Son las tres, cierro el chiringuito. Mi mal rato y yo nos vamos de puente.
FELIZ PUENTE A TODOS!!!!
Seguí con mi monotonía contable y dejé la frase aparcada en un block de notas de tapas blandas. Rojas. Conciliación bancaria. Presupuestos. IVA. Toda una mañana de asientos maratonianos y cierres. Y después la frase: Soy feliz cuando te recuerdo. ¿Quién me hace feliz cuando lo/la recuerdo? Y se me aparece una cara. Y luego otra. Y una sonrisa. Y unos ojos. Y una voz. Y una carcajada. Y una canción. Y una frase. Y una mala pronunciación de mi nombre. Y una risa suspendida en el tiempo, en el aire, en la vida. Y tú. También te me apareces tú.
Y en un naufragio de números me agarro al salvavidas literario de nuevo, justo antes de que suene la campana, justo antes de la hora de comer, y entro al blog de Enrique Páez siguiendo no sé qué instinto y buscando no sé qué cosa para evadirme de cierto hastío numérico y ahí está de repente esa entrada que me dice: Soy feliz. Y la recorro con ojillos hambrientos, de arriba a abajo y de lado a lado, y sonrío y te recuerdo y asiento y añado: Yo también.
He aprendido a obviar. Obvio. Obvio lo malo. Lo extraño. Aquellos recuerdos que no son tú. Aquellas tristezas en las que también podría encontrarte. Aquellos días en que no te conocía. Obvio lo que no me hace feliz cuando te recuerdo. Olvido. Obvio.
Releo la entrada de Páez y comparto la certeza, el descubrimiento, la epifanía: Soy feliz.
Un jefe malhumorado aparece por la puerta, resopla como un huracán, despeina las mesas, vocifera como un barco encallado, y se hunde y resurge y la luz del faro lo señala y lo traspasa y yo soy feliz. Soy feliz porque no me importa. Porque este momento, sentada en una mesa de oficina no soy yo. Soy mucho más que esto. Y entonces te recuerdo. Y soy feliz de nuevo. Aquí. Sentada.
A veces siento que tengo que marcharme, que tengo que volver, que he de retroceder, que en la esquina de aquel viaje un puente se rompió y dejó que el río se lo llevara, pero luego amanece y el puente sigue allí, tan firme como el de Carlos, con la catedral San Vito al fondo. Y vuelvo a Praga. Y sigo adelante. Y soy feliz.
Y te encuentro en cada esquina de este blog y en las sutilezas de los que leo. Y cuento una fila de dientes blancos, de leche, que escuchan ecos de primeras palabras. Y recuento fotografías, una tras otra, en papel, en formato digital, en la cámara, aún sin volcar. Y repaso mi armario: abrigos largos, cortos, bufandas, cajas llenas de Christmas, y de cartas recibidas y de cartas no enviadas, y de diarios de un ayer y otro y otro. Y en los cajones, entre los pijamas, un cuaderno en blanco, un dado de madera con olor a fresa que responde a mis preguntas: Sí. No. No sé.
Un regalo tras otro. Cumpleaños. Santos. Navidad. Reyes. Un día cualquiera.
Tus ojos mirándome y diciéndome todo eso que los labios no me cuentan.
Una estantería llena de libros. Un coche azul polar. Una ventana abierta. Un viaje. Una excursión. Una boda. Un funeral. Una película. Lágrimas. Las primeras palabras. Ica. Ziza. Tita. Lela. Mamá. Papá. ¿Vale? Vale.
Una bicicleta. Unos patines. Un globo azul que se eleva. Se eleva. Explota. Lluvia de confetti. Campanadas de Año Nuevo. Deseos. Y apareces tú.
Y soy feliz cuando te recuerdo. Soy feliz cuando te vivo.
Y tu mano aprieta con firmeza uno de mis dedos. No me suelta. Tu altura no sobrepasa mis rodillas. Y tus ojos me miran desde arriba. Y tu sonrisa evoca, frente a frente, la mía.
Y no me dices que me quieres, pero lo piensas. Y no nos vemos desde hace tanto.
Y nos vemos a diario.
Tú tan alto. Tú tan bajita. Tú tan cariñoso. Tú tan lista.
Tú tan cerca. Tú tan lejos. Tú aquí y ahora.
Tú con bata blanca. Tú con babero de jardín de infancia. Tú con vestido. Tú con vaqueros.
