viernes, 3 de diciembre de 2010

Despistes frecuentes

Mis orejas son un semáfaro en ámbar. Parpadean. Mis mejillas, rojas. El tono de mi piel verde, como el de un lagarto. Ahora se ha vuelto blanco. También mis mejillas. Las orejas siguen en ámbar.
Un nuevo despiste. Un nuevo equívoco. Una nueva "fatiguita".
¿No os ha pasado nunca eso de enviarle un mensaje a quien no correspondía? A mí me pasa con frecuencia, a veces creo que es estacional, pues en primavera me ocurre más. Será que ando más despistada, contando margaritas, versos o alas de mariposas. No sé.
Si estoy nerviosa, malo, el mensaje nunca va a su destinatario. Si pienso en alguien, aunque el mensaje no sea para esa persona, a esa persona le llega.
Si tengo que tener cuidado de no reenviar algo a alguien en concreto o a una multitud, sin duda alguna ese reenvío llega a todo el que no debe llegar.
Así soy yo. A veces. No siempre. Sobre todo en primavera.
Tengo varios sms devueltos en la bandeja de entrada de mi móvil: Creo que te has equivocado.
He tenido que crear una plantilla para responderles: Lo siento. Gracias. Marqué corriendo. Besos.
La mayoría de las veces son cosas sin importancia, recados simples, mensajes que todos escribimos a diario a nuestros amigos, conocidos o familiares, pero otras veces, esas que hay que tener más cuidado, la cosa en caso de error, se puede complicar. Y sí, claro, a mí también me ha pasado. Hoy me ha pasado. Y no es primavera. Y ni siquiera tengo los dedos engarrotados por el frío, que sería la excusa perfecta del invierno. También me pasó una vez, hace años, en uno de mis anteriores trabajos, con el "winpopup", ¿alguien recuerda esa especie de chat que conectaba a los usuarios de los ordenadores de una misma empresa? Sí, también tuve problemas con el winpopup.
Imaginaos un chico alto, moreno, guapo, simpático, gaditano, con una camisa azul y unos vaqueros, cruzando la oficina de lado a lado, sonriéndome al pasar, invitándome con un gesto a entrar en ese chat privado, en hora de trabajo. Por supuesto me conecté. Su mesa se encontraba detrás de la mía, pero unos diez metros nos separaban. Comenzamos a chatear. Que si qué tal llevas la mañana, que si cual, que si "Pascual", y por otro lado, a la vez, le iba comentando a mi compañera también por el winpopup lo que iba hablando con él. Las dos montábamos una historia paralela sobre lo que hablábamos él y yo. Finalmente ocurrió lo que tenía que ocurrir: Se cruzaron los mensajes. Aún cambio de color al recordarlo. Roja. Blanca. Roja otra vez. Las orejas hirviendo, los carrillos también. Un leve temblar en los labios. Mi compañera riéndose y diciendo: no puede ser, no puede ser, no puede ser.
Un mensaje de él: Tranquila, no pasa nada.
El final de la historia es cosa nuestras. Aún somos amigos, por si existe esa curiosidad, aunque cada cual vive su vida. Eso sí, nos saludamos por las redes sociales y siempre que recordamos aquel capítulo, nos reímos. Y sí, el semáforo de mis mejillas está en rojo. Siempre.
También he sido destinataria de errores de otros. Una vez tuve que contestar a una compañera que le escribia a otra, recién llegada yo a otra empresa: No, no me gusta ese chico. Tranquila. No es mi tipo.
Hoy me ha sucedido y de nuevo en el trabajo. Prometo que estaba haciendo pagarés tan tranquila. Nada de ocio, al menos en el momento de lo sucedido. Recibo un correo de la chica de centralita en el que se nos pregunta por las vacaciones navideñas. Tema bastante tenso en el lugar en el que me muevo laboralmente hablando. Se me ocurre responder al instante. Soy impulsiva para todo. Para todo. Si no hay que llamar: yo llamo. Si no debería mandar un sms o un mail: yo lo hago. Y luego: arrepentimiento o comedera de tarro.
Sí. Esa soy yo. A veces. Sobre todo en primavera.
Total, que respondí, llevada por ímpetu que a veces poseo.
Y respondí: Qué más quisiéramos... saber si tenemos O.O
Hasta ahí normal. Normal si sólo le hubiera respondido a la chica de centralita, claro. Le di a Responder a todos. Las cosas no están como para bromear sobre este tema ni sobre ningún otro, en mi empresa. Responder a todos quiero decir A TODOS: jefes, jefazos, gran jefe, mi propia jefa de departamento, compañeros de cada uno de los y pico departamentos que aquí co-existen, encargados, jefes de obras, gente de Sevilla and so on. Y es más, mis correos me devuelven otro diciendo quién los ha leido.
En fin... que tuve que enviar otro, una respuesta, no de las que guardo en el móvil en las plantillas. Aquí lo terminé de estropear:
Es bromaaaaaa!!! Felices Fiestas a todos y Feliz Puente!!! Un beso.
Con este mensaje en realidad estaba diciendo: joder, me he equivocado, ¿cómo arreglo esto?
Las luces de mi cara siguen intermitentes. Mis orejas aún hierven. Los dedos me tiemblan. Tengo la sonrisa tonta. Y espero la llamada de alguien que reprima por este correo o me envíe directamente a personal. Por supuesto el jefe de personal también ha recibido mi correo, claro.
Al final, por una o por otra, siempre me juego algo.
Perdonadme si mi despiste llega a vuestra bandeja de entrada, sea la que sea.

