa el lugar que le indican para el posado. Yo lo sigo con la mirada y coloco mi cámara en tre los huecos. Aprieto el botón. Click.



Ahora sé que si sigo escribiendo lo estropearé. Horacio Quiroga ha aparecido en mi habitación. Apelmaza su barba con una de sus manos, con la otra se alisa el pelo. Lanza un bufido al aire y me señala con un dedo. A un lado de él una fotografía de Ana Torroja, al otro lado una de Jack de Perdidos, detrás el Puzzle de Lo que el viento se llevó. Audrey Hepburn mira a Olivia Newton John y esta le devuelve la mirada. Tensión frente a la lamparilla del escritorio. Quiroga mueve la cabeza a un lado y al otro. Me mira fijamente y sin mover los labios me dice que no puedo escribir bajo el imperio de la emoción.

- De acuerdo -digo-. Tú ganas.


Le doy al botón azul de guardar ahora, etiqueto la entrada, añado otra foto de Neuman que he encontrado por la red y le digo a Quiroga antes de que se marche que mañana subiré mis propias fotos y contaré cómo fue la conferencia. Neuman se lleva las manos a la cabeza.




Si mañana sigo emocionada, lo pospondré.
Espero que lo entendais.
na no se encuentra todos los días con Andrés Neuman y se saludan como viejos conocidos.
Mi admiración por este escritor y su obra traspasa mis propias fronteras, todas esas que Andrés dice que merezco.
Gracias Andrés. Buenas noches. Hasta mañana.

P.d: La nostalgia recae en quien se queda. (Andrés Neuman)




(Fotografías tomadas prestadas de la red).








I.M.G.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Cuando el tiempo sobra