Tú con tus rizos.Tú con tus babas.
Tú con tu pelaje blanco y negro.
Tú con ese andar inquieto.
Tú con tus ojos claros.Tú con tu mirada oscura.
Tú con todo lo que dices y con todo lo que callas.
Tú que te dejaste apretar la mano y que no te despediste.
Tú que siempre estás conmigo.
Tú que te manchas la pechera al comer.
Tú que presumes frente al espejo.
Tú que eres feliz cuando me recuerdas.
Tú.
Y montones de papeles se acumulan en mi mesa, infinitos números esperan ser introducidos en una hoja de cálculo, esperan que opere con ellos, que encuentre la fórmula perfecta, que los asiente en un programa contable. Y recibo una llamada y la contabilidad se impacienta.
Series. Canciones. Conciertos. Playa. Campo. Columpios. Chorraeras. Juguetes. Guantes marrones. Videos. Un LP. Una guardería. Una cocina. Una salita. Una estufa. Un musical. Una oficina frente al puerto. Un trivial sobre el suelo de una habitación y varias caras atentas al dado. Sale el rosa: Espectáculos.
Le doy al intro e introduzco la clave. The Show must go on.
Soy feliz cuando te recuerdo.
Soy feliz.
I.M.G.
Recorro los títulos que cuelgan de la pared. He leído algunos. Otros me los anoto. Otros los desconozco. Otros me seducen. El resto quedan pendientes. Al fondo de la sala se exhiben documentos históricos de la historia de esta editorial. Fotografío sólo cuatro:
Proyecto editorial: debe ser coherente, reconocible,
riguroso, sin llegar a un estéril rigor mortis intentando imponer autores o
líneas de pensamiento, pero sin empecinarse en vías muertas.¿Cómo editar? No hay otra receta que el entusiasmo, la
resistencia y el rigor.Las librerías son fundamentales para la salud de un
país.Catálogo como radiografía inapelable de una trayectoria
editorial, más allá de deseos y fantasías.
Andrés Neuman y Marcos Giralt Torrente.
A las 14:30, en el bar, junto al hall donde yo me encontraba, comenzó la Cata literaria. Mauricio Wiesenthal en la lectura de textos y Telmo Rodríguez que buscaba el mejor maridaje posible con los textos intercarlos entre sorbo y sorbo. Vino y literatura. Dos placeres totalmente compatibles. Telmo levanta la copa y muestra un vino color escarlata. Los camareros sirven al público. Uno de ellos me trae una copa, grande, con el mismo vino que Telmo comenta. Minutos antes ha hablado del vino de Málaga, del vino dulce, del moscatel, de nuestras uvas. Hubiera preferido esa cata. Soy de vino dulce y de ningún otro. En esto me considero muy malagueña. Pruebo el vino escarlata. Creo que es del norte. Telmo nos habla de su origen mientras yo mojo los labios y lo saboreo y pongo esa misma cara que ponía cuando tomaba jarabe de niña. Observo a la gente disfrutarlo, saborearlo, olerlo, mecerlo en la copa... yo sólo busco un hueco para esconderme y poder soltarla. No me gusta el vino. Lo confieso. Mi paladar sólo admite cosas dulces. Y este vino no lo es.
Almudena Grandes
Isabel habla de sus fotografías, de los peligros que la han acechado en algunos destinos no recomendables, en la naturalidad de la gente de calle que ha posado para ella, de los desnudos, de las sonrisas, de los sueños. Y cuando dice sueños me viene a la mente uno de los que he tenido esta noche. Me pongo a escribir sobre él, a oscuras, en plena conferencia. Creo en mis sueños. Tienen parte de realidad. A veces me avisan de algo, pero sólo me ocurre con gente muy especial para mí. Esta ha sido una de esas noches. Me planteo llamar a esta persona. Es muy importante para mí. El móvil están en silencio. La sala llena de gente. La voz de Isabel es pausada, aterciopelada, dulce. Recreo el sueño en mi mente mientras se suceden una tras otra una serie de fotografías de un poblado africano. El sueño ha sido bueno, bonito. No hay que molestar a la felicidad. Que esté bien es lo importante y el sueño me dice que lo está. Eso me tranquiliza. Apago el móvil. Sonrío. Puedo verla sonreír. Sigo oyendo a Isabel.