Son las tres, cierro el chiringuito. Mi mal rato y yo nos vamos de puente.

FELIZ PUENTE A TODOS!!!!


I.M.G.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Soy feliz cuando te recuerdo

Soy feliz cuando te recuerdo.
Hace unos días me encontré esta frase enmedio de una gran parrafada. Estaba leyendo un artículo literario en una revista digital. No sé si era el título de un libro o de un poema o tal vez de una canción, pero la repetí en voz alta, pausadamente. Soy feliz cuando te recuerdo.

Seguí con mi monotonía contable y dejé la frase aparcada en un block de notas de tapas blandas. Rojas. Conciliación bancaria. Presupuestos. IVA. Toda una mañana de asientos maratonianos y cierres. Y después la frase: Soy feliz cuando te recuerdo. ¿Quién me hace feliz cuando lo/la recuerdo? Y se me aparece una cara. Y luego otra. Y una sonrisa. Y unos ojos. Y una voz. Y una carcajada. Y una canción. Y una frase. Y una mala pronunciación de mi nombre. Y una risa suspendida en el tiempo, en el aire, en la vida. Y tú. También te me apareces tú.

Y en un naufragio de números me agarro al salvavidas literario de nuevo, justo antes de que suene la campana, justo antes de la hora de comer, y entro al blog de Enrique Páez siguiendo no sé qué instinto y buscando no sé qué cosa para evadirme de cierto hastío numérico y ahí está de repente esa entrada que me dice: Soy feliz. Y la recorro con ojillos hambrientos, de arriba a abajo y de lado a lado, y sonrío y te recuerdo y asiento y añado: Yo también.

He aprendido a obviar. Obvio. Obvio lo malo. Lo extraño. Aquellos recuerdos que no son tú. Aquellas tristezas en las que también podría encontrarte. Aquellos días en que no te conocía. Obvio lo que no me hace feliz cuando te recuerdo. Olvido. Obvio.

Releo la entrada de Páez y comparto la certeza, el descubrimiento, la epifanía: Soy feliz.

Un jefe malhumorado aparece por la puerta, resopla como un huracán, despeina las mesas, vocifera como un barco encallado, y se hunde y resurge y la luz del faro lo señala y lo traspasa y yo soy feliz. Soy feliz porque no me importa. Porque este momento, sentada en una mesa de oficina no soy yo. Soy mucho más que esto. Y entonces te recuerdo. Y soy feliz de nuevo. Aquí. Sentada.

A veces siento que tengo que marcharme, que tengo que volver, que he de retroceder, que en la esquina de aquel viaje un puente se rompió y dejó que el río se lo llevara, pero luego amanece y el puente sigue allí, tan firme como el de Carlos, con la catedral San Vito al fondo. Y vuelvo a Praga. Y sigo adelante. Y soy feliz.

Y te encuentro en cada esquina de este blog y en las sutilezas de los que leo. Y cuento una fila de dientes blancos, de leche, que escuchan ecos de primeras palabras. Y recuento fotografías, una tras otra, en papel, en formato digital, en la cámara, aún sin volcar. Y repaso mi armario: abrigos largos, cortos, bufandas, cajas llenas de Christmas, y de cartas recibidas y de cartas no enviadas, y de diarios de un ayer y otro y otro. Y en los cajones, entre los pijamas, un cuaderno en blanco, un dado de madera con olor a fresa que responde a mis preguntas: Sí. No. No sé.

Un regalo tras otro. Cumpleaños. Santos. Navidad. Reyes. Un día cualquiera.

Tus ojos mirándome y diciéndome todo eso que los labios no me cuentan.

Una estantería llena de libros. Un coche azul polar. Una ventana abierta. Un viaje. Una excursión. Una boda. Un funeral. Una película. Lágrimas. Las primeras palabras. Ica. Ziza. Tita. Lela. Mamá. Papá. ¿Vale? Vale.

Una bicicleta. Unos patines. Un globo azul que se eleva. Se eleva. Explota. Lluvia de confetti. Campanadas de Año Nuevo. Deseos. Y apareces tú.

Y soy feliz cuando te recuerdo. Soy feliz cuando te vivo.