Mi despertador ha sonado mientras soñaba. Lo he oido y lo he apagado. He seguido durmiendo, pero el sueño se ha roto. No me ha importado demasiado. Soñaba con un ciudad asiática, llena de asiáticos que paseaban por calles asiáticas y me hablaban un castellano con abuso y sobrecarga de letras "L". La L sigue llamándose "Ele", no como la "Y griega", que desde aquella reunión a puerta cerrada en la que alguien la proclamó "ye", ha perdido su origen, como la I latina, que sólo es I. A secas. I.
He pasado un rato frente al espejo del baño. Mi pelo era un nido de águilas. Un "Goku" guerrero. Un ovillo de lana entre las garras de un gato enfurecido. He logrado dominarlo. Secador en mano. Salgo a la calle a la hora en que los niños pintorrean garabatos en sus mesas de colegio, desatienden al maestro y cuentan los minutos, en sus relojes con cronómetro y conexión vía satélite, para bajar o subir, según el caso, al patio de recreo.
El viento se ha hecho dueño de la calle, se ha agenciado sombreros y paraguas para su colección y pelea con los abuelos que sacan a sus nietos a pasear en los carritos indomables de última generación. Mi pelo vuelve a arremolinarse. Lo aplaco con las manos. El viento se lleva mi peinado, y el de la chica que va hablando por el móvil y tropieza con la farola y mira a todos lados para ver si alguien se ha dado cuenta. Yo me he dado cuenta. Todos los que van dentro del autobús circular también. La parada está justo enfrente de la farola. Los cristales son opacos, pero desde dentro se ve todo. Alguno sonríe. Un chaval universitario la graba con su móvil con cámara de video incorporada y 7x de zoom óptico. La chica sigue andando, sujetándose la melena. Un asiático la saluda desde la puerta de su negocio. Hola. Al oírlo me pregunto si era un saludo o si quería saber la hora. Levanto la mano, digo nueve y media y sigo andando sin volverme para observar su cara interrogante. No nos conocemos, pero he soñado con miles de caras iguales esta mañana, justo antes de que sonara el despertador y el viento arremetiera contra los toldos de mi terraza.
Me dirijo hacia la biblioteca, campo a través, a cielo abierto, caminando contra corriente. Siempre lo hago. Caminar contra corriente, digo. Agarro mi bolso con fuerza, lo pongo delante de mi cara y entorno los ojos de manera que de lejos, con mi estatura, mi pelo negro y mi tez pálida, pudiera parecer uno de ellos, de los de mi sueño. El viento se torna huracanado. Mi pañuelo lucha por desenroscarse de mi cuello. Avanzo, pero muy lentamente.
Esta bien esto de tener vacaciones. Aunque genere cierta ansiedad. Cuando al fin te sumerges en ellas y te acomodas y te dejas llevar, es hora de regresar a la oficina y de atornillarte a la silla durante 9 horas, interrumpidas sólo por un almuerzo que no da tiempo a degustar.
Hoy no tengo un horario que cumplir, sin embargo he madrugado esta mañana. Necesito aprovechar el día. ¿Haciendo qué? Pues eso, haciendo qué, un qué que sea todo menos volver a la oficina, conciliar bancos, hacer asientos contables, dar explicaciones que no quieren ser escuchadas o tragarte frases completas que generan hastío porque si las escupieras te las podrían devolver con subordinadas o indirectas que directamente te llevarían a números comunistas a fin de mes. El rojo es mi color favorito, pero en números, prefiero el color negro. Mucho más elegante. Más fino.
Hoy no tengo que ir a la ofician, así que no he cogido el coche. Me he permitido la puntual imputualidad de mis nuevos quehaceres de la semana. On foot. A pie. Como haría Mrs Bennet.
Es raro esto de estar de vacaciones, tan raro, que como les contaba a unos amigos, se disfrutan con cierto sabor a metal. Es como chupar un clip en lugar de un caramelo. Mascar alambre y sándwiches de hojalata. Pero eso ocurre sólo cuando te encaminas sin saber hacia dónde, cuando te saltas las reglas e incumples la monotonía y deambulas por la vida sin unas órdenes que acatar. Aunque siempre siempre, acatamos alguna. Mi orden de hoy era clara, diferente, llevaba un retraso de años. El viento no pudo evitar que llegar. Sigo el camino que me dicta mi pasado, atarvieso calles que una vez crucé siendo estudiante. Entonces tras las palmeras de chocolate o los dulces, también de chocolate, de las pastelería de turno, me compraba un paquete de quicos Churruca y un chupa chup de fresa. Me gusta mezclar sabores. La saliva se multiplica sin seguir una propiedad matemática y explosiona bajo la lengua como si me hubiese tomado un paquete de peta zetas. Clic. Cloc. Cluc. Peta zetas.
Llego a la puerta de la biblioteca.
Es una puerta grande, de color olivar, con el cristal opaco nube. Se abre por sí sola cuando me acerco. No es el prototipo de biblioteca que recuerdo. Hace años que no piso una. Entro y aspiro el aire. El viento no ha entrado conmigo, parece que como la nueva Humanidad, huye él también de los libros. Huelo el aire antes de dirigirme a la bibliotecaria. Quiero ser bibliotecaria. Lo pienso mientras huelo el aire. Olfateo en busca de un olor a rancio, a ácaros, a huellas dactilares superpuestas, a páginas relamidas, a pegamento... Nada. O sí. Algo. Huele a lejía. El lugar está inmaculado. Parece nuevo.
El borde de una página es la distancia entre dos formas de imaginar.
Reflexiono sobre la frase que he ledio en un marcapáginas que alguien ha abandonado sobre una estantería.
La bibliotecaria tose. Me mira por encima de sus gafas. El silencio es sepulcral. Le explico que es mi primera vez. Me hace rellenar un cuestionario. Puro trámite para obtener el carné. Es un carné que no tendrá mucho uso, pues en cuanto termine la semana volveré al redil, al sistema de horarios cuadriculados, a la asfixia de los que nos dejamos la vida entre cuatro paredes, sin quitar la vista fija del ordenador y la hoja excel o el programa que se haya preciado la empresa adquirir por el bien de sus trabajadores. Claro. Por nuestro bien. Claro.