Cuando la conferencia termina salimos a la zona de la librería y deambulamos por allí hasta que me encuentro con Isabel, a la que se acercan a saludar. Me acerco a darle un libro de álbum de familia y lo acoge encantada. Me pide que la siga, para hacernos una foto. Entra en la zona de libros, donde firman los autores. Una responsable de la organización me para, Isabel le dice que voy con ella. Me dejan pasar. Justo antes de sentarse a firmar su libro Obras Maestras, donde aparecen muchas de las fotografías que hemos visto en la conferencia, nos hacemos una fotos. Charlamos de algo poco trascendental. Sonreímos y nos despedimos con dos besos. Es de esas personas que cuando te hablan, te tranquilizan, te dan paz.
12:30. Sala Fernando de Rojas. Esther y Óscar Tusquets. Un mano a mano literario.
Los hermanos Tusquets cambiaron el panorama editorial de la España de los sesenta y fundaron Lumen y Tusquets. Hoy querían trazarnos un mapa del mundo y la escritura. Entro en la conferencia acordándome de mi amigo y compañero Pedro Rojano. Me ha señalado, que especialmente esta conferencia no debo perdérmela, ni la ocasión de regalarle un libro a los Tusquets. Tomo asiento en mitad del patio de butacas. Me llama la atención la edad de los hermanos, sobre todo la de Esther. Es una abuela, pienso, una abuela seria. Al final de la jornada pienso, es una abuela que ha vivido, una mujer que ha luchado, una abanderada, una abuela entrañable y socarrona, viva, con tantas historias que contar. Me pasaría horas oyéndola. Óscar no es menos atrevido que su hermana. Se lanzan quejas, recuerdos, chismes, rememoran, ríen, se piropean. Justo lo que hacen dos hermanos que se quieren, cuando tienen que hablar uno del otro.
Al principio me cuesta un poco entenderlos, tienen marcado acento catalán, luego se difumina y castellaniza o tal vez mis oídos se acostumbran a oírlos. Hablan de la España de los cincuenta, sesenta y setenta, de la literatura de entonces, de las editoriales de entonces. Y yo pienso que estoy muy verde y que tengo mucho que aprender. Tantos años dedicada a las ciencias me ha hecho perder mucho mundo literario. A veces pienso que he llegado muy tarde a "esto", pero es lo que quería. Es aquí donde quiero estar. Aquí y ahora. Sigue la conferencia. Los hermanos cuentan cómo partieron de cero en el tema editorial y cómo la ingenuidad al comienzo marcó sus pasos en este mundillo. Surgen en sus memorias, y así nos transmiten, las primeras ilustraciones, las primeras fotografías que les dio la idea del libro donde la fotografía y el texto ruvieran la misma importancia. Se mostraron muy interesados en sus comienzos por Vargas Llosa, Cela, etc. Óscar arropa a Esther con un bonito gesto de hermano. Ambos se interrumpen al hablar. Las anécdotas se suceden una tras otra. El público ríe divertido. Yo río también.
Comentan que el mundo literario ha cambiado tanto como el arquitectónico. Cuentan cómo en sus comienzos quisieron editar un libro de Samuel Becket y justo enmedio de las negociaciones le dieron el Nobel. Redactaron nuevos acuerdos y cambiaron las condiciones de contratación ya que ahora la puja por él sería importante. El editor de Becket les dijo que todo seguía como antes del Nobel, porque la literatura de Becket no había cambiado. Esto ahora es impensable, dijeron. Entonces, se sintieron horteras. Samuel Becket no le dio ninguna importancia al Nobel. Un tío antisistema y el sistema premia a los antisistemas. Esther interviene para decir que tiene la disciplina de leer poco los periódicos. Se hablan entre ellos, sin mirar apenas al público. ESther interviene lo justo, pero cuando lo hace, el público ríe. Es seria, con un humor peculiar. De repente me acuerdo del humorista Eugenio. Sólo tienen en común el catalán, pero también era un serio que hacía reír. Esther es cínica. Dice que el halago es contranatura en Cataluña y que lo que está bien no hace falta decirlo porque ya se sabe.