Y tu mano aprieta con firmeza uno de mis dedos. No me suelta. Tu altura no sobrepasa mis rodillas. Y tus ojos me miran desde arriba. Y tu sonrisa evoca, frente a frente, la mía.

Y no me dices que me quieres, pero lo piensas. Y no nos vemos desde hace tanto.

Y nos vemos a diario.

Tú tan alto. Tú tan bajita. Tú tan cariñoso. Tú tan lista.

Tú tan cerca. Tú tan lejos. Tú aquí y ahora.

Tú con bata blanca. Tú con babero de jardín de infancia. Tú con vestido. Tú con vaqueros.

Tú con tus rizos.Tú con tus babas.

Tú con tu pelaje blanco y negro.

Tú con ese andar inquieto.

Tú con tus ojos claros.Tú con tu mirada oscura.

Tú con todo lo que dices y con todo lo que callas.

Tú que te dejaste apretar la mano y que no te despediste.

Tú que siempre estás conmigo.

Tú que te manchas la pechera al comer.

Tú que presumes frente al espejo.

Tú que eres feliz cuando me recuerdas.

Tú.

Y montones de papeles se acumulan en mi mesa, infinitos números esperan ser introducidos en una hoja de cálculo, esperan que opere con ellos, que encuentre la fórmula perfecta, que los asiente en un programa contable. Y recibo una llamada y la contabilidad se impacienta.

Series. Canciones. Conciertos. Playa. Campo. Columpios. Chorraeras. Juguetes. Guantes marrones. Videos. Un LP. Una guardería. Una cocina. Una salita. Una estufa. Un musical. Una oficina frente al puerto. Un trivial sobre el suelo de una habitación y varias caras atentas al dado. Sale el rosa: Espectáculos.

Le doy al intro e introduzco la clave. The Show must go on.

Soy feliz cuando te recuerdo.

Soy feliz.

I.M.G.

martes, 30 de noviembre de 2010

Festival Eñe (12-13Nov.Madrid) 6ª Parte

Mis compañeras se habían marchado al cara a cara que mantuvieron Juan José Armas Marcelo y Jorge Eduardo Benavides, sobre Vargas Llosa y otras pasiones. Yo me quedé en el hall de la librería, charlando con Pablo sobre "Culturamas", y alguna otra cosa literaria, entre ellas nuestro librito. Le regalé uno, claro. ¿Lo has leido Pablo? No hay prisa. Entonces, ¿lo has leído? (Risas). No, no hay prisa. En serio. Nos despedimos. Dos besos.

Subí a la quinta planta a esperar a Loli y a María. Aproveché el momento para hacer una llamada y contarle a una de mis mejores amigas mis vivencias madrileñas de las últimas 24 horas. Aproveché además para hacer alguna foto de Madrid desde uno de los ventanales del Círculo de Bellas Artes. Cuando la gente sale de la sala, mis compañeras no están allí. Sin ninguna conferencia a punto de empezar y con tiempo libre de por medio, aprovecho para acercarme a la exposición de Anagrama en la 4ª planta.

40 años de Anagrama.




Anagrama ha publicado más de 2500 títulos, desde su fundación en 1969, entre novela y ensayo. Ha localizado nuevas voces, ha rescatado clásicos del pasado siglo, etc. Una tiene muchos sueños, Anagrama tiene un lugar en ellos, sin duda.







Recorro los títulos que cuelgan de la pared. He leído algunos. Otros me los anoto. Otros los desconozco. Otros me seducen. El resto quedan pendientes. Al fondo de la sala se exhiben documentos históricos de la historia de esta editorial. Fotografío sólo cuatro:



1. Una carta mecanografiada de Tom Wolfe, dibujo incluido, fechada en 1983 y que comienza así: Dear Sr. Herralde, ¿quién teme al Bauhaus feroz? looks marvellous!


2. Una carta, escrita a mano, de Paul Auster fechada en Sept´12. 04. Comienza así: Dear Jorge, just a word to say thanks for your recient cards...


3. Una carta escrita por Patricia Highsmith, (firma como Pat Highsmith), escrita en papel del hotel Wellington de Madrid el 23 de septiembre de 1983, con letra irregular en la que puede leerse, tras agradecer la hospitalidad y amistad de Jorge, el nombre de nuestro país escrito en español e inglés: España! Spain!


4. Una carta mecanografiada, del director general de cultura popular y espectáculos fechada en el año 1971 en la que se le comunica que no es aconsejable la edición de la obra titulada: Palabras en la Habana.


A todos estos documentos le siguen unas frases escritas en un mural:


Proyecto editorial: debe ser coherente, reconocible,
riguroso, sin llegar a un estéril rigor mortis intentando imponer autores o
líneas de pensamiento, pero sin empecinarse en vías muertas.


¿Cómo editar? No hay otra receta que el entusiasmo, la
resistencia y el rigor.