Tomo asiento en una mesa vacía. Grande. Rectangular. Frente a una fila de ordenadores apagados. Saco mi miniordenador y lo pongo sobre la mesa tratando de no hacer ruido. Saco los folios que he traido, la cartuchera llena de bolígrafos de todos los colores, las gafas y un diccionario de la lengua española. También saco el móvil. Lo pongo en silencio. Empieza mi nueva jornada, esa que añoro tener. Quiero ensayar, saber qué se siente siendo escritor en una biblioteca en jornada que otros ocupan tecleando cuentas del plan general de contabilidad sobre un teclado ajeno.
Y las ideas fluyen, pero las palabras no. Solicito la contraseña del WiFi. Hago escaso uso de internet porque sé que si entro no podré salir, me enredaré en las redes sociales, me subiré a las alas de la wikipedia y volaré y llegaré a páginas que nunca soñé encontrar y estarán ahí y se me acabará la batería y me sentiré frustrada de no haber hecho una cosa ni otra. Dejo internet. Me concentro en mi novela. ¿Novela? ¿A eso le llamas novela? Ni siquiera es un cuento. El personaje no es fuerte, no está bien definidos. Hace aguas. El viento se me ha metido dentro. Sopla. No me deja oír ni pensar. Me levanto y echo un vistazo en la estantería de las novelas. Quisiera leerlas todas. O casi todas. Me detengo en Borges. Me lo llevo a la mesa. Abro el libro por varias partes. Ninguna enciende el interruptor de mi imaginación. A veces es sólo un clip. Lo aprieto y funciona. Suelto a Borges. Cojo a Calvinho. Parece que esta vez sí. Funciona. Una página al azar, con los ojos cerrados. Invoco a Italo y le pido que me dé algo sobre lo que escribir. Hoy no es día para novelas. Surge un personaje. Y otro. Otro más. Tres personajes y varios secundarios, más bien extras, gente de paso, por el hall de un hotel. Él se llama Diego. O Jack. O Diego. Debo decidirlo. ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Por qué está ahí? ¿Quién lo sigue con la mirada? Ahora estamos en el ascensor. Subimos a la cuarta planta. La moqueta es roja. Sobre las paredes hay cientos de cuadros con imágenes de monumentos famosos. He visitado muchos. Me paro delante del Coliseo y de repente sé que volveré y que esta vez podré visitar la zona que más me intriga. Ahora está abierta al público. Podré ver las mazmorras. Se me acaba la batería. Apago el ordenador. He estado más de hora y media concentrada. Todo un logro cuando el tiempo sobra y casi siempre se carece de él.
Devuelvo a Calvinho a su estantería y hago un tour por poesía, por geografía, literatura y me paro en filosofía. Leo algunas portadas. Vuelvo a la zona de literatura. Me llevo conmigo tres libros. Uno es un simple índice de autores. Busco a Jane Austen. La encuentro. Dice poco sobre ella. Abro el siguiente libro. Es un manual de Instituto. El otro es el mismo, con otra portada. Aburrido. Los devuelvo. Una chica tose desemesuradamente sobre sus apuntes. Coge un pañuelo y estornuda tantas veces que pierdo la cuenta. Sale a la calle. Desde dentro aún se la oye. Tose. Tose. Tose. Vuelvo a las estanterías de novela. Virginia Woolf. Al Faro. Me lo llevo a la mesa. Me pregunto por qué es Al Faro y no El Faro. Debería leerlo al completo y no hojearlo. La bibliotecaria me dice que puedo llevarme el libro. 15 días máximo. Suelto a Woolf. Me voy a la sección de revistas y cojo tres. Una de Historia, que habla del Coliseo. La Muy interesante que habla de la suerte y la inteligencia y por último el Lecturas, que trae a Belén Esteban en su portada. Al parecer ha estado en Londres. Londres, eso es lo que me llama la atención. Quiero ver las fotos y volver un poco allí. Me reencuentro con Oxford Street, con Westminster, con Charing Cross, Leicester Sq. y Picadilly. La Esteban está en todas las fotos, pero yo no la veo. Es invisible. Ni quiero ni me interesa verla. Uso el photoshop que llevo incorporado de serie y veo sólo lo que quiero ver: Londres.
Es mediodía. Tengo que llevarme un libro. El carnet estará listo mañana. Difícil escoger un libro entre tantos, es como escoger a un compañero de vida entre todos los hombres de la Humanidad. Al menos el libro puedo devolverlo en 15 días, me satisfaga o no. Dudo. Reculo. Escojo. Suelto. Vuelvo a soltar. Vuelvo a coger. Escojo de nuevo. Al final aparece uno de Anagrama. Hace 5 años que nadie se lo lleva a casa. Patricia Highsmith. No he leído mucho de ella. Título: Catástrofes. El título me sugiere un montón de ideas, un montón de imágenes. Leo la contraportada:
Patricia Highsmith afirma que se divirtió escribiendo estos relatos y podemos decir que esto se nota. Eso quisiera yo, escribir muchos relatos y divertirme con ellos. En Catástrofes, la maestra de las atmósferas ominosas abandona los laberintos del suspense sutirl y se dedica a una literatura de trazos más gruesos, de un humor negro y esperpéntico, a medio camino entre la novela gótica y la sátira ecológica. Tras varias preguntas que lanzan al aire del lector, Gore Vidal, en la contraportada afirma qeu esta escritora es de las más interesantes de este siglo tan deprimente.
Los relatos de Catástrofe son originales, incómodos y perversos. Be´llísimas parábolas portadoras de una terrible lógica. Justo lo que necesito. Catástrofe se viene a casa. Unas vacaciones que compartiremos juntas Catástrofe y yo.
Salgo de la biblioteca sin mi carnet, con Catástrofe en el bolso y el viento jugueteando nuevamente con mi pelo. Es un secador de pelo gigantesco, que lanza aire hacia todos lados y nos peina a su antojo.
Los niños comienzan a salir del colegio. No oigo sirenas. Ni siquiera de ambulancias, policía o bomberos. Atravieso un parque infantil aún solitario. Ni niños ni abuelos. El viento trata de arrancar los árboles, se lleva sólo sus hojas, de momento. Amenaza con volver. Insiste. Me pongo la capucha. Me encuentro con un familiar. Saludo.
¿Estás de vacaciones?
Sí.
¿Has estado de viaje esta vez?
¿Dónde?
En la Biblioteca.
Risas.
¿Por qué? ¿Acaso no lo es? Un gran viaje con paradas en tantos sitios de ensueño...
Pero irás a algún sitio. Seguro. Tú aprovechas siempre bien tus vacaciones.
Es cierto. Voy a Madrid. A una Feria literaria.
Ah.
El viento deja de soplar cuando llego al portal de mi casa. El sol se cuela entre mis pestañas y me deslumbra y engurruño los ojos y de lejos, parezco asiática.


Hola
Las dos y cuarto.




I.M.G.