Óscar dice que la mayoría de los libros de Esther son autobiográficos. Ha explicado sus vivencias, la de sus amigos, familiares o conocidos. Un escritor hace eso por regla general, comenta. Esther dice que un autor no está en el argumento de su obra si no en su coma. Dice que es muy perezosa para documentarse y hacer ficheros. Me da pereza, dice, y miedo de esqcribir sobre algo que no conozco. Un autor está mucho más en sus novelas que en sus biografías. Por eso prefiere mil veces la ficción a la biografía. Cuando cuentas una anécdota una y otra vez del pasado, la conviertes en historia y ya se puede contar en un libro. Mi hermano, dice, acabará escribiendo ficción. La gente, prosigue, confunde intimidad con sexualidad. La intimidad es una cosa distinta a contar con qué señor te has acostado. Ahora estoy entusiasmanda con la escritura porque es una de las cosas que dan placer y que se pueden hacer hasta tarde, no importan los años, como el póquer, no el bingo, ese es un sucedáneo, explica mientras reímos. Sólo escribo aquello que pienso que sólo yo puedo escribir. Si algo no me interesa, no puedo escribirlo. Siempre será más bueno lo que te interese a ti contar, lo que va contigo.
ESther y Óscar comienzan a discutir, porque Óscar dice que no la entiende. Hablan de un homenaje que le hicieron a Esther por su 70 cumpleaños y también de la sexualidad de ella. Ella dice que para no dar ninguna explicación a nadie dice que es bisexual y punto. Comenta que algún marido de sus amigas no han podido terminar sus libros por inmorales. Se lo comentó alguna amiga del bridge, donde, según ella, hay gente horrible. Tener un hombre con el que no te aburres es maravilloso, dice riendo. El único hombre con el que no me aburro es con mi hermano Óscar. Es repelente, porque todo lo hace bien y yo todo lo hago mal. Soy tacaña con la ropa, parezco una zarrapastrosa si me visto con algo caro, conduzco mal, nado como un pato... Volvemos a reír.
Óscar puntualiza que no recuerdan las cosas igual y que por eso con los recuerdos nunca se ponen de acuerdo. Esther se queja de que Memorias de una vieja indigna debían haberlo escrito juntos pero que ella es muy rápida y él necesitaba un año y por eso no lo esperó. Ahora quieren hacer algo juntos. Hablan del proyecto. Y de ahí pasan nuevamente a los recuerdos, contando anécdotas de su infancia que no recuerdan de la misma manera. La visión de Esther nos hace reír, la de Óscar nos emociona. Esther comenta que su madre fue su gran trauma. Óscar cuenta que su madre fue su gran amor. A partir de ese momento, la madre de los Tusquets se hace con la sala, se eleva como protagonista, sus anécdotas se nos clavan y se vienen con nosotros. Ya no podré a olvidar a esa mujer nunca. Me recuerda a la madre de la protagonista de uno de mis cuentos. Lauren Bacall la interpretaría como nadie, pienso. Ellos dicen que Marlen Dietrich sería pefecta para encarnarla. Su madre tenía un humor cruel, era egoísta, injusta sin límites, pero a la vez interesante. Y así, esta señora que no sabemos si descansa o no en paz, vuelve a cobrar vida entre nosotros y la vemos pasear por el escenario, delante de sus hijos, contando sus propias historias tal como ella las vivió.
¿Qué les diría a alguien que quisiera ser editor? -alguien formula esa última pregunta. Toma la palabra Esther y dice: Que hiciera otra cosa, a no ser que fuera una loquísima pasión. Actualmente no le recomendaría a nadie que pusiera una editorial.
El público aplaude y comienza a salir. Yo, en dirección contraria, por el pasillo principal me acerco a saludar a Esther Tusquets, que acaba de bajar del escenario. Me saluda sonriente y siento ganas de abrazarla, pero me contengo. Es una abuela. Tengo debilidad por las abuelas. Me acuerdo de las mías y sin querer me emociono. Le regalo álbum de familia y lo acepta encantada. Mis compañeras se salieron de la conferencia para acudir a otra. Yo me quedé hasta el final. Miro a mi alrededor por si alguien puede fotografiarnos juntas. Pasa Óscar Tusquets. Un chico alto, rubio, guapo y sonriente se ofrece. Es el fotógrafo que me hizo la foto con María Tena justo la tarde anterior. Nos sonreímos cómplices. Le alargo la cámara. Está sin flash. Hay que repetirla. Esther sonríe paciente y se lo agradezco. Nos despedimos tras la foto. La veo salir, con nuestro libro en la mano. Avanzo por el pasillo con el fotógrafo. Le pregunto su nombre: Pablo.
Continuará...
I.M.G.