Las librerías son fundamentales para la salud de un
país.


Catálogo como radiografía inapelable de una trayectoria
editorial, más allá de deseos y fantasías.


Y para finalizar la exposición, cientos de fotografías de distintos autores publicados en Anagrama. Yo me fijo en una que me llama la atención de lejos. Me acerco y sonrío. Click. Hago la foto a la foto.






Andrés Neuman y Marcos Giralt Torrente.



Vuelvo al hall de la segunda planta, a la librería. Me acerco al rincón donde se encuentra José María Merino, que nada tiene que ver conmigo más que el apellido. Tal vez algún antepasado común, quién sabe. José María está en "Letras de Plomo", imprenta de tipos metálicos. Un artesano, no encuentro mejor palabra para llamarlo después de la demostración que hizo de su maestría con la imprenta, me regaló un borrador impreso de José María Merino y después, una vez aprobado el borrador, un microcuento del mismo autor. Me mostraron cómo montan una a una las letras del texto, cómo existen varios tipos de espacio y cómo es la dedicación a este oficio. Fue una experiencia bastante gratificante asistir a esta demostración y ver cómo trabajan estos artesanos de las letras.


A las 14:30, en el bar, junto al hall donde yo me encontraba, comenzó la Cata literaria. Mauricio Wiesenthal en la lectura de textos y Telmo Rodríguez que buscaba el mejor maridaje posible con los textos intercarlos entre sorbo y sorbo. Vino y literatura. Dos placeres totalmente compatibles. Telmo levanta la copa y muestra un vino color escarlata. Los camareros sirven al público. Uno de ellos me trae una copa, grande, con el mismo vino que Telmo comenta. Minutos antes ha hablado del vino de Málaga, del vino dulce, del moscatel, de nuestras uvas. Hubiera preferido esa cata. Soy de vino dulce y de ningún otro. En esto me considero muy malagueña. Pruebo el vino escarlata. Creo que es del norte. Telmo nos habla de su origen mientras yo mojo los labios y lo saboreo y pongo esa misma cara que ponía cuando tomaba jarabe de niña. Observo a la gente disfrutarlo, saborearlo, olerlo, mecerlo en la copa... yo sólo busco un hueco para esconderme y poder soltarla. No me gusta el vino. Lo confieso. Mi paladar sólo admite cosas dulces. Y este vino no lo es.

Al fin aparecen mis compañeras. Le cedo la copa a Loli. La huele, la mece, la saborea. ¡Buenísmo! -exclama. Y yo quisiera haberlo disfrutado así, pero me resulta imposible. Se lo regalo. Lo agradece. Nos dirigimos a la firma de libros de Ricardo Menéndez Salmón. Loli y María vienen de su conferencia con Manuel Calderón, director de cultura del diario La Razón. Ricardo firma ejemplares. Nuestro librito, álbum de familia, está sobre la mesa. Loli se lo ha regalado. Ahora busca una copa para él, pero ya han dejado de servir vino. Nos despedimos. En un par de semanas estará en Málaga. Loli irá a verlo. Yo estaré trabajando. Prefiero no pensarlo. Disfruto de mis vacaciones, que a punto están de expirar.

Son las 15:30. Aún no hemos comido. Buscamos un sitio cercano. "Los Pinchitos". El bar está vacío, nos sirven rápido. Tres hombres dentro de la barra. Nos sirven una tapa, nos ofrecen lotería y nos ponen de comer en un plis plas. Sándwich y bocatas, no hay tiempo de más. A las 16h en el salón Fernando de Rojas nos espera Almudena Grandes. Ninguna somos grandes fans, pero no queremos perdérnosla. María no protestes. Al final fuímos las tres. Me encuentro de nuevo con Pablo. Se ha quedado sin redactora. Almudena es su última conferencia. Le pregunto si no se quedará a la de Neuman. Dice que no. Nos despedimos. Hasta pronto. Sonrisas.

La conferencias podría haberse llamado como una sección de revista o radio: "Pregúntale a Almudena". Tanto el público presente como el público que había enviado sus preguntas a través de la página web, se dedicaron a preguntar a Almudena por sus libros, su manera de escribir, sus manías o la época en que transcurren sus novelas. Era la primera vez que veía a Almudena en persona. La primera vez que acudía a una de sus conferencias. Confieso además que no me he leído ninguno de sus libros. Quiero salir de la conferencia, como salí de la de Espido, convencida de que quiero leer sus libros. Todos. Comienza diciendo que al principio escribía por donde la escritura la llevara. Soía llevar un cuaderno y anotaba alguna ocurrencia en él, pero más tarde trabajó con los cuadernos de manera sistemática. Con cada novela, confiesa, empieza un cuaderno. En él escribe la historia de los personajes, sus peripecias, los hechos que unen unos con otros, la estructura de la novela, etc. Cuando tiene la estructura resuelta, sólo en ese momento empieza a escribir. El cuaderno la acompaña todo el libro. Desde el cuaderno la historia se ve de lejos y aunque no cambie la idea de la novela, sí hay opción de cambiar alguna cosa, como por ejemplo algún personaje que era débil se vuelve fuerte o viceversa.

Almudena dice que generalmente escribe lo que quiere escribir. Cuando escribo soy Dios, dice, y no se me amotinan los personajes. Hacen lo que yo quiero. Hubo un tiempo en el que se me amotinaban, pero ya no me ocurre, prosigue. Después nos suelta una frase de Tolstoi, de Guerra y Paz: Muchas veces las batallas las deciden las cosas pequeñas.

- Tolstoi también decía que en una novela el estilo más vale que sea limpio que brillante -señala.

- Los novelistas del siglo XIX eran los que sabían, lo más sabios, los maestros del género, pero yo me ciño a Benito Pérez Galdós. Es el segundo escritor, tras Cervantes, más importante de la narrativa española.

- Olvidar es conocer.

- La literatura ayuda a conocer un proceso histórico determinado porque genera una emoción y una implicación del lector que un libro de historia.

Almudena habla segura. Su voz es grave. Alta. Grande. En sus novelas siempre aparece la historia contemporánea, aunque ella estudió prehistoria, la temática de la guerra civil es recurrente en sus últimas novelas. Se trata de una serie de seis, pero no se siguen. En una de las novelas un personaje secundario o que se nombra, puede ser protagonista en otra de sus novelas, por ejemplo. Alguien le pregunta por el Sahara y la conversación se vuelve seria y el público aplaude. Yo me dedico a firmarle nuestro librito por si tengo ocasión de dárselo. Intuyo que con ella no habrá foto.

- No se puede hablar de cine en literatura. Hay que hablar de películas y novelas -responde a la pregunta de alguien. Después comenta que no le gustó Las edades de Lulú en el cine. La visión que hizo Bigas no coincide ni con ella ni con su novela. Se va a pensar mucho vender sus derechos al cine y jamás se los venderá a un productor. Tal vez a un director o a un actor, pero a un productor jamás.

Alguien le pregunta quién lee los borradores de sus novelas. Ella contesta que mientras escribe no deja que lo lea nadie. Cuando la termina se la da a su marido y luego tiene varios filtros, entre ellos su editor que le da su opinión de lector, su hermana y su tía Lola. Todos buenos lectores, pero con distinta relación para con ella. Hasta que no recibe impresiones de ese grupo no se atreve a corregir. En la primera corrección apenas corrige nada. La deja descansar 3 meses y entonces corrigeun 20% y luego hay otra especie de comité, su amigo Chus que es poeta y otros amigos. Y entonces hace una tercera corrección.

- Escribo sólo una versión -responde a otra pregunta- empiezo en orden desde la primera página hasta la última. Si no encuentro una palabra me paro y no sigo hasta encontrarla. Escribo una media de 6 horas al día y produzco poco, apenas folio y medio si tengo un buen día. Al final de la novela trabajo unas once horas y escribo diez folios. Fumo y relee. Siempre releo desde el punto anterior y corrijo, corrijo y corrijo mientras escribo y eso forma parte de mi jornada laboral, el reescribir.

- Mis primeros cinco libros, 4 novelas y 1 libro de cuentos no se parecían en nada, pero con el tiempo me he dado cuenta de que contaban parte de la misma historia. Me dedique´ pues a escribir sobre mi generación. Cuando no tuve más que contar, paré. Los aires difíciles es la bisagra en que se puede doblar mi obra por la mitad.

- La fuente de inspiración de todo autor es la memoria -Con esta frase finaliza la conferencia.

Me cruzo con Almudena por el hall de la librería, nada más salir, antes de que la entrevisten y le regalo álbum de familia. Lo acepta encantada. La entrevistan y yo espero mi turno para que me firme Inés y la alegría, para un amigo de María, de Argentina. María y Loli se salieron antes de que finalizara la conferencia. Habían quedado con un amigo. Almudena toma asiento. Soy la tercera en la cola. Deja álbum de familia a su lado y comienza a firmar. Detrás mía se forma una cola. Cuando va a firmarme el libro me saluda y señala nuestro librito y sonríe. Comenta que en Argentina también se ha publicado su libro. Vuelve a agradecerme el regalo del librito. Nos despedimos.



Almudena Grandes


Aún falta un rato para la próxima conferencia, así que me dedico a vagabundear por el hall de la librería. Entro al servicio. Anoto frases. Me siento. Me levanto. Me paseo por el bar. Vuelvo al servicio a refrescarme las manos. Salgo. Tropiezo de frente con una muchacha de ojos vivos y sonrisa serena. Pelo oscuro.

- ¡Espido! -exclamo emocionada.



Continuará...




I.M.G.



Nota: Fotos propiedad de I. Merino González.































































domingo, 28 de noviembre de 2010

Festival Eñe (12-13Nov.Madrid) 5ª Parte

Sábado 13 de noviembre. Madrid amaneció con el cielo cubierto de nubarrones curiosos, sin ánimo de descarga, pero sólidos y nada huidizos. Quietos. Con el viento a su favor. Eran las 9 y media cuando cruzamos una calle Alcalá silenciosa, vacía, serena. Sin coches.




Llegamos al Hotel de las Letras, en Gran Vía y dimos nuestro nombre. Estábamos en la lista. Subimos las escaleras admirando los azulejos de colores y las pinturas de las paredes. Paramos a hacer alguna foto. En la primera planta tenía lugar el desayuno buffet de los escritores, ponentes, lectores, público y organizadores del festival Eñe. Buscamos un hueco en una de las mesas a compartir. Un poeta leía en voz alta. Un pianista tocaba. Unas mesas redondas exhibían las exquisiteces del desayuno. No vimos a ningún escritor conocido. Por las enormes cristaleras vimos el despertar dominical de la Gran Vía. Minutos más tarde, paseábamos por ella hasta la Plaza de Callao, donde en un conocido centro comercial adquirimos algún libro. De vuelta, ya en sentido contrario, nos encontramos con una cola paralizadora. Paralizadora porque quien pasaba ante ella se paraba para tratar de averiguar dónde comenzaba y dónde terminaba y qué nos perdíamos el resto de viandantes para no acoplarnos a ella. La cosa resultó sencilla: Doña Manolita. Administración de Lotería. Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, habría pensado que se trataba de alguna argucia publicitaria del establecimiento.

En esta foto se puede ver sólo parte de esa larga cola o fila india o como se le quiera llamar. El principio de la cola estaba en Doña Manolita, el fin no se veía, probablemente llegaba hasta Sol. ¿Exageración? Tal vez, pero seguro que a mediodía podría llegar hasta allí. Eran sólo las 10 y pico de la mañana de un domingo fresquete y sin sol y allí estaba toda aquella gente, dependiente de su ilusión.

Nos paramos a conversar con un lotero ambulante que vendía en la puerta de Doña Manolita, llamado José. Vendía números de la propia administración, en su misma puerta, por tan sólo dos euros más, pero la gente prefería aguardar la cola. Extraña superstición la de la gente. Eso pensé. Loli y yo le compramos a José mientras él nos contaba el tiempo que pasó en Andalucía viviendo y nos deseaba la mayor de las suertes. La primera conferencia de la mañana era a las 11:30 y si seguíamos la charla con el pizpireto José, se planteaba seria la puntualidad a la misma.


Nos despedimos prometiendo volver si éramos agraciadas con los números que escogimos. Compramos uno para nosotras y otro diferente para nuestro grupo puntoyseguido. Al final todos le damos una oportunidad a la suerte y de alguna manera creemos en ella. Cuando nos falla, en el sentido más material, nos apoyamos en la que nos acompaña, en la cotidiana y al final nos encontramos felices con lo que tenemos. Qué suerte.

Cuando pasamos por delante del Hotel de las Letras nos encontramos a Garriga Vela y a Juan Bonilla, ordenadores en manos, peinados, acicalados, despidiéndose de Madrid y de paso de nosotras. Nos preguntan por el desayuno y le contamos. Reímos. Nos comentan que ya se marchan. Nos lamentamos. Garriga me deja un mensaje para Andrés Neuman. La conferencia de Andrés es la última, a medianoche, hora de brujos. Él nos tiene preparado un numerito que hace gala de esas horas. Nos despedimos de Garriga y de Juan y de camino al Círculo de Bellas Artes comentamos qué fácil debe ser, a veces, ser hombre. Nuestras maletas están a tope, con más ropa que si fuésemos a estar una semana en Madrid, los "porsis" se han venido con nosotras. Los hombre, en este caso Garriga y Juan, no llevan ningún "porsi" a cuestas. Su equipaje lo llevan en los bolsillos. El nuestro viaja sobre ruedas y aún así, pesa. Y mucho.


Llegamos al Círculo de Bellas Artes con la conferencia de Isabel Muñoz empezada. Sala Fernando de Rojas. 2ªPlanta. Nuestra compañera María nos espera allí. Isabel Muñoz y Doménico Chiappe hablarán del magnífico trabajo fotográfico de Isabel. que es dueña de un lenguaje visual único con el que ha irrumpido tanto en la fotografía artística como en el reportaje periodístico. Doménico y ella charlan sobre el oficio, los viajes, el testimonio y el compromiso. Detrás de ellos, en una gran pantalla, se exhiben distintos trabajos de la artista.


Isabel habla de sus fotografías, de los peligros que la han acechado en algunos destinos no recomendables, en la naturalidad de la gente de calle que ha posado para ella, de los desnudos, de las sonrisas, de los sueños. Y cuando dice sueños me viene a la mente uno de los que he tenido esta noche. Me pongo a escribir sobre él, a oscuras, en plena conferencia. Creo en mis sueños. Tienen parte de realidad. A veces me avisan de algo, pero sólo me ocurre con gente muy especial para mí. Esta ha sido una de esas noches. Me planteo llamar a esta persona. Es muy importante para mí. El móvil están en silencio. La sala llena de gente. La voz de Isabel es pausada, aterciopelada, dulce. Recreo el sueño en mi mente mientras se suceden una tras otra una serie de fotografías de un poblado africano. El sueño ha sido bueno, bonito. No hay que molestar a la felicidad. Que esté bien es lo importante y el sueño me dice que lo está. Eso me tranquiliza. Apago el móvil. Sonrío. Puedo verla sonreír. Sigo oyendo a Isabel.

Cuando la conferencia termina salimos a la zona de la librería y deambulamos por allí hasta que me encuentro con Isabel, a la que se acercan a saludar. Me acerco a darle un libro de álbum de familia y lo acoge encantada. Me pide que la siga, para hacernos una foto. Entra en la zona de libros, donde firman los autores. Una responsable de la organización me para, Isabel le dice que voy con ella. Me dejan pasar. Justo antes de sentarse a firmar su libro Obras Maestras, donde aparecen muchas de las fotografías que hemos visto en la conferencia, nos hacemos una fotos. Charlamos de algo poco trascendental. Sonreímos y nos despedimos con dos besos. Es de esas personas que cuando te hablan, te tranquilizan, te dan paz.

12:30. Sala Fernando de Rojas. Esther y Óscar Tusquets. Un mano a mano literario.
Los hermanos Tusquets cambiaron el panorama editorial de la España de los sesenta y fundaron Lumen y Tusquets. Hoy querían trazarnos un mapa del mundo y la escritura. Entro en la conferencia acordándome de mi amigo y compañero Pedro Rojano. Me ha señalado, que especialmente esta conferencia no debo perdérmela, ni la ocasión de regalarle un libro a los Tusquets. Tomo asiento en mitad del patio de butacas. Me llama la atención la edad de los hermanos, sobre todo la de Esther. Es una abuela, pienso, una abuela seria. Al final de la jornada pienso, es una abuela que ha vivido, una mujer que ha luchado, una abanderada, una abuela entrañable y socarrona, viva, con tantas historias que contar. Me pasaría horas oyéndola. Óscar no es menos atrevido que su hermana. Se lanzan quejas, recuerdos, chismes, rememoran, ríen, se piropean. Justo lo que hacen dos hermanos que se quieren, cuando tienen que hablar uno del otro.



Al principio me cuesta un poco entenderlos, tienen marcado acento catalán, luego se difumina y castellaniza o tal vez mis oídos se acostumbran a oírlos. Hablan de la España de los cincuenta, sesenta y setenta, de la literatura de entonces, de las editoriales de entonces. Y yo pienso que estoy muy verde y que tengo mucho que aprender. Tantos años dedicada a las ciencias me ha hecho perder mucho mundo literario. A veces pienso que he llegado muy tarde a "esto", pero es lo que quería. Es aquí donde quiero estar. Aquí y ahora. Sigue la conferencia. Los hermanos cuentan cómo partieron de cero en el tema editorial y cómo la ingenuidad al comienzo marcó sus pasos en este mundillo. Surgen en sus memorias, y así nos transmiten, las primeras ilustraciones, las primeras fotografías que les dio la idea del libro donde la fotografía y el texto ruvieran la misma importancia. Se mostraron muy interesados en sus comienzos por Vargas Llosa, Cela, etc. Óscar arropa a Esther con un bonito gesto de hermano. Ambos se interrumpen al hablar. Las anécdotas se suceden una tras otra. El público ríe divertido. Yo río también.

Comentan que el mundo literario ha cambiado tanto como el arquitectónico. Cuentan cómo en sus comienzos quisieron editar un libro de Samuel Becket y justo enmedio de las negociaciones le dieron el Nobel. Redactaron nuevos acuerdos y cambiaron las condiciones de contratación ya que ahora la puja por él sería importante. El editor de Becket les dijo que todo seguía como antes del Nobel, porque la literatura de Becket no había cambiado. Esto ahora es impensable, dijeron. Entonces, se sintieron horteras. Samuel Becket no le dio ninguna importancia al Nobel. Un tío antisistema y el sistema premia a los antisistemas. Esther interviene para decir que tiene la disciplina de leer poco los periódicos. Se hablan entre ellos, sin mirar apenas al público. ESther interviene lo justo, pero cuando lo hace, el público ríe. Es seria, con un humor peculiar. De repente me acuerdo del humorista Eugenio. Sólo tienen en común el catalán, pero también era un serio que hacía reír. Esther es cínica. Dice que el halago es contranatura en Cataluña y que lo que está bien no hace falta decirlo porque ya se sabe.

Óscar dice que la mayoría de los libros de Esther son autobiográficos. Ha explicado sus vivencias, la de sus amigos, familiares o conocidos. Un escritor hace eso por regla general, comenta. Esther dice que un autor no está en el argumento de su obra si no en su coma. Dice que es muy perezosa para documentarse y hacer ficheros. Me da pereza, dice, y miedo de esqcribir sobre algo que no conozco. Un autor está mucho más en sus novelas que en sus biografías. Por eso prefiere mil veces la ficción a la biografía. Cuando cuentas una anécdota una y otra vez del pasado, la conviertes en historia y ya se puede contar en un libro. Mi hermano, dice, acabará escribiendo ficción. La gente, prosigue, confunde intimidad con sexualidad. La intimidad es una cosa distinta a contar con qué señor te has acostado. Ahora estoy entusiasmanda con la escritura porque es una de las cosas que dan placer y que se pueden hacer hasta tarde, no importan los años, como el póquer, no el bingo, ese es un sucedáneo, explica mientras reímos. Sólo escribo aquello que pienso que sólo yo puedo escribir. Si algo no me interesa, no puedo escribirlo. Siempre será más bueno lo que te interese a ti contar, lo que va contigo.

ESther y Óscar comienzan a discutir, porque Óscar dice que no la entiende. Hablan de un homenaje que le hicieron a Esther por su 70 cumpleaños y también de la sexualidad de ella. Ella dice que para no dar ninguna explicación a nadie dice que es bisexual y punto. Comenta que algún marido de sus amigas no han podido terminar sus libros por inmorales. Se lo comentó alguna amiga del bridge, donde, según ella, hay gente horrible. Tener un hombre con el que no te aburres es maravilloso, dice riendo. El único hombre con el que no me aburro es con mi hermano Óscar. Es repelente, porque todo lo hace bien y yo todo lo hago mal. Soy tacaña con la ropa, parezco una zarrapastrosa si me visto con algo caro, conduzco mal, nado como un pato... Volvemos a reír.

Óscar puntualiza que no recuerdan las cosas igual y que por eso con los recuerdos nunca se ponen de acuerdo. Esther se queja de que Memorias de una vieja indigna debían haberlo escrito juntos pero que ella es muy rápida y él necesitaba un año y por eso no lo esperó. Ahora quieren hacer algo juntos. Hablan del proyecto. Y de ahí pasan nuevamente a los recuerdos, contando anécdotas de su infancia que no recuerdan de la misma manera. La visión de Esther nos hace reír, la de Óscar nos emociona. Esther comenta que su madre fue su gran trauma. Óscar cuenta que su madre fue su gran amor. A partir de ese momento, la madre de los Tusquets se hace con la sala, se eleva como protagonista, sus anécdotas se nos clavan y se vienen con nosotros. Ya no podré a olvidar a esa mujer nunca. Me recuerda a la madre de la protagonista de uno de mis cuentos. Lauren Bacall la interpretaría como nadie, pienso. Ellos dicen que Marlen Dietrich sería pefecta para encarnarla. Su madre tenía un humor cruel, era egoísta, injusta sin límites, pero a la vez interesante. Y así, esta señora que no sabemos si descansa o no en paz, vuelve a cobrar vida entre nosotros y la vemos pasear por el escenario, delante de sus hijos, contando sus propias historias tal como ella las vivió.

¿Qué les diría a alguien que quisiera ser editor? -alguien formula esa última pregunta. Toma la palabra Esther y dice: Que hiciera otra cosa, a no ser que fuera una loquísima pasión. Actualmente no le recomendaría a nadie que pusiera una editorial.

El público aplaude y comienza a salir. Yo, en dirección contraria, por el pasillo principal me acerco a saludar a Esther Tusquets, que acaba de bajar del escenario. Me saluda sonriente y siento ganas de abrazarla, pero me contengo. Es una abuela. Tengo debilidad por las abuelas. Me acuerdo de las mías y sin querer me emociono. Le regalo álbum de familia y lo acepta encantada. Mis compañeras se salieron de la conferencia para acudir a otra. Yo me quedé hasta el final. Miro a mi alrededor por si alguien puede fotografiarnos juntas. Pasa Óscar Tusquets. Un chico alto, rubio, guapo y sonriente se ofrece. Es el fotógrafo que me hizo la foto con María Tena justo la tarde anterior. Nos sonreímos cómplices. Le alargo la cámara. Está sin flash. Hay que repetirla. Esther sonríe paciente y se lo agradezco. Nos despedimos tras la foto. La veo salir, con nuestro libro en la mano. Avanzo por el pasillo con el fotógrafo. Le pregunto su nombre: Pablo.







Continuará...



I.M.G.